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sábado, 11 de abril de 2020

"La Isla del Aire": El peso de las ausencias

Decía una canción del cantante italiano Sandro Giacobbe, titulada El jardín prohibido: "La vida es así, no la he inventado yo". El vivir es enfrentarse a alegrías, tristezas y varapalos que, o no se aceptan y te hacen vivir en un limbo, o se tira hacia adelante aunque el recuerdo de lo sucedido sea imposible de borrar, todo por no poder decidir qué va a pasar, ni siquiera preverlo.

La obra de teatro La Isla del Aire, basada en el libro de Alejandro Palomas, y auspiciada por la malagueña Factoría Echegaray, se centra en diversos reveses que el vivir provoca y donde la ausencia de los seres queridos es de tal magnitud que parecen estar en el escenario. Centrada en cinco mujeres de una misma familia pero de distintas generaciones, esta obra supone un escalón más de su director, el sevillano Jorge Torres.

Torres cuenta con una sólida carrera donde destacan sus trabajos como ayudante de dirección del maestro José Carlos Plaza en obras de envergadura como las tragedias griegas Electra (2012) y Medea (2015), ambas con Ana Belén, o Hécuba (2013), con Concha Velasco, todas ellas estrenadas en el imponente marco del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, lacrimógenos dramas como El Padre de Florian Zeller (2016) con Héctor Alterio, así como, en el terreno lírico, con títulos como El Gato Montés o Los diamantes de la corona, donde también actuó. A ello hay que sumar su labor como actor en La noche de las tríbadas (2015) donde encarnaba magistralmente al escritor August Strindberg, El auto de los inocentes, que formó parte de la anterior temporada de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y por la que estuvo a punto de ganar el Premio de la Unión de Actores, o como corifeo potente tanto en La Orestíada (2017) como en Prometeo (2019), de nuevo en el festival emeritense con Plaza en la dirección.

La Isla del Aire no es la primera obra que dirige, ya que las mencionadas obras líricas las dirigió en Lisboa y El Gato Montés también en Los Ángeles, además de la obra de teatro Flores arrancadas en la niebla en la RESAD de Madrid junto a Raquel Escobar. El resultado de la obra que nos ocupa es una potente historia de sentimientos femeninos planteados de una manera clara y sencilla, lo cual es, para un servidor, una poderosa virtud. Torres es muy consciente de que el teatro es el arte de la palabra por lo que concentra su labor en las actuaciones del quinteto de actrices, sin descuidar los aspectos técnicos.

Las cinco intérpretes están espléndidas y supone, por la naturaleza de los personajes, un muestrario de distintas generaciones de profesionales del teatro. Ana Ibáñez da vida a la matriarca de la familia con gran seguridad en un personaje con varias capas y que pone sobre el tapete temas como la revelación de las verdades, las contradicciones de palabras y acciones y el comienzo doloroso de la demencia senil, que sobrellevan con entereza las demás mujeres de la familia, varias de ellas con dolores físicos y emocionales como  la nieta interpretada con frescura por Itziar Luengo o la hija que interpreta María Martínez de Tejada, con una lesión en la pierna y anterior cuidadora de su madre. La segunda nieta, interpretada por Celia Pérez, afronta un conflicto emocional con aplomo mientras que la otra hija, encarnada por Montse Peidro, con quien Torres compartió escenario en las mencionadas La noche de las tríbadas, La Orestíada y Prometeo, encara el primer personaje contemporáneo al que un servido le ve dar vida. Lo que destaca de su personaje es que en ella da la sensación de que se concentra una pena no asumida: la ausencia de una tercera hija a la que la soprano, profesora de canto y musicoterapeuta Helena Alonso presta su bella voz.

Lo que queda claro en La Isla del Aire es que los personajes que no están en escena tienen mucho más peso del que podría parecer en un principio ya que ayudan a trazar de manera concisa y con pinceladas precisas las vidas de las protagonistas, algo que un servidor apreció especialmente, ya que le trajo el recuerdo de una de sus películas favoritas, Gente corriente (1980), el demoledor drama con el que el actor Robert Redford debutó en la dirección con apabullante éxito de público y crítica (Oscars incluidos), donde la muerte del hijo mayor, precisamente en un accidente marítimo, lastraba la vida posterior de la familia.

