jueves, 23 de noviembre de 2017

"Una razón para vivir": Actitudes y decisiones

Ante los golpes que da la vida, casi siempre sin avisar, la forma de afrontarlos define en muchas ocasiones a la persona que los recibe, sin olvidar en absoluto a los que la rodean y quieren. Andy Serkis, famoso por su habilidad para realizar la captura de movimientos para seres generados por ordenador, como el Gollum de la trilogía El señor de los anillos y El hobbit: Un viaje inesperado (Peter Jackson, 2001, 2002, 2003, 2012) o el simio César en las precuelas de El planeta de los simios, tiene esto muy presente en su debut como director de largometrajes, Una razón para vivir

Basada en hechos reales, Serkis aborda una historia dura y tierna a partes iguales al narrar la historia de Robin y Diana Cavendish. Antes de entrar en el argumento hay que mencionar que el guión, escrito por William Nicholson (con títulos en su carrera como Tierras de penumbra, Gladiator o Los Miserables) está avalado por el hijo del matrimonio protagonista (también productor del filme) como homenaje a ellos. La vida de ambos cambiará radicalmente cuando él sufre poliomielitis y se ve obligado a estar en una cama con respiración artificial para siempre (de ahí que el título original de la película, Respirar, tenga un mayor sentido). Desde ese momento la película se centra en el deseo de él de no dejarse vencer y el apoyo incondicional de su esposa, aunque con un duro tramo final.

La película también muestra cómo un invento auspiciado por él consigue mejorar las condiciones de vida de personas aquejadas de esa misma enfermedad y todo lo que logra y no es nada edulcorada a la hora de reflejar la vida de Robin, cuyo tramo final con una decisión dura y trascendental, recuerda inevitablemente a Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004) y no especifico más porque, al mencionar este título, ya se pueden imaginar por dónde va un servidor.

El filme supone un paso bien firme para la carrera de los dos actores que dan vida a los Cavendish. Andrew Garfield, que se reveló para un servidor con La red social (David Fincher, 2010) y que ha pasado con nota el paso por el blockbuster (las dos películas de The Amazing Spiderman), además de trabajar con cineastas de renombre como Robert Redford (Leones por corderos, 2007) o Martin Scorsese (Silencio, 2016) y que ya cuenta con una nominación al Oscar por la potente (y también dando a un personaje real) Hasta el último hombre (Mel Gibson, 2016), da lo mejor de sí en su encarnación de Robin, demostrando la seriedad con la que se ha tomado este papel, por su capacidad de expresar con su rostro y su voz todo tipo de emociones. Por su parte Claire Foy, muy popular por encarnar a la joven Isabel II en la serie The Crown, por la que ganó el Globo de Oro, se convierte en aún más protagonista de la historia por el amor incondicional de su personaje hacia el de su marido, complemntándose muy bien con Garfield pero arrebatándole el protagonismo. 

La película cuenta con un conjunto de secundarios de lujo populares para el gran público gracias a su intervención en famosas series: Hugh Bonneville y Ed Speleers (Downton Abbey) dando vida a amigos incondicionales de Robin y Diana o Diana Rigg y Dean-Charles Chapman (Juego de Tronos) interpretando a una benefactora y al hijo de los Cavendish respectivamente.

La circunstancia de que el ataque de poliomielitis ocurra mientras los protagonistas están en Kenia da para que varias escenas recuerden poderosamente (avioneta incluida) a Memorias de África (Sydney Pollack, 1985)  donde la fotografía del triple ganador del Oscar Robert Richardson juega un papel fundamental para dotar de belleza ese pasaje de la película que se columpia bastante a la hora de reflejar a los españoles (mezcla tópicos de una manera muy evidente).

