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martes, 30 de abril de 2019

"Gracias a Díos": Sí sabían lo que hacían

En la anterior crítica escrita por un servidor, sobre la obra de teatro Jauría, que trataba el juicio de La Manada, se incidía en que, si lo que se ve está basado en hecho reales de la más rabiosa actualidad, el espectador lo recibe de una manera más incómoda, aparte del hecho tratado, claro está, que escuece sea actual o no. 

El cineasta francés François Ozon ha sido consciente de la dureza de lo que iba a contar al dirigir y escribir el guión de Gracias a Dios. Los casos de abusos por parte de un cura de Lyon, el padre Breynat, que se han juzgado hace unos meses, a niños desde mediados de los 80 en el marco de campamentos de verano, y encubiertos por otros miembros de la Iglesia Católica Apostólica Romana, ha sacudido a la sociedad y Ozon, que se ha caracterizado, en líneas generales, por tratar temas diversos y controvertidos, se ha armado de enorme valor para narrar estos terribles hechos en su último filme estrenado.

Gracias a Dios se remonta a unos años atrás, cuando Alexandre, casado y padre de cinco hijos, recibe con estupor la noticia de que el cura que abusó de él en su infancia vuelve a su ciudad y cómo mueve cielo y tierra para que este hombre, ya anciano, no quede impune. 

Ozon, tras el resbalón de su anterior filme, El amante doble (2017), vuelve en plena forma tanto a nivel de historia como de contundencia narrativa, ya que desde el minuto uno se conocen de palabra los abusos sufridos por el protagonista al que da vida maravillosamente el siempre seguro Melvil Poupaud quien vuelve a trabajar con Ozon tras El tiempo que queda (2005) y Mi refugio (2009). 

El actor fetiche de Raoul Ruiz, quien lo ha dirigido desde su debut siendo un niño en La ville des pirates (1983) y en otros filmes como La isla del tesoro (1985), Tres vidas y una sola muerte (1996),  Genealogías de un crimen (1997), El tiempo recobrado (1999) o Misterios de Lisboa (2010) y en cuya carrera ha trabajado con directores de la talla de Jean-Jacques Annaud, en El amante (1992), Jean Becker, en Elisa (1995),  Éric Rohmer, en Cuento de verano (1996), Arnaud Desplechin, en La chica de quince años (1989) y en Un cuento de Navidad (2008), o Xavier Dolan en Laurence Anyways (2012) asume el peso de la historia prácticamente en solitario durante muchos minutos de la película y transmite una verdad palpable como en un almuerzo donde revela a sus hijos lo que le sucedió.

Ozon consigue que la presencia del cura incomode bastante sobre todo cuando se le ve impartiendo catequesis y hablando del amor de Dios, pero, sobre todo, en la confrontación con Alexandre y en su inesperada justificación, (intentando buscar la compasión), de lo que hizo, aludiendo a que está enfermo, ha intentado curarse y no ha podido, el colmo de los colmos. Hay que decir que este personaje repugnante lo interpreta muy bien el veterano Bernard Verley en cuya carrera ha trabajado con Luis Buñuel, en La Vía Láctea (1969) y en El fantasma de la libertad (1974), Éric Rohmer, en El amor después del mediodía (1972) o Claude Chabrol, en En el corazón de la mentira (1999).

La película va subiendo enteros conforme se incorporan personajes, como otras dos víctimas, interpretadas por Denis Ménochet, quien trabajó con Ozon en la exitosa En la casa (2012) y sobrecogió como un terrorífico maltratador en Custodia compartida (Xavier Legrand, 2017). En Gracias a Dios muestra un impresionante cambio de registro, pero a un servidor le impactó particularmente la interpretación de Swann Arlaud visto en los cines españoles en filmes como El jardín de Jeannette (Stéphane Brizé, 2016) o Un héroe singular (Hubert Charuel, 2017) como una víctima delos citados abusos cuyas consecuencias han sido muy negativas, a nivel de salud mental y física, para ofrecer así un muestrario de las secuelas de una misma experiencia traumática en distintas personas. Con ellos se ve además la formación de la asociación, La palabra liberada conformada por víctimas de los abusos que se denuncian.

Ozon no se corta, como ya demostró por ejemplo tratando el tema de la prostitución voluntaria en Joven y bonita (2013), al tratar en Gracias a Dios un tema muy espinoso que también tiene su peso en la filmografía de otros directores como Pedro Almodóvar, que trataba el tema en La mala educación (2004), un tema que le venía de lejos ya que la semilla de ese filme es el personaje de Carmen Maura en La ley del deseo (1987), aunque un servidor tiene un recuerdo grabado a fuego del telefilme Los niños de San Vicente (John N. Smith, 1992), también basado en hechos reales, que rozó peligrosamente el límite de lo que podía mostrarse al hablar del tema que comparte con el filme de Almodóvar y el de Ozon que hacen de lo implícito y no mostrado gráficamente algo mucho más poderoso para el espectador que lo explícito.

