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viernes, 2 de marzo de 2018

"Todo el dinero del mundo": El secuestro es una excusa

Un género de películas con muchos adeptos es el de secuestros. A un servidor le vienen varios títulos a la cabeza de esta temática, siendo Rescate (Ron Howard, 1996), el intenso thriller con Mel Gibson y Gary Sinise, el primero que recuerda. Este filme, curiosamente, es un remake de Rapto (Alex Segal, 1956) con Glenn Ford, Donna Reed y un debutante Leslie Nielsen. Otras buenas películas de secuestros, como motor de la trama principal o conformando una sólida subtrama, serían las dos versiones de El hombre que sabía demasiado (Alfred Hitchcock, 1934 y 1956), El coleccionista (William Wyler, 1965), con Terence Stamp y Samantha Eggar, El infierno del odio (1963) una nueva colaboración entre Akira Kurosawa y su actor fetiche Toshiro Mifune, o El rapto de Bunny Lake (Otto Preminger, 1965) y Plan de vuelo: Desaparecida (Robert Schwentke, 2006) donde se duda de los hechos denunciados por las protagonistas.

Todos los ejemplos citados tienen en común la tensión y la intriga por lo que va a ocurrir, algo de lo que, precisamente, Todo el dinero del mundo, prácticamente carece. Ridley Scott, con un material de primera como es el caso real del secuestro, en 1973 en Roma, de  John Paul Getty III, nieto de Jean Paul Getty, multimillonario magnate del petróleo, al que Donald Sutherland da vida en Trust, miniserie televisiva sobre el mismo tema que se emitirá en breve. El guión, basado en un libro escrito por John Pearson, está firmado por David Scarpa, autor de los guiones de La última fortaleza (Rod Lurie, 2001), con Robert Redford, y de Ultimátum a la Tierra (Scott Derrickson, 2008), remake del filme dirigido en 1951 por Robert Wise

Un servidor, al ver Todo el dinero del mundo, le asalta una duda: o a Ridley Scott le está fallando el pulso narrativo, algo que afirmaron muchos seguidores de la saga Alien con el estreno de Alien: Covenant (2017), o (y esta es la teoría que un servidor más cree probable), el secuestro que centra la película sólo es un pretexto para hacer una crítica del multimillonario al que da vida el veterano Christopher Plummer (al sustituir a Kevin Spacey, no por sabido hay que obviar el dato), el eterno Capitán Von Trapp de Sonrisas y lágrimas (Robert Wise, 1965), ganador del Oscar por Beginners (Mike Mills, 2010). Plummer retrata a Getty como un ser frío, más preocupado por adquirir obras de arte que por pagar el rescate de su nieto.

Scott se centra en retratar a este hombre que lo tiene todo materialmente hablando y el tira y afloja con su nuera, una correcta Michelle Wiiliams (vista en los últimos meses en nuestras pantallas en El gran showman y Wonderstruck. El museo de las maravillas) a la que le falta un poco de intensidad porque el sufrimiento por el secuestro de un hijo es horrible. De nuevo el deseo de Scott de retratar a unos personajes reales, aunque un servidor ha comprobado que algunos hechos están desvirtuados con respecto a cómo realmente ocurrieron, sobre todo en el desenlace de la historia, hace dudar de si son como son porque así eran en la realidad o si Scott los ha dirigido mal.

El director de Blade Runner (1982) cuida mucho el aspecto visual de la película contando con la fotografía del polaco Darius Wolski, quien trabaja en todas sus películas desde Prometheus (2012). Scott se recrea en las calles y monumentos italianos, creando una atmósfera especial como ya hiciese en Hannibal (2001), película con la que comparte una escena, lógicamente diferente, de naturaleza quirúrgica, que hizo a un servidor removerse en el asiento. Precisamente ese es el momento en el que el filme coge algo de fuerza porque hasta entonces el ritmo era de tal manera que la suerte del secuestrado importaba un pimiento. Por cierto, con respecto a la planificación de escenas, hay una toma aérea de una torre que parece sacada del momento de la sincronización del mapa al llegar a una atalaya en los videojuegos de Assassin's Creed.