Con respecto a los aspectos técnicos, la escenografía de Javier Ruiz de Alegría y la iluminación de Michael Collis ayudan a ubicar tanto en el espacio como emocionalmente a los personajes mientras que el espacio sonoro de Arsenio Fernández, acompañado por la música de Israel López Estelche y la voz de la citada Helena Alonso acentúan el papel del mar en la historia, evocando historias de náufragos, sirenas y entes misteriosos así como leyendas o historias plasmadas en inolvidables canciones como, por poner un ejemplo, Naturaleza Muerta de Mecano.

La Isla del Aire, que puede verse online en este enlace, es una obra de sentimientos y dolor donde las mujeres muestran su fuerza a la vez que sus inseguridades, buenos ingredientes para verla. Un servidor, que ya lo hizo, anima a quien lea esta crítica a hacerlo.   

domingo, 9 de julio de 2017

"La Orestíada": El trágico regreso al hogar

La tragedia griega tiene una de sus cumbres creativas en La Orestíada de Esquilo. La vuelta de Agamenón de la Guerra de Troya desencadena una serie de sangrientos acontecimientos en el seno de su familia. José Carlos Plaza ha dirigido una nueva versión de este texto para inaugurar la presente edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida (un texto que ya puso en pie en el mismo escenario en 1990) y la verdad es que el resultado ha sido redondo. 

Plaza es indiscutiblemente un maestro en la dirección de escena y las tragedias griegas, particularmente, las realiza con una enorme solidez y potencia en todos los aspectos dada la envergadura de las historias que se narran. Sin irnos muy atrás en el tiempo, en el año 2007 dirigió Fedra, con una sublime Ana Belén, acompañada en el escenario por Fran Perea que dejó a un servidor asombrado. Precisamente repitió con ambos actores en Electra (2012), la primera de las cuatro tragedias con que ha deleitado a los espectadores en estos últimos cinco años en los que Jesús Cimarro lleva dirigiendo el Festival. Luego vendrían Hécuba (2013) y Medea (2015).
Un ejemplo de la grandiosidad de este montaje de La Orestíada. Jero Morales

Si con anterioridad Juan Mayorga y Vicente Molina Foix fueron los encargados de realizar las versiones de los montajes mencionados, ahora es Luis García Montero el que condensa las siete horas que duraría la trilogía íntegra a dos horas que se pasan volando con un texto duro y hermoso a la vez que pone el acento en la tragedia familiar, la sed de venganza y la justicia, además de poner de manifiesto la influencia de los clásicos griegos en las obras de William Shakespeare con pasajes que recuerdan a Hamlet o Tito Andrónico.

Plaza se ha rodeado de profesionales indiscutibles y habituales de sus puestas en escena: Pedro Moreno en el vestuario, con una gama de colores que él imprime a la vestimenta como pocos, Francisco Leal se encarga de la escenografía, Toño Camacho de la poderosa iluminación, Mariano Díaz de la música, potenciada en momentos clave y Juan Pedro Hernández del maquillaje y la peluquería con logros como los ojos de Amaia Salamanca rodeados de un intenso violeta para remarcar el alto grado de sufrimiento del personaje. En el apartado técnico se da otra curiosa circunstancia: el director adjunto de este montaje es Carlos Martínez-Abarca quien interpretó a Calígula en el recordado montaje de Yo, Claudio que Plaza dirigió en el 2004 para la 50ª edición del Festival y encabezaba Héctor Alterio.

