miércoles, 16 de enero de 2019

"El vicio del poder": Christian Cheney

Actores hay de todos las clases pero a un servidor le fascinan aquellos que muestran una auténtica versatilidad desde sus inicios y si encima ofrecen unos cambios físicos espectaculares e incluso extremos es ya una mezcla explosiva. Christian Bale pertenece a este tipo de actores y es una de las bazas principales de El vicio del poder su segunda colaboración consecutiva con Adam McKay tras La gran apuesta (2015).

McKay, prolífico donde los haya, siendo director, guionista, actor y productor, se sirve de la capacidad camaleónica de Bale para que dé vida de manera asombrosa a Dick Cheney, quien fuese vicepresidente de Estados Unidos durante el mandato de George W. Bush, y por lo tanto pieza clave en las decisiones tomadas tras el lamentablemente histórico 11-S

El vicio del poder es una película literalmente política que recorre más de cincuenta años de la historia de la primera potencia mundial a través del personaje de Cheney y su actividad, valga la redundancia, política, en los gobiernos de Nixon o Ford, donde ocupó puestos relevantes hasta ser vicepresidente, un cargo que desempeñó con una astucia maquiavélica para demostrar sus dotes de persuasión y de que era, como se suele decir, el que cortaba el bacalao en cuanto a la toma de decisiones importantes, ninguneando en muchas ocasiones a Bush.

El guión del propio McKay peca un poco de exceso de información sobre política interna estadounidense que hizo perderse en algunos momentos a un servidor, pero esto se compensa con las actuaciones. Bale se está ganando con derecho propio que sea considerado el actor con mayor número de transformaciones físicas en el cine de los últimos años: del atlético protagonista de American Psycho (Mary Harron, 2000) a la extrema delgadez en El Maquinista (Brad Anderson, 2004) o el barrigudo personaje de La gran estafa americana (David O.Russell, 2013), película que suponía su segundo trabajo con el director de The Fighter (2010) por la que ganó un merecidísimo Oscar, (al igual que Melissa Leo) con una nueva transformación física y una buena compenetración con Mark Wahlberg. Un servidor aclara que las transformaciones de Bale las valora porque se complementan perfectamente con unas cualidades interpretativas potentes. 

El vicio del poder supone también el reencuentro de Bale con Amy Adams tras las dos películas de Russell mencionadas y de Adams con McKay, ya que trabajó con él en Pasado de vueltas (2006), uno de los varios filmes que McKay hizo con Will Ferrell

La interpretación de Adams como la mujer de Cheney es otra muestra del talento de la actriz nacida en Italia que también va a más conforme avanza en su carrera y a la que un servidor deslumbró sobre todo desde que le vio en La Duda (John Patrick Shanley, 2008). En El vicio del poder demuestra la fuerza de una mujer detrás de un poderoso hombre y se muestra segurísima en un personaje que se ve perjudicado (en una apreciación personal) con una caracterización no tan lograda como la de Bale, teniendo en cuenta que los personajes van de la mano desde el principio (y envejecen lógicamente).

Sam Rockwell da otra clase de interpretación dando vida a George W. Bush, caracterización aparte, y es donde se muestra la carga irónica del filme, con un personaje que se muestra fácilmente manipulable (en una escena extraordinaria, una de las mejores). El último ganador del Oscar al Mejor Actor Secundario, por la potentísima en muchos aspectos Tres anuncios en las afueras (Martin McDonagh, 2017) lo borda. Y Steve Carell, en otra muestra de su gran potencial interpretativo e ir más allá de la comedia pura y dura, da vida a Donald Rumsfeld. A ellos hay que sumar las interpretaciones de Lily Rabe (al que un servidor ve por primera vez fuera del universo televisivo de American Horror Story) y Alison Pill, para añadir matices familiares importantes a la vida de Cheney, sin abandonar nunca su conexión con la política

La labor de los actores hacen de El vicio del poder un filme mucho más llevadero por un guión lleno de mucha información, ingeniosos recursos narrativos (la identidad del narrador de la película es un juego hasta el final muy bueno) y mucha guasa, ya que traza una crítica mordaz a los políticos estadounidenses y que, en opinión de un servidor, en el final verdadero y definitivo (los que la hayan visto sabrán a qué se refiere esta frase) hay un claro mensaje a Trump de lo que Hollywood es capaz de hacer si en algún momento alguien toma las riendas de una película sobre su figura, y atención a la canción de los créditos finales (y se reitera, con motivo, definitivos),  elegida con mucha intención y perteneciente a uno de los mejores musicales que se han hecho nunca. 