Otra de las pegas de esta película sería la descompensación en la creación de los personajes: a Plummer y a Williams, ya mencionados, hay que añadir a Mark Wahlberg y a Timothy Hutton, totalmente desaprovechados. A Wahlberg puede salvarle un enfrentamiento con Plummer en el tramo final por las consecuencias que tiene, pero poco más. Sin embargo Romain Duris está muy bien como uno de los principales secuestradores (otra incongruencia, un actor francés para hacer de secuestrador italiano, bien), Charlie Plummer como el secuestrado también está muy convincente  y las breves apariciones de Marco Leonardi, el recordado Totó de Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988) en su juventud, como mafioso por su porte y mirada son de lo mejorcito que tiene una película que da otra cosa distinta a la que promete.   

domingo, 14 de mayo de 2017

"Alien : Covenant": Entonces, la última escena de "Prometheus"... ¿pa qué?

Después de meses esperando como agua de mayo la nueva entrega de la saga Alien puedo afirmar que Alien: Covenant no me ha defraudado pero sí me ha descolocado una idea que tenía en la cabeza y que quedaba bastante explícita en la última escena de Prometheus (Ridley Scott, 2012): El origen del xenomorfo, aunque he leído artículos en los que se afirma que no sale. Pues bien, sí sale incluso tomando el verbo salir de manera literal. Por lo tanto, viendo Alien: Covenant, parece que tanto Ridley Scott como los guionistas se han olvidado de esa escena a la hora de realizar esta última entrega.

Si no fuese por ese detalle Prometheus tendría una digna continuación en la película que nos ocupa porque la historia hace referencias a lo que ocurrió en el filme protagonizado por Noomi Rapace y Charlize Theron además de recuperar al androide David al que da vida Michael Fassbender de nuevo. El guión escrito por John Logan (uno de los guionistas de Gladiator, un peplum que se vendió como una historia original cuando no dejaba de ser una combinación de Espartaco y La caída del imperio romano) y Dante Harper da una vuelta de tuerca al androide de Fassbender a la vez que homenajea todo el universo creado por el propio Scott en 1979, con acordes de la música de Jerry Goldsmith incluidos.

La película tiene momentos que son una delicia para los fans (a mí me sigue inquietando el sonido y la manera en que se abren los huevos que contienen al famoso facehugger, cuyo salto hacia el incauto de turno siempre me hace pegar un respingo), introduce seres diferentes afines al xenomorfo e igual de letales y el final es de lo más inquietante, con una puerta abierta claramente a una continuación para que Scott conecte finalmente la historia con la de Alien: El octavo pasajero. No cuento más porque pretendo hacer pocos spoilers.

Los actores hacen lo que pueden cuando son, en películas como éstas, las víctimas de algo desconocido e incontrolable para ellos. Katherine Waterston, hija, por cierto, de Sam Waterston, famoso por la serie Ley y Orden y por filmes como El gran Gatsby (Jack Clayton, 1974) o Los gritos del silencio (Roland Joffé, 1984), le echa garra pero no la suficiente para ser, como muchos la han bautizado como la nueva Ripley. Por otro lado me agradó volver a ver en pantalla grande a Billy Cudrup, actor que descubrí en sus comienzos gracias a Sleepers (Barry Levinson, 1996) y El secreto de los Abbott (Pat O'Connor, 1997). Considero que los guionistas decidieron con cierta guasa llamar Lope al personaje que interpreta Damián Bichir (quiero pensar que tenían en mente a Lope de Aguirre pero yo temía que el personaje empezase a hablar en verso). Fassbender, como mencioné antes, repite personaje pero también interpreta a otro androide (parece que a Scott rodar Blade Runner le dejó una huella más profunda de lo que pensaba) y por el desarrollo de la película se erige por encima del resto de sus compañeros de reparto, con una mirada gélida espectacular.

Ridley Scott es ejemplo de cineasta curtido en mil batallas abarcando todos los géneros y, aunque se le va la mano en algunos momentos, considero que en otras manos Alien: Covenant, con sus virtudes y sus defectos, se habría ido por otros derroteros, a pesar del desliz que comenté al comienzo de esta crítica.