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domingo, 16 de diciembre de 2018

"Rey Lear": Impulsos y traiciones

Para un servidor, licenciado en Filología Inglesa, la noticia de que se representa una obra de William Shakespeare siempre es una gran noticia, y más aún, si no la ha visto en escena, lo que ocurría en el caso de Rey Lear. La posibilidad ha llegado gracias a Atalaya, de quien un servidor buena gratos recuerdos del último montaje que vio de esta compañía: Marat Sade, de Peter Weiss.

Rey Lear es una de las grandes tragedias del autor de Hamlet u Otelo que ha conocido sonadas versiones en España como las tres dirigidas por Miguel Narros: en 1967, con Carlos Lemos, Agustín González y una joven Ana Belén en el reparto,  la segunda, en 1982, con José Pedro Carrión, Juan Gea y Fermí Reixach y la tercera, en 1997, con Helio Pedregal y Manuel Tejada en el reparto. También Calixto Bieito dirigió una versión modernizada al servicio del gran Josep María Pou en el 2004 y  la reciente versión (2015) de Luis Pasqual con la gran Núria Espert como cabeza de cartel fue muy premiada. Tampoco hay que olvidar un gran Estudio 1 con versión de Antonio Gala con Manuel Dicenta, Alicia Hermida, Jaime Blanch y María José Alfonso de 1967.

Con todos estos antecedentes un servidor no podía desaprovechar la oportunidad de ver en escena este trágico clásico del teatro y puede afirmar que la versión que dirige y firma Ricardo Iniesta es absorbente y potente. En honor a la verdad, durante los primeros cinco minutos, en un servidor reinó el desconcierto por la sorpresa de la concepción de la puesta en escena pero, tras ese inicio,  se dejó arrastrar por un espectáculo cuidado y que no deja indiferente al finalizar. Porque Rey Lear, trasfondo histórico aparte, es un gran retrato de la condición humana, sobre todo de los errores y las consecuencias que estos conllevan o de las dobles caras de las personas por la ambición, así como del desprecio y el amor de los hijos hacia sus progenitores.
Carmen Gallardo, desgarradora en Rey Lear                                                                                                  Félix Vázquez

Como bien se indica en el programa de mano esta obra va sobre la ceguera en todos los sentidos pero la física infligida violentamente es una clara reminiscencia de tragedias griegas como Hécuba de Eurípides, cuyo inicio es, además, la fuente de inspiración de Hamlet o Edipo Rey de Sófocles. Porque lo que se presencia es una auténtica tragedia donde las traiciones y el destino juegan sus cartas de manera cruel.

Hablando ya del montaje que Atalaya ha representado en el Teatro Central de Sevilla hasta ayer la concepción mencionada, reitera un servidor, sorprende, con una escenografía mínima pero muy simbólica del propio Iniesta donde las transiciones se producen casi sin darse uno cuenta, dejando los actores el marco escénico listo para la escena siguiente, con logradas canciones a modo de coro griego.

La historia de Lear y sus tres hijas se complementa con otra historia familiar igualmente trágica, la del conde de Gloucester y sus hijos Edmund y Edgar. La ambición y las lealtades juegan un papel importante Este entramado está muy bien hilado con una dramaturgia clara y concisa donde el maravilloso vestuario, obra de Carmen y Flores de Giles juega un gran papel, porque define a los personajes, resaltando un servidor el de las tres hijas citadas. Todas están vestidas de rojo pero la indumentaria de Goneril y Regan es, con matices, mucho más similar en comparación con el  de Cordelia, evidenciando la maldad y la falsedad de las dos primeras, que luego jugarán en su contra, y la bondad de la tercera. La iluminación de Alejandro Conesa es potente y precisa para resaltar las escenas y los soliloquios particularmente, con un fondo rojo en el tramo final muy significativo.

A nivel interpretativo el conjunto actoral está muy compenetrado y es inevitable hablar en primer lugar de la gran composición de Carmen Gallardo como Lear, evidenciando que el actor se puede meter en un personaje a fondo sin importar que sea del sexo contrario.