Volviendo al título de la crítica, El vicio del poder puede ser una gran ganadora de Oscars y uno de ellos, con el permiso de Rami Malek tendría que ser para Christian Bale (o compartido sería más justo), porque un servidor no vio nunca al protagonista de El truco final (Christopher Nolan, 2006) sino a Dick Cheney gracias a un trabajo sin mácula con respecto a modulación de voz, gestos, y caracterización con kilos de más, alrededor de veinte a base de tartas si un servidor no está mal informado. Eso es entregarse a un personaje a conciencia. Pero, un servidor repite porque ha presenciado casos, si no se tienen grandes dotes interpretativas esto no sirve de nada y Bale las tiene de sobra.

lunes, 14 de enero de 2019

"Roma": Nostalgia y recuerdo

Hay personas que pasan por la vida y dejan huella o no. El cineasta mexicano Alfonso Cuarón habla en Roma, su aclamado último filme, de gente que pertenece al primer grupo, centrando su atención en las mujeres de su familia y, más concretamente, en una joven que trabajó en su casa y que cuidó de él. En su vuelta al cine tras la, para un servidor, sobrevalorada Gravity (2013) por la que ganó el Oscar al Mejor Director, Cuarón, por lo mencionado antes, con Roma dirige su película más personal ya que tiene un fuerte componente autobiográfico y le aleja temáticamente de gran parte de su filmografía. 

En su carrera destacan remakes como La princesita (1995), en la que adaptaba la popular novela de Frances Hodgson Burnett que popularizó en 1939 Shirley Temple en su precedente cinematográfico más recordado, y Grandes Esperanzas (1998) una revisitación en clave moderna de la novela de Charles Dickens con Robert De Niro, Ethan Hawke, Gwyneth Paltrow y Anne Bancroft.

Cuarón dirigió, además, previamente al filme que nos ocupa, Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004), su lograda contribución a la saga del joven mago de Hogwarts, e Hijos de los hombres (2006) un filme futurista muy apreciado en su momento, sin olvidar Y tu mamá también (2001) una road movie con Maribel Verdú, Gael García Bernal y Diego Luna con más miga de lo que podía parecer en un primer momento. Pues bien, éste precisamente es el último filme que rodó en español antes de Roma, lo que supone una vuelta a su lengua materna tras un paréntesis de diecisiete años.

Este regreso es una evocación de su niñez donde el cineasta ejerce de director, productor, guionista y director de fotografía. Precisamente, esta última faceta citada, es una de las más destacadas a nivel técnico que posee Roma porque el portentoso blanco y negro de la película ayuda sin duda a su propósito de rememorar una época pasada que recuerda con cariño.

La acción, situada entre 1970 y 1971, transporta al espectador a un mundo donde lo moderno y lo desfavorecido se muestra sin fisuras, con un pasaje en una localización del extrarradio que evoca al mejor neorrealismo italiano e incluso (en una apreciación personal) a los poblados que Vicente Aranda mostraba en Tiempo de silencio (1986) o El Lute (camina o revienta) (1987), ambas con Imanol Arias y Victoria Abril encabezando los repartos.

Roma tiene una característica que puede jugar a favor o en contra de su visionado (dejando aparte polémicas sobre subtitulado, distribución y proyección). Un servidor se refiere a su carácter contemplativo, que se disfruta si el espectador conecta o puede echar para atrás si no es así, ya que es un filme con pocos conflictos, aunque los que hay están bien explotados con dos escenas seguidas en una tienda y un hospital maravillosamente rodadas. Esos momentos (que un servidor no detalla más para evitar spoilers) son en los que Cuarón imprime un mayor ritmo narrativo, volviendo al tono reposado del inicio y la mayor parte del filme tras ellos.

Son destacadas las interpretaciones, donde destaca la naturalidad de la debutante Yalitza Aparicio como Cleo, la apreciada mujer que cumple diligentemente con sus tareas, por lo que su vida al servicio de una familia, no se muestra como una experiencia amarga sino todo lo contrario, ya que se convierte en un momento dado en un gran apoyo de niños y adultos, y es correspondida. 

El guión es astuto ya que, teniendo como foco de atención al personaje mencionado, nunca pierde de vista el punto de vista panorámico de todas las situaciones, para ahondar en el carácter evocador del filme y, a nivel particular, deja pistas de la vida de la familia con la que Cleo trabaja sin mostrarlas de manera explícita. Aunque también hay que decir que tienen un par de escenas que no paortan nada a la narración.