Contando con una excelente fotografía de Manuel Dacosse y un sólido reparto que completan Éric Caravaca, Josiane Balasko, Hélène Vincent, Martine Erhel o François Marthouret (quien da vida al cardenal que encubre al cura y que pronuncia la frase que titula el filme en un contexto que es para escandalizarse) Ozon ofrece una película premiada en el Festival de Berlín con el Gran Premio del Jurado que incomoda a la Iglesia (normal) pero que la sociedad agradece porque hay actos que no deben quedar impunes bajo ningún concepto y robar la infancia  de manera tan aberrante con consecuencias irreparables en la edad adulta (amparándose en una incompresible impunidad que se creen que tienen estos seres que un servidor considera carentes de humanidad) no tiene perdón, ni de Dios ni de nadie. 

lunes, 4 de junio de 2018

"Basada en hechos reales": En busca de inspiración

El pánico al folio en blanco es algo que le ocurre a muchos escritores a la hora de escribir una nueva novela tras una anterior que ha sido un gran éxito. Roman Polanski vuelve a dirigir cuatro años después de La venus de las pieles (2013) para ofrecer una retorcida y enmarañada historia sobre este tema.

Especialista en crear intriga y sorprender, Basada en hechos reales, por el desarrollo de la historia, es (a juicio particular) una obra menor del director polaco si la comparamos no ya con esa obra maestra que es La semilla del diablo (1968) sino con una película más reciente en su filmografía, El Escritor (2010), que protagonizaron Ewan McGregor y Pierce Brosnan y, como indica el título, con la escritura como tema común.

En el caso de Basada en hechos reales, Polanski coescribe el guión junto a Olivier Assayas (otro director con una tendencia actual por las historias extrañas como demostró en Personal Shopper) adaptando una novela de la escritora francesa Delphine de Vigan. Desconociendo la novela de la que parte, lo que hay sin duda es un juego de espejos al llamar a la escritora de la película con el mismo nombre que la escritora real autora de la novela base.

El filme plantea un esquema típico de historia con personaje invasivo con buenas intenciones aparentes y cuya relación con la otra persona se va agriando hasta llegar a unos límites casi mortales. La búsqueda de la inspiración toma aquí tortuosos caminos, con una resolución que mezcla sorpresa con extrañeza y además con un referente claro del universo creativo de Stephen King, a saber, escritor, impedido físicamente... no hace falta más para saber el título al que un servidor se refiere.

La intrincada trama hay que admitir que está bien llevada por las dos actrices protagonistas, siendo Eva Green la que deslumbra desde el primer momento en el que aparece en pantalla. Tiene una mirada y una expresión, además de una apariencia exterior absolutamente magnética y confirma su evolución como actriz desde su sonado debut en Soñadores (Bernardo Bertolucci, 2003). 

Por su parte, Emmanuelle Seigner, esposa y musa de Polanski desde que rodasen Frenético (1988) encarna a la escritora en una evolución donde pasa de ser eclipsada por Green en todos los aspectos a ella jugar sus cartas, en un juego perverso de aprovechamiento mutuo. Eso salva un poco la historia porque la entrada del personaje de Green en la del de Seigner no se entiende en un primer momento, ya que ocurre todo muy rápido, sin apenas explicaciones y, ante algunas actitudes y acciones de Green resulta desconcertante la razón por la que Seigner no la echa de casa a la primera.

Por otra parte, un servidor considera que Polanski desaprovecha al personaje que defiende con profesionalidad Vincent Perez. El inolvidable La Mole de La reina Margot (Patrice Chéreau, 1994) tiene un rol secundario que, si no existiese en la trama, un servidor considera que tampoco hubiese variado mucho el resultado final.

Con una sugestiva música del multipremiado Alexandre Desplat y una correcta fotografía de Pawel Edelman, colaborador habitual de Polanski desde El Pianista (2002), Basada en hechos reales habla de los extraños vínculos entre los seres humanos, donde la dependencia y la dominación puede cambiar de manos en el momento más inesperado, sobre todo si se tiene un propósito, como sacar un libro al mercado, como ocurre en este caso. Siendo Polanski en el está detrás de las cámaras se esperaba algo mejor con estos ingredientes.