A un servidor le ha costado escribir esta crítica por ciertos temas delicados que se tratan en la película que le afectan en gran medida, pero las interpretaciones de la pareja protagonista son de tal nivel que no podía dejarla pasar.      

martes, 21 de noviembre de 2017

Rubén Belloso: El joven pintor sevillano que triunfa con la técnica del pastel

Pintar de tal manera que el resultado parezca una fotografía parece magia. En Sevilla hay un "mago" que lo consigue, Rubén Belloso. Nacido en 1986, y licenciado en Bellas Artes, es uno de los maestros actuales indiscutibles de la técnica del pastel, la que, curiosamente, cuando se formaba, era la que más le costaba dominar. El empeño y la ilusión se han traducido en un éxito que se extiende más allá de nuestras fronteras, siendo aclamado y reconocido en varios países europeos. Su inquietud es tal que también ejerce de profesor para enseñar su arte a quien desee. El Rinconcillo de Reche habló con el joven maestro de la pintura, cuya obra puede disfrutarse hasta el domingo 26 de noviembre en la Casa de la Provincia con la exposición En un lugar de...la pintura, demostrando, con la humildad de los grandes, que también es profeta en su tierra. Pasen y lean. (Las fotos que verán han sido cedidas por el propio pintor).
Rubén Belloso rematando uno de sus impresionantes cuadros

Pregunta: Su reconocimiento internacional es de enormes dimensiones, por sus constantes exposiciones en Italia, Francia o Portugal, que fue de los primeros países donde fue reconocido...

Rubén Belloso: Así es, de hecho, la noche siguiente a la fiesta de final de carrera me tuve que ir a Portugal porque tenía allí una inauguración. Actualmente me he centrado más donde soy más requerido por la técnica del pastel: Francia e Italia. En Italia llevo ya bastantes años. Allí nos fuimos a vivir mi mujer y yo durante seis meses, dando cursos en nuestra propia habitación. En principio no me había planteado dar clases allí pero decidí probar y empecé a dar clases en italiano. Durante ese tiempo me hicieron ya algunos encargos y, a los cuatro meses y medio de estar allí contactó conmigo una galería de Roma para que expusiese de manera individual. Me mandaron dos cuadros desde Sevilla y el resto, hasta llegar a los doce que me pedían, los pinté en Italia. Desde ese momento contacté con gente de Francia y coleccionistas importantes me compraron obras y hubo un mayor interés por los cursos que impartía. De ahí pasé a alquilar espacios en hoteles y escuelas de arte y los cursos llegaron a ser de entre quince y veinte personas.

P.: Por lo que cuenta, además de desarrollarse como artista, usted quería mantener su labor como docente...

R.B.: Claro, el tema del pastel es algo controvertido porque ha sido una técnica pictórica infravalorada. Cuando algo no se conoce nos da miedo o decimos que no nos gusta y con la técnica del pastel pasa eso. Es difícil, porque no se tiene una paleta para mezclar los colores, sino que debes saber el color exacto y ponerlo en el lugar que le corresponde y si uno se equivoca comienzan los problemas. Lo que me ocurrió en la Facultad de Bellas Artes fue que hubo gente que me decía que con el pastel no iba a llegar a nada y que era una técnica menor. Una de mis mayores metas ha sido que el pastel se reconozca al nivel de las demás técnicas pero, como la ha trabajado poca gente verdaderamente, hay poco nivel.

P.: Es una técnica que tuvo su auge en una época pero parece que se quedó anclada... 

R.B.: Antes de la Revolución Francesa el pastel era una de las técnicas más nobles y valoradas, de hecho en las cortes europeas llego a haber más cuadros pintados al pastel que al óleo. Cuando la Revolución Francesa comenzó se intentó eliminar todo aquello que se relacionase con la riqueza y la nobleza y se intentó eliminar el pastel, relegándose poco a poco a un segundo plano y hasta hace pocos años se usaba muy poco y no se conocía mucho. Alumnos de mis cursos se han asombrado de lo que se puede llegar a hacer con esta técnica porque mucha gente se queda en la superficie. Sigo en mi empeño en que el pastel sea reconocido con los cursos o las asociaciones existentes en Europa. La de Francia data de 1885 y tienen una enorme tradición. La española se creó hace diez o doce años y la de Italia hace un par de años. En Francia se valora muchísimo y que me llame esa asociación que he mencionado creada en 1885 para ser Invitado de Honor es algo muy importante para mí porque es una señal de que las cosas las estoy haciendo bien.
La temática religiosa también está entre las especialidades de Belloso

P.: Una de las características que destacan en sus obras es su hiperrealismo, que hace que un cuadro se confunda con una fotografía ¿qué es lo que le hace llevar el realismo a ese extremo? 