En el reparto es de justicia recalcar la interpretación de Marina de Tavira como la madre de la familia y el reparto femenino en su conjunto ya que Cuarón muestra el mundo femenino con especial aprecio y amor.

Un servidor no puede mentir y pensaba que, aunque le gustó, Roma iba a ofrecerle mucho más por tantos reconocimientos internacionales como el León de Oro del Festival de Venecia o dos Globos de Oro (al Mejor Director y a la Mejor Película Extranjera). Sin embargo, el filme de Cuarón, donde la música muy está presente, con emotivos boleros y el tema Más bonita que ninguna cantado por Rocío Dúrcal como hermosa banda sonora para una película que es un pellizco de la memoria y el corazón de Cuarón que no es nada desdeñable y donde de nuevo una playa es un escenario muy simbólico, emotivo y decisivo, pero tanto bombo creó unas expectativas que, aunque cumplidas, eran mayores de lo que se encontró en la pantalla pequeña (un servidor la vio a través de Netflix).    

viernes, 11 de enero de 2019

"Rojo": Dos actores con arte

Hay obras de teatro que requieren un plus de atención por parte del espectador. Rojo, del dramaturgo y guionista estadounidense John Logan,  es un ejemplo del teatro actual, con contenido, exigente, en el buen sentido y que casa con lo mencionado en la frase inicial. 

Logan, tres veces nominado al Oscar, por Gladiator (Ridley Scott, 2000), El Aviador  (Martin Scorsese, 2004)  y La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011) y cuya última película estrenada en nuestro país en cuya escritura ha estado involucrado ha sido Alien: Covenant (Ridley Scott, 2017) dio la campanada precisamente con la obra teatral que centra esta crítica. Rojo se estrenó primero en Londres  en 2009 y luego en Broadway con los maravillosos Alfred Molina y Eddie Redmayne logrando un éxito de público y crítica muy destacable, seis Premios Tony incluidos 

La principal característica de esta obra es que trata la figura de un artista real, el pintor Mark Rothko (1903-1970), una de las figuras más destacadas del expresionismo abstracto, un movimiento artístico de enorme relevancia en el siglo XX. Pues bien esta obra, y ya un servidor se moja implicándose, hizo que se le despertase el interés por un hombre que (uno es sincero) no le sonaba  de nada, pero la maravilla de Internet hizo posible que conociese hechos importantes de su vida y tener una ligera idea del pintor al que iba a ver interpretado en escena.

Esta circunstancia provocó que la mención de determinados nombres y hechos de su vida no fuesen desconocidos en su totalidad ya que la obra tiene una complejidad y hondura inesperadas, ahondando en diversos temas a partir de la relación del mencionado pintor, ya veterano en el momento de su vida que plasma la obra, prácticamente de vuelta de todo y desencantado, y un joven que le ayuda y aprende lleno de vitalidad e ilusiones. La realización de unos cuadros para un famoso y lujoso restaurante sirve para que ambos personajes expongan su visión del arte y de la existencia de una manera nada trivial, con pasajes dramáticos por ambas partes evocados en soliloquios. 

Por todo lo mencionado anteriormente esta producción teatral, que viene de hacer temporada en el Teatro Español de Madrid para permanecer en el Teatro Lope de Vega de Sevilla hasta este domingo, tiene su principal baza en dos actores inmensos, de dos generaciones distintas pero que van de la mano. 

Juan Echanove asume la labor de dirigir la obra y de dar vida a Rothko con la sabiduría de un intérprete curtido en miles de retos interpretativos a lo largo de su carrera. Un servidor no pudo evitar acordarse de la última vez que lo vio sobre el escenario, también dirigiendo: la conmovedora Conversaciones con mamá de Santiago Carlos Oves junto a María Galiana con quien volvió a trabajar en la exitosa y divertida La asamblea de las mujeres de Aristófanes en el 61 Festival de Mérida (2015) que un servidor vio en el segundo día de representación en aquel milenario y mágico escenario. En aquella ocasión Echanove sólo ejercía de director rodeándose un reparto que incluía a Pedro Mari Sánchez, Lolita o Pastora Vega, además de Galiana.