Siguiendo la estela en España cuando, en 1976, protagonizó La casa de Bernarda Alba, de Blanca Portillo como Segismundo en el montaje de La vida es sueño dirigido por Helena Pimenta en 2012 y de Hamlet en el montaje que dirigió Tomaz Pandur,  o la citada Núria Espert precisamente también haciendo de Lear, (por citar actrices que han hecho personajes masculinos) Gallardo hace suyo al personaje con maestría, una dicción perfecta y un viaje emocional y temperamental asombroso.

A un servidor le sorprendió, aparte de la interpretación que de él hace magníficamente Lidia Mauduit, el personaje del bufón, porque, aparte de hacer reír, dice verdades como puños e incluso es como una especie de oráculo de lo que ocurrirá más adelante.

Raúl Vera compone a un Gloucester desgarrador, víctima de la traición y con unos momentos finales sobrecogedores, mostrando su ductilidad a la hora de encarnar a Albany. Otro personaje muy bien construido es el de Edmund, por parte de Javier Domínguez, que se mueve con gran agilidad sobre el escenario y muestra claramente la maldad y el doble juego que quiere llevar para lograr sus fines, lo cual contrasta con la sensibilidad y amargura del Edgard, con el que un servidor empatizó mucho, a lo cual ayudó la perfecta composición de José Ángel Moreno, con un momento desprendiéndose de sus ropajes muy simbólico y de gran fuerza.
El espléndido elenco de actores del montaje de Atalaya                                                                                  Félix Vázquez

No se pueden dejar de mencionar tampoco las interpretaciones de las tres actrices que hacen de las tres hijas de Lear: Silvia Garzón, como Goneril, y María Sanz, como Regan, hacen unas composiciones buenas y, sobre todo, interesantes porque suenan intencionadamente falsas cuando declaran su amor hacia su padre, lo cual evidencia la naturaleza rastrera de los personajes, y luego se destaca el cambio de registro que hacen ambas cuando muestran su verdadero rostro. Elena Aliaga está siempre conmovedora como la sincera y compasiva Cordelia y un servidor reconoce que no la identificó cuando daba vida a Oswald, evidencia del gran trabajo de ella y de la carcaterización de Manolo Cortés, extensible a todos los personajes. Finalmente Joaquín Galán como Cornwall y Kent es otro ejemplo de capacidad de mudar de piel.
Silvia Garzón (Goneril), Carmen Callardo (Lear) y María Sanz (Regan)                                                     Félix Vázquez

Este montaje de Rey Lear de Atalaya representa una continuidad de línea de trabajo que se sale de lo convencional, pero cuando se juntan unos grandes profesionales, se crean unos cimientos que hacen imposible que el castillo se derrumbe y Atalaya demuestra en este nuevo montaje estar muy sólida y con su sello personal intacto. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

"Marat-Sade": Gran fuerza interpretativa y visual

Reconozco que ver por primera vez Marat-Sade ha sido todo un impacto. La famosa obra de Peter Weiss se ha montado varias veces en España pero la versión que anoche representó Atalaya en el Teatro Lope de Vega (donde permanecerá en cartel hasta este domingo) es, repito, el primer montaje que he visto, y la experiencia no ha podido ser más gratificante. Ricardo Iniesta ha hecho una versión del texto, que, sin dejar de transmitir mensajes importantes y contundentes, se entiende de principio a fin y la puesta en escena es impecable.

Esta obra es un referente en muchos aspectos pero, por destacar uno que considero importante, es una de las que mejor han utilizado el recurso del teatro dentro del teatro y el grupo de actores de Atalaya hace un trabajo muy completo, coherente y cohesionado para que los espectadores nunca dejen de ver que son unos locos los que están recreando un episodio de la Revolución Francesa, el período que culmina con el asesinato de Jean-Paul Marat. 

