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viernes, 22 de febrero de 2019

"Cafarnaúm": Un adulto de doce años

Que la vida es dura se sabe desde siempre y los más desfavorecidos intentan sobrevivir como pueden. Estas situaciones son lamentables y penosas pero afecta más al que las observa o presencia cuando los pobres son ancianos, mujres o niños. Precisamente historias sobre estos últimos en situaciones muy precarias o ya directamente en la mendicidad tienen una tradición literaria muy antigua, como demuestran los libros inscritos en el género de la picaresca española, como, por ejemplo, el anónimo Lazarillo de Tormes, o (algunos con picaresca y otro no) saliendo de nuestras fronteras, muchos personajes de las novelas de Charles Dickens.

El cine tampoco ha sido ajeno a mostrar a niños o adolescentes intentando sobrevivir como se puede ver, por ejemplo, en muchas películas del neorrealismo italiano. Los protagonistas de estas historias tienen la característica de que maduran precozmente porque su situación no les deja otra salida que adoptar esa actitud. Y eso es precisamente lo que la cineasta libanesa Nadine Labaki ha querido mostrar en su último filme estrenado, Cafarnaúm, nominado al Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa (segunda nominación consecutiva, por cierto, para la cinematografía de este país tras El insulto) y Premio del Jurado en Cannes, entre otros galardones internacionales.

Cafarnaúm, aparte de ser un lugar citado en la Biblia, significa caos o leonera en francés, según explicó la propia Labaki quien también tiene un papel en su cuarta película, de la que además es coguionista. Tras Caramel (2007), ¿Y ahora adónde vamos? (2011) y un segmento de Río, te amo (2014) Labaki se mete en el barro de lleno (metafóricamente,claro) para denunciar la situación de los menores de edad en estado de extrema pobreza, entre otros temas. 

Siguiendo la tradición de, por ejemplo, el cine iraní, de hacer a niños protagonistas de duras historias como la premiada Las tortugas también vuelan (Bahman Ghobadi, 2004) o Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaf, 2007) Labaki nos presenta un juicio de un niño encarcelado por una agresión que demanda a sus propios padres por haberle traído al mundo. Esta insólita escena se explica perfectamente a través de la técnica del flashback donde se le muestra al espectador la forma de vivir de ese niño y del resto de su familia.

Con imágenes que parecerían de hace bastantes siglos atrás Labaki sumerge al espectador en el caos del título que es la zona pobre de Beirut y niños durmiendo encima de otros o encadenados por un tobillo para que no se escapen, incluso en plena calle ante la pasividad de los viandantes, son sólo unos ejemplos de las imágenes de un filme que es una patada demoledora a la conciencia, además de una feroz denuncia de la directora a la situación de su  país y a las actitudes de los padres de muchas familias, que viven entre la dejadez y la explotación de sus vástagos como si fuesen pura mercancía.

Un servidor ha intentado apuntar sólo una parte de lo que ofrece Cafarnaúm, un filme donde los inmigrantes ilegales también tienen cabida pero, en este caso, para contrastar cómo afrontan el tener hijos personas liibanesas y extranjeras. Las peripecias del niño protagonista, donde su actitud desafiante ante situaciones injustas es muy destacada (su estancia en la cárcel tiene que ver con la reacción ante una terrible noticia que recibe) son las principales bazas de una película que no se corta un pelo ni deja títere con cabeza. 

Labaki filma con tanta verdad que parece que se están a veces viendo imágenes reales pero la actriz, directora y guionista ha afirmado que nada de lo que se enseña en el filme es inventado y lo malo es que, desgraciadamente, no cabe duda de que dice la verdad ya que el lugar donde es recluido el protagonista previamente al juicio es tan desolador que es imposible que haya salido de la imaginación de alguien, lo cual también es una bofetada al sistema judicial.