R.B.: Siempre pensé desde que estudiaba en la Facultad que, para saber deformar o simplificar, había primero que saber formar. Hasta hace poco lo que he intentado ha sido llegar técnicamente al mayor nivel con el pastel, para luego simplificar con una cierta lógica, como le ocurrió a muchos grandes artistas. Actualmente, sin saber formar ni medir, hay gente que se autodefine como artista abstracto y eso no tiene lógica. Hay que evolucionar cuando uno se sienta preparado y tenga inquietudes. Yo tengo que sentir que no puedo dar más de mí en lo referente a la figuración o al estudio de la luz o del volumen. Cuando ya no pueda avanzar más ahí intentaré poco a poco evolucionar hacia otro lado. El hiperrealismo surge como burla a la abstracción y cogían objetos inanimados como botes de ketchup, neumáticos de coches.

Los primeros hiperrealistas americanos de los años sesenta no querían transmitir una emoción sino que podían mostrar lo mismo que una fotografía, por eso no nos gusta que nos definan con ese término, ya que no usan a la figura humana y no transmiten emoción de ningún tipo. Además los errores o defectos de la fotografía de esa época se trasladaba a la pintura. Yo pretendo superar a las fotografías en algunos aspectos y proporcionar emoción a lo que pinto. La fotografía nos ayuda pero no hay que quedarse ahí porque tiene defectos y puede mejorarse. Cuanto más se pinta más se observan los defectos del pasado.
Arte en estado puro

P.: Una vez le escuché decir en una entrevista que la gente no se paraba a mirar a las personas, sobre todo a los mendigos...

R.B.: Esa afirmación corresponde con una serie de cuadros que hice cuando estaba estudiando Bellas Artes. En el centro de Sevilla hay muchas personas que viven en los soportales y a mí se me encoge el corazón. Yo, en vez de evitarlas me interesé por sus historias y conocía gente que tenían estudios universitarios pero todo no es tan bonito, porque hay personas que no superan situaciones difíciles si no son fuertes psicológicamente. Decidí entonces hacer visibles a personas que para muchas otras son invisibles y los retraté en cuadros de grandes dimensiones y que dio origen a la exposición "Personas de la calle".

P.: ¿Cuándo comienza a interesarse por la técnica del pastel?

R.B.: Al empezar el Bachillerato Artístico había una asignatura llamada Conocimientos Pictóricos y te enseñaban cada técnica durante una o dos semanas: pastel, acuarela, acrílico...Todas se me dieron bien menos el pastel porque era muy diferente a las demás técnicas. Al ver que en todas las demás tenía muy altas calificaciones menos en el pastel, me empeñé en subir la nota e hice en mi casa un retrato de Gollum. Ahí me di cuenta que había encontrado lo que yo quería. Ahí comenzó todo. La base de todo es que te guste muchísimo y dedicarle muchas horas practicando y equivocándote. Tienes que tener constancia y pasión por lo que haces.
Otra muestra de la perfección de Belloso desarrollando su arte

P.: Con lo que estamos hablando, se puede decir que usted ha hecho lo que le salía de dentro y no se ha dejado influir por tendencias ni por lo que le decía la gente...

R.B.: Es que soy muy cabezón y quería intentar hacer lo que me gusta y a mi manera. Cuando me encargan cosas que se salen de mi línea, lo puedo hacer pero reconozco que no soy yo al cien por cien, como cuando haces algo que te gusta al doscientos por cien y que la has pensado durante seis meses. Yo uso a mi mujer cada vez que puedo. Ahora he llegado a un acuerdo en Italia con una casa de vestidos de películas de Hollywood de Roma y me cedían vestimentas de época maravillosas para pintarlas. Para mí fue un sueño. Tenían ciento ochenta mil vestidos y me dejaban que eligiera el que quisiese. He estado delante los vestidos de Elizabeth, Ben-Hur, con las armaduras y todo. Es una oportunidad de trabajar el realismo pero con ropa de época. Es algo que siempre me ha atraído mucho. Tengo programada una exposición para Saint Quintin.

P.: ¿Qué pintores son sus favoritos?