Iniesta ha acertado en el tono y en la estética del montaje plenamente, porque si se piensa en el Marques de Sade y en un manicomio a comienzos del siglo XIX, se vienen imágenes automáticamente de condiciones pésimas de mantenimiento, suciedad y métodos nada complacientes para tratar a los pacientes. Todo eso está reflejado a la perfección gracias al espacio escénico del propio Iniesta, con esas telas multiusos y con varios significados, a la portentosa iluminación de Alejandro Conesa, que ayuda a crear ambientes de todo tipo, algunos con un tono terrorífico que se quedan grabados en la retina, porque los distintos tonos de luz están encajados en el momento que corresponde, y al vestuario de Carmen de Giles muy acertado para vestir a un grupo de locos. Además, las vestimentas tienen matices de colores que complementan la creación exterior del personaje, por lo que es otro ejemplo de su buen ojo con las telas y los colores.
Un gran momento colectivo de la obra. Curro Cassillas
La acción de la obra se sitúa quince años después de los acontecimientos que se recrean en la obra de teatro que se representa en el manicomio. Eso hace que todo lo representado en escena tenga un carácter especial porque, por ejemplo, algunos personajes que salen en escena ya están muertos pero el Marqués de Sade no sólo dirige, sino que interviene en la obra siendo el contrapunto ideológico al personaje de Marat (un Jerónimo Arenal que parece transmutado en el personaje que interpreta), ya que vivió los acontecimientos narrados directa o indirectamente. Aquí ya empezamos con las interpretaciones y Manuel Asensio se erige como un Sade perfecto. Gracias al trabajo que hace vemos al personaje que se regodeaba en la muerte y en el sufrimiento con, además, un lenguaje escatológico con el que también se le relaciona y Asensio da todos esos matices en su gran interpretación.

Por otro lado, el resto de actores que realizan la doble pirueta de interpretar a un loco que da vida a un personaje lo hace con un dominio de la voz y del movimiento corporal y, sobre todo, nunca hace olvidar al público que están locos en ningún momento. Carmen Gallardo está maravillosa como presentadora (y apuntadora de la obra) con una maestría que la hace más grande de lo que ya es como actriz. Los matices de su personaje, como sus aplausos cuando presencia "una ejecución" o el equívoco al decir el día de la visita de Carlota Corday cuando ésta asesinó a Marat, donde hace algo al salir de escena que hay que verlo, agigantan su composición.

Silvia Garzón dota a su interpretación de elementos que favorecen su doble papel de loca-Carlota Corday. Su narcolepsia proporciona momentos cómicos porque tiene que seguir despierta y se intenta lograrlo de muchas maneras. Además la escena con el cuchillo es de gran belleza e inquietud por el manejo entre violento y poético que hace con él y el recuerdo de un sueño sobre una ajusticiamiento por guillotina lo cuenta con una verdad que parece que lo ves, estableciéndose un juego interesante porque se recurre a la característica del personaje antes mencionada y te hace plantearte si lo que describe lo soñó porque lo vivió o no.

Raúl Vera como el sanguinario Roux es todo un terremoto interpretativo en escena. Sus apariciones son muy potentes, creando con su composición, las luces en esos momentos, y la escenografía momentos que dan literalmente miedo, porque, de nuevo el carácter del loco se refleja en el personaje que interpreta en la función, pero, además es el personaje que dice grandes verdades en su aparición final y que se contrapone con lo que canta el coro en esos momentos. La intensidad que le da Vera es la justa y necesaria para transmitir lo que el personaje requiere, ya que es un claro representante de aquel período del Terror.

Por su parte Raúl Sirio interpreta a Duperret con un acertado matiz cómico relacionado con el sexo y que se ejemplifica en la escena con Silvia Garzón, donde se muestra a un ser movido por sus bajos instintos. María Sanz hace una sobrecogedora Simone con una expresión facial entre la tristeza y el espanto que va como anillo al dedo y Lidia Mauduit hace una correcta composición de Rosignol pero todos, absolutamente todos, muestran la locura en escenas colectivas o individuales muy veristas. Finalmente, Joaquín Galán mantiene en su interpretación de Coulmier seriedad y severidad acorde con su papel y devuelve a la "realidad" a los espectadores, dejando claro que, lo que se ve es teatro.
Manuel Asensio entre las telas, un gran acierto de la puesta en escena. Curro Cassillas.
Las canciones y los coros son un primor, con letras que completan la información al espectador y ahí sus componentes ejemplifican su doble papel de narrador y voz del pueblo con total verosimilitud.

Por todo lo dicho, tras ver este montaje de Marat-Sade, y, habiendo visto con anterioridad los excelentes montajes de Celestina. La Tragicomedia y Madre Coraje, sólo puedo decir: GRACIAS, ATALAYA.