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viernes, 11 de enero de 2019

"Rojo": Dos actores con arte

Hay obras de teatro que requieren un plus de atención por parte del espectador. Rojo, del dramaturgo y guionista estadounidense John Logan,  es un ejemplo del teatro actual, con contenido, exigente, en el buen sentido y que casa con lo mencionado en la frase inicial. 

Logan, tres veces nominado al Oscar, por Gladiator (Ridley Scott, 2000), El Aviador  (Martin Scorsese, 2004)  y La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011) y cuya última película estrenada en nuestro país en cuya escritura ha estado involucrado ha sido Alien: Covenant (Ridley Scott, 2017) dio la campanada precisamente con la obra teatral que centra esta crítica. Rojo se estrenó primero en Londres  en 2009 y luego en Broadway con los maravillosos Alfred Molina y Eddie Redmayne logrando un éxito de público y crítica muy destacable, seis Premios Tony incluidos 

La principal característica de esta obra es que trata la figura de un artista real, el pintor Mark Rothko (1903-1970), una de las figuras más destacadas del expresionismo abstracto, un movimiento artístico de enorme relevancia en el siglo XX. Pues bien esta obra, y ya un servidor se moja implicándose, hizo que se le despertase el interés por un hombre que (uno es sincero) no le sonaba  de nada, pero la maravilla de Internet hizo posible que conociese hechos importantes de su vida y tener una ligera idea del pintor al que iba a ver interpretado en escena.

Esta circunstancia provocó que la mención de determinados nombres y hechos de su vida no fuesen desconocidos en su totalidad ya que la obra tiene una complejidad y hondura inesperadas, ahondando en diversos temas a partir de la relación del mencionado pintor, ya veterano en el momento de su vida que plasma la obra, prácticamente de vuelta de todo y desencantado, y un joven que le ayuda y aprende lleno de vitalidad e ilusiones. La realización de unos cuadros para un famoso y lujoso restaurante sirve para que ambos personajes expongan su visión del arte y de la existencia de una manera nada trivial, con pasajes dramáticos por ambas partes evocados en soliloquios. 

Por todo lo mencionado anteriormente esta producción teatral, que viene de hacer temporada en el Teatro Español de Madrid para permanecer en el Teatro Lope de Vega de Sevilla hasta este domingo, tiene su principal baza en dos actores inmensos, de dos generaciones distintas pero que van de la mano. 

Juan Echanove asume la labor de dirigir la obra y de dar vida a Rothko con la sabiduría de un intérprete curtido en miles de retos interpretativos a lo largo de su carrera. Un servidor no pudo evitar acordarse de la última vez que lo vio sobre el escenario, también dirigiendo: la conmovedora Conversaciones con mamá de Santiago Carlos Oves junto a María Galiana con quien volvió a trabajar en la exitosa y divertida La asamblea de las mujeres de Aristófanes en el 61 Festival de Mérida (2015) que un servidor vio en el segundo día de representación en aquel milenario y mágico escenario. En aquella ocasión Echanove sólo ejercía de director rodeándose un reparto que incluía a Pedro Mari Sánchez, Lolita o Pastora Vega, además de Galiana.

Precisamente en aquel mismo lugar, pero dos años después, un servidor vio al compañero en escena de Echanove en Rojo, Ricardo Rómez, (dejándolo con la boca abierta) en un espectacular montaje de La Orestiada de Esquilo dirigido por José Carlos Plaza, donde el talentoso y joven actor daba vida con absoluta convicción a Orestes junto a Roberto Álvarez, Amaia Salamanca, Ana Wagener, María Isasi, Alberto Berzal y Juan Fernández, entre otros. Esa fue una experiencia que un servidor no olvidará y que sirvió para constatar que Ricardo Gómez es un actor al que le gusta asumir retos y es inquieto como actor, no hay más que ver su interpretación de un joven homosexual en la serie Vivir sin permiso o la propia obra Rojo, pruebas de su abanico de registros.

Con una recreación idónea del estudio donde Rothko y su ayudante trabajan gracias a la escenografía de Alejandro Andújar, y la siempre precisa iluminación del maestro de la luz escénica Juan Gómez-Cornejo en Rojo el espectador presencia la confrontación de dos maneras de ver la vida y el arte, donde, y es de agradecer, se mencionan constantemente a maestros de la pintura de siglos pasados como indicador de que, aunque alguien cultive un arte de una manera, los predecesores de referencia, aunque hiciesen obras completamente opuestas en estilo y temática, están siempre en su cabeza. Además, la mención también de artistas contemporáneos a los personajes como Andy Warhol o Jackson Pollock sirven de complemento a las distintas maneras de concebir la pintura.

Rojo, un servidor reitera, es una oportunidad de ver a dos actorazos en escena (su esfuerzo fue recompensado con una sonada ovación en el teatro hispalense) en una obra que no es fácil, con lo cual el espectador tiene que mantener una actitud activa para seguirla, y eso ayuda a agudizar los sentidos para comprobar a ritmo de jazz o música clásica de sonido ambiente, que la vida puede verse de muchos colores y, en esta obra en concreto, en rojo y negro, como el clásico de Stendhal, además de mostrar las distintas connotaciones de ambos colores, sus variantes y a los distintos elementos a los que se pueden aplicar.   