R.B.: Siempre me han gustado muchos de los grandes pintores de la Historia: Rembrandt, Botticelli, Leonardo, Degas. Me gustan muchos clásicos. Gracias a Internet se puede contemplar lo que se hace en el mundo del Arte, lo cual te puede servir de inspiración. Una gran parte de los retratos que me encargan son a través de Internet. Yo prefiero ir al lugar y hacer la foto, o muchas, de lo que quieren que pinte, aunque tenga que desplazarme a Francia. Si no es posible el desplazamiento, concreto que un fotógrafo de la zona haga una serie de buenas y me las mande. Yo con una foto mala no pinto un cuadro porque quiero que el resultado tenga calidad. No me compensa hacer mucho pero que a la gente no le diga nada lo que he pintado.

P.: Tengo entendido que usted tiene una colección de colores que es algo especial...

R.B.: Hace tres de años contactó conmigo una de las mejores casa de pastel del mundo, Sennelier, en Francia, que además trabaja todo tipo de materiales para Bellas Artes y me propusieron hacer una caja con mi nombre. Es algo que me llena de orgullo. Antes me contactó otra marca que es el Ferrari de las barras pastel. No es accesible a todos los bolsillos pero su calidad es indiscutible. Las hacen todas a mano y cada barra pueden costar entre 22 y 24 euros. Me hicieron seleccionar colores para retrato y escogí los 72 mejores y crearon una caja con mi nombre.
Su mujer, la mejor musa que Belloso podría tener

lunes, 20 de noviembre de 2017

"Hacia la luz": Mejor...por separado

Contar una historia se puede hacer de varias maneras y muchas veces encajar las piezas puede no dar el resultado esperado. En el caso que nos ocupa ocurre, en opinión de un servidor, de una manera evidente y con una agridulce sensación. La directora y guionista Naomi Kawase, una de las voces más potentes del cine japonés actual con títulos como El bosque del luto (2007) o Aguas tranquilas (2014) y que regaló a los espectadores una delicia, Una pastelería en Tokio (2015), no ha sabido en su nuevo filme, Hacia la luz, conectar dos historias con mucho potencial y emocionantes en algunos momentos. Su calidad como guionista, como creadora de historias, no se cuestiona, pero en esta ocasión se equivoca al unir dos que, como titulo en la crítica por separado y más desarrolladas hubiesen dado como resultado dos películas magníficas.

La trama principal es la de la relación que se establece entre una guionista de películas para invidentes y un fotógrafo con visibilidad mínima que asiste a las proyecciones previas de los audiocomentarios creados por ella. Kawase se sirve de dos actores sólidos como Masatoshi Nagase, ya presente en el citado anterior filme de la directora, y Ayame Misaki para interpretar a la pareja consiguiendo momentos de gran emoción gracias a frases logradas como "Es mi corazón" refiriéndose él a su cámara, e imágenes visualmente hermosas donde la fotografía juega un papel fundamental aparte de hacer una reflexión metacinematográfica y metafórica con el filme que se proyectará.

Kawase también crítica la insolidaridad de la sociedad de su país relacionada con un accidente que él sufre y hace hincapié en la importancia de los sentidos cuando se carece de otro, en este caso la visión, dando lugar a logrados momentos donde se valora el tacto o el oído. El personaje de Misaki también destaca por su limpia y expresiva mirada, su sensibilidad ante las críticas por los defectos que le hacen ver en su trabajo y su capacidad para ponerse en los zapatos del fotógrafo. Por otro lado, la historia familiar de ella, con un padre fallecido y una madre que no recuerda prácticamente nada viviendo en el pasado es igual de conmovedora. Incluso llegó a emocionar a un servidor en la parte final de esa historia donde cobran un gran protagonismo los recuerdos de una infancia añorada.

De igual modo se transmite muy eficazmente el desasosiego de la vida diaria de alguien que prácticamente ya no ve, pero que se aferra a esas imágenes borrosas como el último hilo que le une al mundo que conoció cuando veía, algo que Nagase transmite a la perfección.

En resumen, el guión, falla por las razones antes expuestas, y este filme es otro ejemplo evidente de lo que pudo ser y no fue teniendo un material tan rico y potente, todo ello sin restar méritos a Naomi Kawase detrás de las cámaras y sus elogiados, con razón, trabajos anteriores.

domingo, 19 de noviembre de 2017

"The Square": Dardos críticos a diestro y siniestro

Son dignas de admiración las personas que son capaces de ver claramente las miserias propias y ajenas y mostrarlas sin trampa ni cartón. El director y guionista sueco Ruben Östlund es una de ellas. Precisamente por ser hombre llama la atención lo poco condescendiente que es con el género masculino en sus películas. Esto ya lo demostró en Fuerza mayor (2014), ganadora, entre otros premios, del Giraldillo de Oro en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, donde una avalancha ponía en tela de juicio el papel del hombre como protector de la familia.