Con respecto a las interpretaciones el conjunto es, en una palabra, sensacional porque todos los actores tienen su momento de protagonismo a lo largo de la historia que cuenta la trilogía. Ana Wagener (quien había interpretado a la reina Gertrudis en la versión de Hamlet de Miguel del Arco) afronta el personaje Clitemnestra, la esposa infiel y asesina de Agamenón, con una solidez y magnificencia que no decae en ningún momento. Ricardo Gómez debuta en Mérida tras experiencias en las tablas como El señor Ibrahim y las flores del Corán o La Cocina de Wesker a las órdenes de Sergio Peris-Mencheta interpretando a Orestes con una intensidad que remarca su deseo de impartir justicia asesinando a los responsables de la muerte de su padre, así como el tormento que sigue a la consumación de dicho propósito. Orestes es instigado a matar a su propia madre y al amante de ésta a instancias de su hermana Electra (el encuentro entre ambos tras la vuelta de él es muy emotivo) una sobrecogedora Amaia Salamanca (quien con anterioridad había protagonizado, dirigida por Magüi Mira, La marquesa de O de Heinrich Von Kleist) cuyo movimiento corporal raya en la desesperación y la locura, estados emocionales que la actriz transmite a la perfección.
Amaia Salamanca (Electra) con María Isasi (Esclava)  Jero Morales

Siguiendo con el reparto Alberto Berzal (presente en los mencionados montajes de Electra, Hécuba y Medea) se mete en la piel de Egisto con la seguridad que le es habitual y he de reconocer que el momento de su muerte es impactante. Felipe García Vélez (presente en el gran montaje de Cuando deje de llover que dirigió Julián Fuentes Reta) está grandioso como Agamenón y María Isasi vuelve a cautivar con su doble papel de la atormentada Casandra, (otro personaje de trágico destino como la gran Políxena que encarnó en Hécuba), magnífica verbalizando sus visiones y trágicas predicciones, y de la esclava que colabora en la ejecución de la venganza de Orestes y Electra.

Roberto Álvarez, al que vi en Casa de muñecas y El discurso del Rey, se encarga de dar vida al magistrado portavoz del poder judicial que decidirá el destino de Orestes. Sus parlamentos al pueblo que pide justicia son dichos con autoridad y gran fuerza. Y Juan Fernández, que repite con Plaza tras Electra) da vida al anciano que junto al pueblo, recibe a Agamenón y se revuelve contra la actitud de Clitemnestra y Egisto, con el que tiene una tensa e intensa escena.
Ana Wagener (Clitemnestra) y Ricardo Gómez (Orestes). Jero Morales

El montaje se redondea con la intervención de un coro con un gran protagonismo y que representa al pueblo. En él se encuentran Jorge Torres, de gran presencia en el escenario y con un timbre de voz grave que proyecta maravillosamente. A Torres, habitual ayudante de dirección de Plaza, lo descubrí como actor en el montaje de La noche de las tríbadas, también dirigido por Plaza, y les aseguro que es un actor asombroso del que estoy deseando verle en más obras teatrales. En el coro también están sus compañeras en la obra mencionada, Montse Peidro y Pepa Gracia, muy sólidas en sus intervenciones individuales y colectivas, al igual que Charo Zapardiel, Emilio Gómez, Ana Goya, Carmelo Crespo y Sergio Ramos que componen una representación heterogénenea (abarcando diferentes edades y situaciones personales) y compacta del pueblo.

Para concluir tengo que decir que con esta coproducción entre el Festival de Mérida y Pentación Espectáculos se vivió anoche una jornada mágica con un público entusiasta ante la maravilla que vio sobre el milenario escenario.        

lunes, 12 de octubre de 2015

"La noche de las tríbadas": Los tormentos de Strindberg

Es curioso cómo en muchas ocasiones la vida de los artistas es igual o más interesante que sus obras. El cine ha tomado nota de este interés haciendo lo que se denomina biopics como Amadeus (Milos Forman, 1984) como uno de sus máximos exponentes. 

También en el teatro grandes autores han tomado la vida de escritores, pintores etc... como punto de partida para algunas de sus obras más logradas. Uno de ellos es el sueco Per Olov Enquist quien, en 1975, escribió La noche de las tríbadas, centrada en la figura de su compatriota August Strindberg (1849-1912) uno de los escritores de referencia de finales del siglo XIX y principios del XX.