Precisamente en aquel mismo lugar, pero dos años después, un servidor vio al compañero en escena de Echanove en Rojo, Ricardo Rómez, (dejándolo con la boca abierta) en un espectacular montaje de La Orestiada de Esquilo dirigido por José Carlos Plaza, donde el talentoso y joven actor daba vida con absoluta convicción a Orestes junto a Roberto Álvarez, Amaia Salamanca, Ana Wagener, María Isasi, Alberto Berzal y Juan Fernández, entre otros. Esa fue una experiencia que un servidor no olvidará y que sirvió para constatar que Ricardo Gómez es un actor al que le gusta asumir retos y es inquieto como actor, no hay más que ver su interpretación de un joven homosexual en la serie Vivir sin permiso o la propia obra Rojo, pruebas de su abanico de registros.

Con una recreación idónea del estudio donde Rothko y su ayudante trabajan gracias a la escenografía de Alejandro Andújar, y la siempre precisa iluminación del maestro de la luz escénica Juan Gómez-Cornejo en Rojo el espectador presencia la confrontación de dos maneras de ver la vida y el arte, donde, y es de agradecer, se mencionan constantemente a maestros de la pintura de siglos pasados como indicador de que, aunque alguien cultive un arte de una manera, los predecesores de referencia, aunque hiciesen obras completamente opuestas en estilo y temática, están siempre en su cabeza. Además, la mención también de artistas contemporáneos a los personajes como Andy Warhol o Jackson Pollock sirven de complemento a las distintas maneras de concebir la pintura.

Rojo, un servidor reitera, es una oportunidad de ver a dos actorazos en escena (su esfuerzo fue recompensado con una sonada ovación en el teatro hispalense) en una obra que no es fácil, con lo cual el espectador tiene que mantener una actitud activa para seguirla, y eso ayuda a agudizar los sentidos para comprobar a ritmo de jazz o música clásica de sonido ambiente, que la vida puede verse de muchos colores y, en esta obra en concreto, en rojo y negro, como el clásico de Stendhal, además de mostrar las distintas connotaciones de ambos colores, sus variantes y a los distintos elementos a los que se pueden aplicar.   

FOTOS: DAVID RUANO      

jueves, 27 de diciembre de 2018

"La leyenda de Sleepy Hollow": El jinete de la legua

Antes  de hacer la crítica de La leyenda de Sleepy Hollow de la Compañía Teatrasmagoria (cuarto en su trayectoria tras, cronológicamente, las logradas adaptaciones de Canción de Navidad, de Charles Dickens, El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson), un servidor no puede evitar comenzar contando una experiencia personal. 

Cuando se estrenó la película Sleepy Hollow (Tim Burton, 1999) un servidor quedó fascinado por lo que vio, pero al poco tiempo comenzó a estudiar Filología Inglesa y en una asignatura del quinto año de carrera sobre literatura americana tuvo que leerse el relato de Washington Irving en el que el mencionado filme y otros muchos se inspiran. Con la película de Burton en la cabeza la lectura resultó una sorpresa porque Burton cogió personajes del texto e hizo su propia versión, totalmente libre, sobre la historia, la cual ahondaba (en el filme se entiende) en el origen de un jinete sin cabeza que cometía crímenes.

El relato de Irving no tiene componentes truculentos y eso es lo que han tenido en cuenta los responsables de Teatrasmagoria,  ya que narran en escena el texto base. Por ello un servidor advierte al espectador que vaya a ver el montaje teatral, que estará en el Teatro La Fundición de Sevilla hasta el 4 de enero, que no verá nada parecido a lo que Tim Burton creó, muy bien por cierto, pero dejando volar totalmente su imaginación.

Teatrasmagoria, con La leyenda de Sleepy Hollow, hace, además, un emotivo homenaje a los denominados cómicos de la legua, a los que Fernando Fernán-Gómez hizo protagonistas de la maravillosa película El viaje a ninguna parte (1986) ya que se verá a un grupo de estos profesionales, amantes de su profesión, poner en escena el texto de Irving con el encanto de ver la trastienda de esos espectáculos hechos con ilusión pero con métodos precarios con los que recorrían los pueblos para alegrar la vida durante en tiempos de miseria y lamentos.
Los miembros de Teatrasmagoria como los personajes de La leyenda de Sleepy Hollow                              Lola Montiel
Con la imaginación y el ingenio por bandera, el espectador presenciará lo que en una función teatral actual no se vería, estableciendo una historia paralela entre los miembros de El Teatro Itinerante de la Media Noche, con pequeños roces y percances que pueden darse en una representación, con un curioso juego metateatral ya que los actores interpretan a actores que interpretan una obra.