Cafarnaúm es un filme necesario y contiene imágenes duras, pero hay veces que un arte como es el cine ha de mostrarnos realidades a las que a veces estamos ajenos o preferimos ignorarlas y no hay que olvidar que hay personas y, en este caso, niños, que viven en tal situación, que una sonrisa no les sale de manera natural, y eso es muy triste.    

sábado, 17 de marzo de 2018

"El insulto": Palabras que reabren heridas

El agua de un canalón que moja a un hombre en la calle. Este pequeño incidente podría quedarse en una anécdota con una disculpa pero un insulto agrava la situación incentivada por el hecho de que uno de los hombres es cristiano y el otro palestino. Teniendo en cuenta que la acción se desarrolla en Líbano, esto cobra una mayor dimensión, junto a otros hechos posteriores. 

Lo descrito en el párrafo de arriba es la línea argumental básica de El insulto, la cuarta película escrita y dirigida por el cineasta libanés Ziad Doueiri tras West Beirut (1998), Lila dice (2004) y El atentado (2012). Doueiri se forjó antes en Estados Unidos al lado de otros directores como Quentin Tarantino, con el que trabajó de cámara desde Reservoir Dogs (1992) hasta Jackie Brown (1997). En estos momentos, con El insulto como último ejemplo, hace un cine comprometido con la situación que se vive en su país ya que el conflicto particular de los hombres interpretados por Adel Karam y Kamel El Basha se puede extender a la nación por completo, pues la tensión entre cristianos y palestinos es una triste realidad.

El guión escrito por Doueiri y su ex pareja, Joelle Touma, (una colaboración que se inició con la mencionada Lila dice) va incrementando la gravedad de los acontecimientos que incluyen agresiones  y la expresión de un deseo malintencionado con mucha carga política y que apela a sentimientos profundos y que aún duelen, evidenciando un rencor semienterrado. El conflicto acarreará un juicio en el saldrá a relucir el pasado de los personajes con una revelación inesperada que hará cuestionar su discurso al abogado de la acusación sobre su propio cliente. 

A Doueiri se le nota la formación en el extranjero pues su forma de rodar es segura y con planos muy logrados. Un ejemplo de ello son las escenas del juicio, el principal núcleo de la película. Recuerda a los que se ven en las películas de Hollywood pero el buen hacer de los actores, lo que se expone en él, y la tensión latente entre el bando cristiano y el palestino hace que no se esté viendo un juicio más, con el punto culminante en el recuerdo del asalto a la ciudad de Damour, que trajo consigo una auténtica masacre en 1976 en el marco de la Guerra Civil que comenzó un año antes. Doueiri incide en la idea de que Líbano es un país con graves heridas sin cicatrizar, y el pasado duele mucho y pesa. Por ello el conflicto de los protagonistas cobra una dimensión mediática de enormes proporciones.

Las interpretaciones son muy destacables en la película: Kamel El Basha fue galardonado con la Copa Volpi en el Festival de Venecia por dar vida al palestino contendiente y su intercambio de miradas con su rival en un momento determinado dice mucho más que todo lo que se expone en el juicio. Por su parte, Adel Karam es conocido en nuestras pantallas por sus trabajos con la actriz y directora Nadine Labaki: Caramel (2007) y ¿Y ahora adónde vamos? (2011). También dan mucho juego los abogados de los protagonistas interpretados por Diamand Bou Abboud y Camille Salameh , con un dato sobre ellos que hace que el enfrentamiento en el juicio cobre un significado especial.

El insulto es una película valiente por lo que cuenta y cómo se cuenta, de hecho hay una frase antes del inicio del filme que avisa de que lo expresado en la película es responsabilidad del equipo de la misma. Estuvo este año nominada al Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa, siendo derrotada por la chilena Una mujer fantástica. A pesar de sus méritos, que los tiene como se ha expuesto arriba, un servidor considera que la nominación es un premio excesivo para este filme, al que no hay que negarle y apreciar su atrevimiento y que, además de lo ya expuesto, habla de algo tan esencial en la convivencia en sociedad como pedir perdón, unas palabras que, en muchas ocasiones, cuestan pronunciar.