Esta obra ha sido una de las últimas joyas en la brillante carrera del director José Carlos Plaza hasta la fecha, demostrando que la calidad y la intensidad dramática son cualidades asociadas a él haga lo que haga. Un servidor no podía dejar de recordar otras obras dirigidas por él como Sonata de otoño de Ingmar Bergman o Fedra (con dramaturgia de Juan Mayorga), por poner sólo dos ejemplos. Plaza dirige con mano firme una historia metateatral que nos sirve para conocer un poco más a un autor, que, en el momento en el que se desarrolla la acción de la obra de Enquist, ya había escrito dos clásicos contemporáneos del teatro como La señorita Julia y El Padre.

La noche de las tríbadas, en el Teatro Echegaray de Málaga hasta hoy, supone una inmersión en la tormentosa mente y existencia de Strindberg con un ensayo de su celebrado monólogo La más fuerte en 1889 como pretexto para ver cómo la realidad supera la ficción y, más concretamente en este caso, la ficción idealiza la realidad.

El magnífico cuarteto de actores de La noche de las tríbadas                                                                       Sergio Lardiez
Este montaje ha servido para constatar a un servidor la enorme calidad interpretativa de los cuatro actores que intervienen en esta obra. Me quito el sombrero ante la composición del sevillano Jorge Torres en la piel de Strindberg. Su calidad como actor es incuestionable porque refleja a la perfección todos los demonios y fantasmas del autor sueco, con una vida privada turbulenta y llena de traumas sentimentales y sexuales que se expresan claramente en varios momentos de la función en la que el actor hace un completísimo trabajo a nivel físico y emocional, para reflejar otros aspectos más del escritor como era su carácter contradictorio y su misoginia. No en vano hay que recordar que en el momento de la obra Strindberg aun no ha escrito El Pelícano una de sus incontestables obras maestras y donde vierte una gran crueldad al componer a la matriarca de esa obra.

Montse Peidro hace otro gran trabajo interpretando a Siri Von Essen, ya que vemos tanto al personaje de La más fuerte como a la esposa de Strindberg y presenciamos la forma tan directa en que las vivencias reales han repercutido en la ficción, sobre todo al aparecer el personaje de Marie Caroline David, con el que Siri tiene una relación lésbica, y los acertados componentes interpretativos de Peidro (ese genial momento en el que tira el libreto de La más fuerte al suelo y lo que sigue) contribuyen a poner las cartas sobre la mesa y ahondar más en la actitud de Strindberg, quien expone a las claras su rechazo a la emancipación femenina (otro guiño vital-literario, puesto que, en 1889, se han cumplido ya diez años del estreno de Casa de muñecas de Henrik Ibsen, autor al que Strindberg también rechaza, y cuya protagonista, Nora, decide abandonar a su marido y a sus hijos, por lo que se muestra también lo diferentes que eran ambos autores).

Por su parte Zaira Montes (a la que pude ver y disfrutar en Hécuba (también dirigida por Plaza y donde Torres ejercía, como sigue haciéndolo hasta la fecha, de ayudante de dirección del maestro), está impecable como Marie Caroline David (papel que alterna con Pepa Gracia), por la fuerza y el convencimiento en las acciones y en la forma de pensar y de vivir del personaje, matices que se logran ver por la laboriosa composición de Montes donde hay desde contención hasta un parlamento modélico en el tramo final de la obra, al que la actriz se entrega de manera desgarradora.

Finalmente Oscar Ortiz de Zárate sirve de contrapunto cómico en medio de la tensión existente entre los otros tres personajes ya que Hansel, se presenta como admirador de Strindberg, al que éste toma como aliado en una inesperada guerra de sexos.

Los cuatro actores están espléndidamente caracterizados gracias al vestuario del maestro Pedro Moreno y al maquillaje de Juan Pedro y Jorge Hernández, consiguiendo que veamos a los personajes más que a los propios intérpretes.    

La noche de las tríbadas es, sin lugar a dudas, una de esas obras que ningún amante del teatro debe perderse.