Todo ello es mostrado con verosimilitud gracias a la creatividad de Mar Aguilar (productora de la Compañía junto a Néstor Barea) encargada del diseño del vestuario y de la escenografía con un carromato muy logrado de donde salen manualmente los distintos escenarios, de naturaleza multiusos y eficaz. 

Barea es el responsable de firmar la versión y de dirigir la obra, además de actuar. Pero, en lo referente a la primera labor mencionada, hay que alabar su visión siempre puesta en que es un espectáculo infantil y familiar. Por ello, ante una base como es el texto de Irving con una historia sencilla que tiene su parte más potente en el tramo final, Barea centra su atención en la creación del ambiente misterioso y de improvisación por parte de la compañía,  en la relación de los actores y en la presentación de los personajes de La leyenda del Jinete sin Cabeza de Sleepy Hollow. Además está el aliciente de añadirle fragmentos al verso un buen modo de hacerlo conocer a los más pequeños. Por todo lo mencionado es imposible que no se haga referencia al aspecto interpretativo ya que ese juego de teatro dentro del teatro no es posible que sea verosímil si los actores no están bien, y el cuarteto de actores es de primera.

Barea es el encargado de encarnar a El viajero en la compañía de cómicos y a Brom Bones, entre otros personaje. Su ductilidad y facilidad para cambiar de registro es muy destacable, pasando de un niño a un hombre brabucón como era Bones con absoluta facilidad y a otros personajes, que un servidor no desvela, pero que sirven para mostrar el carácter miedoso del protagonista de la historia, Ichabod Crane, al que da vida Nacho Bravo, con unos componentes de caracterización y de trabajo corporal que definen muy bien al personaje rival del de Barea

Bravo, al que uno recuerda su lograda modulación de voz para dar vida al señor Scrooge de Canción de Navidad de Dickens, hace un completo trabajo en todos los sentidos en total sintonía con sus compañeros. Gina Escánez es otra gran actriz que forma parte de este montaje, donde da vida a Cornelia Van Tassel pero también a la actriz veterana, cuyo comportamiento contrasta con el de la actriz que interpreta Celia Vioque quien, con su frescura, a su vez, da vida a Katrina Van Tassel, el interés amoroso de Ichabod y Brom.

Entre ambas hay una especie de choque cuando interpretan a las actrices de la compañía itinerante, y un servidor atisbó, sobre todo en un momento determinado relacionado con el ritmo de una música, una especie de rivalidad que le recordó un poco a las actrices de Eva al desnudo (Joseph L.Mankiewicz, 1950) sobre todo por una mirada de Escánez.

Hablando ya del conjunto, la compenetración de los cuatro actores es total y logran un resultado muy completo que se complementa con la música y las canciones de José Jiménez, las cuales sirven para presentar a los personajes y dan lugar a la soltura y el ritmo de los actores en escena para disfrute de los espectadores

Con La leyenda de Sleepy Hollow Teatrasmagoria, manteniendo su esencia siempre, da a conocer la real naturaleza del relato que Washington Irving publicó en 1820, sin momentos siniestros pero con la duda de la naturaleza real o irreal del Jinete sin Cabeza en el ambiente, y ofrece un retrato de un colectivo de profesionales muy entrañable que arrojaba luz a un panorama sombrío.   

miércoles, 26 de diciembre de 2018

"El regreso de Mary Poppins": Continuación y homenaje al mismo tiempo

En 1964 Disney dio la campanada con Mary Poppins, una  película dirigida por Robert Stevenson que mezclaba acción real con fragmentos animados y que protagonizó una espléndida Julie Andrews, la cual vio cómo el papel protagonista del musical My Fair Lady, que ella había protagonizado sobre las tablas, se lo daban, en su adaptación al cine ese mismo año, con dirección de George Cukor, a Audrey Hepburn. Sin embargo (las vueltas que da la vida), aunque el filme de Cukor ganó ocho Oscars (incluyendo Película, Director y Actor Protagonista para Rex Harrison) fue Andrews quien se llevó el Oscar a la Mejor Actriz Protagonista por encarnar a la mágica niñera salida de la imaginación de P. L Travers.

Pues bien, cincuenta y cuatro años después, Rob Marshall dirige El regreso de Mary Poppins, una continuación directa que, no llega a ser un calco ni remake, pero en estructura se asemeja al filme original, al que homenajea de principio a fin, pero el guión de David Magee, cuyos créditos incluyen filmes notables como Descubriendo Nunca Jamás (Marc Forster, 2004) o La vida de Pi (Ang Lee, 2012), plantea situaciones equivalentes sin repetirlas. Por poner un ejemplo, el fragmento animado transcurre en el interior de una sopera en lugar del cuadro pintado en la acera.