FOTOS: DAVID RUANO      

viernes, 31 de julio de 2015

Con Aristófanes y a lo loco

                        CRÍTICA TEATRAL: LA ASAMBLEA DE LAS MUJERES

Los textos clásicos, como creo haber dicho alguna vez, tienen en su atemporalidad uno de sus grandes valores. El Festival de Mérida ofrece estos días una buena ración de comedia con la versión que Juan Echanove dirige de La asamblea de las mujeres y que estará en cartel hasta el 9 de agosto. La obra que estrenó Aristófanes hacia el año 392 a.C. demuestra en manos de Echanove y Bernardo Sánchez, autor de la versión, tener una modernidad absoluta sobre todo con lo que está cayendo actualmente, con unos diálogos que dan a diestro y siniestro, lanzando sutiles dardos a la situación política y económica.
Pastora Vega, Concha Delgado, María Galiana y Lolita. Jero Morales
El montaje se beneficia de una acertada música de Javier Ruibal y de una escenografía muy simbólica de Ana Garay acorde con lo expuesto anteriormente: Los actores pisan una moneda de grandes dimensiones realzando la idea de que el dinero mueve el mundo, al igual que el sexo, como se demuestra en otro tramo de la obra. Sin perder de vista a Aristófanes se ha apostado por el humor en todas sus vertientes: sutil, picante, desenfadado y con homenajes a frases célebres, dramaturgos griegos, y una de las obras maestras de Billy Wilder, la cual pueden intuir cuál es por el título de esta crítica.

Juan Echanove, quien se ganó todos mis respetos como director tras ver en Sevilla Conversaciones con mamá, sabe sacar partido del plantel de los nueve actores con los que ha contado para llevar buen puerto este montaje. En este sentido hay que decir que todos cumplen con creces su cometido y están muy bien vestidos por Garay y Rafael Garrigós.

Centrándonos en las interpretaciones, Lolita ha sido una grata sorpresa interpretando a la líder Praxágora. Su soltura en el escenario es absoluta y sus diálogos están dichos con fuerza y garra, demostrando que es una actriz como la copa de un pino, algo que ya  intuí desde que la vi junto a Lina Morgan en la célebre serie Hostal Royal Manzanares. La seguridad de su personaje y sus argumentos es una de las bazas de la obra, demostrando, desde el principio, que sabe lo que ha de hacerse y cómo llevarlo a cabo.
Lolita, magnífica Praxágora. Jero Morales  
Praxágora es la artífice de un ingenioso plan para que se imponga un gobierno femenino que desestabiliza a los hombres, en especial a su marido, Blépiro, interpretado magistralmente por Pedro Mari Sánchez, que demuestra su veteranía en los escenarios y, concretamente, en Mérida, donde ha actuado en varias ocasiones desde que en 1984 protagonizase Electra junto a Ana Marzoa, Encarna Paso y, cosas del destino, Juan Echanove. Su personaje sufre una transformación interior y exterior motivada por los acontecimientos que se van sucediendo, pasando de la incredulidad y la burla por las medidas impuestas por su mujer, a la estupefacción, lo cual le hace tomar una drástica y cómica decisión para el público. El protagonista de La Gaviota, El Público, La vida es sueño o Divinas palabras puso sobre el escenario su gran paleta de recursos interpretativos para contribuir al disfrute del público que abarrotaba el Teatro Romano emeritense y que le vio cantar, bailar, reír y pasárselo en grande en el escenario.

Por su parte, Sergio Pazos arrancó carcajadas a los espectadores con su interpretación de Cremes, uno de los personajes más representativos de la actualidad y que al que el actor gallego dio vida con gracia y desparpajo tanto en su escena con Pedro Mari Sánchez como con el ciudadano interpretado por Bart Santana, cuya situación no deja de poner el dedo en la llaga en la mencionada sátira política y económica que se hace en este montaje.
 Los geniales Pedro Mari Sánchez y Sergio Pazos. Jero Morales
También destacó el conjunto interpretativo que conformaron Pastora Vega, María Galiana y Concha Delgado, derrochando humor y sensualidad sobre todo en el segundo papel de las tres que hacen junto a un convincente Santiago Crespo, todo un descubrimiento por su calidad como actor y por la sorpresa de la identidad de su personaje y el golpe de inspiración que tiene en la escena con Vega, Delgado y Galiana, la cual sorprendió con unos diálogos desinhibidos.

Luis Fernando Alvés crea una cómica escena homenaje con Pedro Mari Sánchez que se redondea con un remate a ritmo de chirigota el cual realza el aire de fiesta que supone este montaje de La asamblea de las mujeres, que puso al público en pie porque cumplió con creces su cometido: Entretener y que el tiempo pasase volando.