Rob Marshall ha querido demostrar su buena mano con los musicales tras las experiencias de Chicago (2002), Nine (2009) e Into the woods (2012) todas ellas adaptaciones de sonados éxitos estrenados en Broadway
El regreso de Mary Poppins tiene de base la película de Stevenson y está repleta de números musicales muy bien ejecutados pero, para un servidor, no hay ningún tema que se quede grabado en la memoria como sí lo hicieron los del filme del 64, compuestos por los hermanos Richard M. Sherman y Michael B. Sherman con música de Irwin Kostal como Supercalifrgalisticexpialidocious , A Spoonful of sugar, Feed the Birds o la ganadora del Oscar Chim-Chim- Cher-ee asi como la Banda Sonora del fime. Cabría recordar que este inolvidable trío repitió en otros éxitos de Disney como Chitty Chitty Bang Bang (Ken Hughes, 1968) o La bruja novata (Robert Stevenson, 1971). Los temas compuestos por Marc Shaiman para el filme actual no tienen pinta de que la gente los tararee durante décadas.

Es una pena porque ese es el punto fuerte de esta digna continuación por otro lado que no pierde la esencia del original gracias a la magnífica labor de la gran parte del reparto, empezando por una magnífica Emily Blunt que se está convirtiendo en muy pocos años en una actriz todoterreno. Sin ir más lejos este año la hemos visto en Un lugar tranquilo, en la que es dirigida y comparte protagonismo con su marido en la vida real, John Krasinski, filme en las antípodas del que nos ocupa. Está perfecta como Mary Poppins, quizá con un punto de mayor seriedad si se le compara con Julie Andrews pero no se le puede reprochar nada. 

Su compañero, el farolero al que da vida Lin-Manuel Miranda, está a su altura como pariente del deshollinador que conocimos hace más de cincuenta años. Es un exitoso actor en Broadway con puntuales incursiones en el cine y la televisión pero que demuestra que baila y canta con soltura.

Por otra parte, Meryl Streep demuestra que puede con todo, con un personaje tan extravagante como encantador (precisamente Blunt y ella fueron dirigidas por Marshall en Into the woods), Colin Firth está maravilloso, como Streep, haga lo que haga, en este caso en la piel de un villano banquero y Julie Walters interpreta su papel de criada con total solvencia. Además, es una alegría ver a los nonagenarios Angela Lansbury y Dick Van Dyke (protagonista este último del filme de Stevenson)  aún en activo. 

Por cierto, la presencia de Van Dyke no es el único cameo para recordar el filme original (que incluye guiños musicales, de frases y de imágenes) ya que Karen Dotrice (la genuina Jane Banks) tiene una breve aparición en esta película en la que Emily Mortimer, omnipresente este año en la gran pantalla hace una digna composición de Jane adulta. 

Sin embargo en opinión de un servidor, no ve acertada la elección de Ben Whishaw como el Michael adulto, viudo y padre de tres niños. El protagonista El Perfume. Historia de un asesino (Tom Tykwer, 2007) espléndida adaptación de la célebre novela de Patrick Süskind o Retorno a Brideshead (Julian Jarrold, 2008), adaptación al cine de la novela de Evelyn Vaugh y que dio lugar en los ochenta a una espléndida miniserie, no le resultó nada creíble en el personaje que encarna en esta continuación homenaje a un clásico del cine familiar.

No hay que desdeñar, a pesar de lo dicho, la ambientación del filme con un impecable vestuario de Sandy Powell, ganadora de tres Oscar: por Shakespeare enamorado (John Madden, 1998), El Aviador (Martin Scorsese, 2004) y La reina Victoria (Jean-Marc Vallée, 2009), filme precisamente protagonizado por Emily Blunt. A  ello hay que añadir un cuidado diseño de producción de John Myhre y los decorados de Gordon Sim, ambos ganadores del Oscar por Chicago y el primero también por Memorias de una geisha (2005), otro filme dirigido por Marshall, cuya fotografía también fue galardonada, obra de Dion Beebe quien se encarga del mismo cometido en El regreso de Mary Poppins, por lo que son personas asiduas colaboradoras de Marshall.

El regreso de Mary Poppins es un filme bien hecho y nostálgico para los amantes del filme original que no traiciona su espíritu pero que, en aspectos como las canciones y los efectos especiales, realza el valor del filme estrenado en 1964 y que permanece en la memoria colectiva de espectadores de todas las edades.