Ahora en su nuevo filme, The Square (que pudo verse este año en el citado Fesival de Cine hispalense), esta capacidad crítica se extiende no sólo al hombre como ser individual sino, además, como perteneciente a una sociedad con una serie de valores que habría que revisar. Como elemento central se encuentra una exposición en un importante museo sueco que gira alrededor de un cuadrado, la traducción literal al castellano del título, y el personaje principal es el director artístico del museo, magníficamente interpretado por el actor danés Claes Bang, quien con su porte y elegancia resalta aún más la moralidad y algunos comportamientos que dejan bastante que desear centrándose la acción en un acontecimiento personal que le hará no estar muy pendiente de un aspecto laboral que traerá mucha cola.

La mencionada exposición es sólo un punto para ir hacia otros temas como los límites del arte y de la libertad de expresión, la existencia, aunque algunos digan que ya no existen, de las clases sociales (y el comportamiento de los que están arriba con los que están más abajo), la falta de solidaridad y de escrúpulos y el poder de las redes sociales. The Square, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes y la elección de Suecia para los Oscar, trata todo lo mencionado, creyendo en un principio que el guión se desvía pero, al contrario, expone lo mencionado para hacer crítica y autocrítica de manera inmisericorde donde caben el humor y el absurdo. De hecho, un servidor, a título personal, considera que Luis Buñuel ha tenido que ser una gran influencia para Östlund porque si el final de Fuerza mayor recordaba a una de los momentos más recordados de El discreto encanto de la burguesía (1972), The Square tiene momentos que evocan a, por ejemplo, Los olvidados (1950) y El ángel exterminador (1962) incidiendo en la sátira y en la denuncia.

En el reparto, además del esplendoroso Claes Bang, destaca la intervención de Elisabeth Moss, de gran popularidad gracias a las series Mad Men y The Handmaid's Tale a la que un servidor descubrió como una de las internas de Inocencia interrumpida (James Mangold, 1999). La relación que su personaje establece con el de Bang es uno de los puntos álgidos de la mencionada crítica al género masculino ya que decide hacerlo mostrando una relación sexual, el rol que ella toma y el encuentro posterior.

Por otro lado Dominic West, famoso también gracias a la televisión sobre todo por The Wire, protagoniza dos momentos incómodos del filme, siendo uno de ellos una performance por parte de Terry Notary (un maestro en la captura de movimientos para películas recientes con simios como protagonistas) que muestra a las claras el mencionado límite que muchas veces se traspasa en ciertas manifestaciones artísticas. Si ven la escena completa creo que lo entenderán mejor, aunque también hay que admitir que es una situación llevada al extremo.

La película tampoco elude el intento de redención de las personas cuando ven que han cometido una mala acción. No es que salve, en este caso, al personaje de Bang, pero al menos se le ve que no es un ser falto de escrúpulos, lo que ocurre es que, a veces, esa buena acción, puede no llegar a tiempo....  

jueves, 16 de noviembre de 2017

"La Librería": La humildad frente al poder

Desde el inicio de su carrera Isabel Coixet se ha caracterizado por su manera íntima y personal de contar historias, yendo muchas veces a contracorriente: Rueda una película en Estados Unidos con el mejor sabor del cine independiente, Cosas que nunca te dije (1996), luego un filme romántico como hacía tiempo que no se hacía, A los que aman (1998) o enmarca una historia muy especial en un espacio peculiar y reducido en La vida secreta de las palabras (2005). Estos títulos y otros más marcan además su vocación internacional, aunque siempre con modestia y un poco de ambición.

En La Librería, su nueva película, se rodea de un reparto muy sólido para contar una historia llena de sentimientos, buenos y malos, y muchos libros, basándose en la novela de la autora británica Penelope Fitzgerald. El personaje principal, lo encarna Emily Mortimer, que maravilló a un servidor desde que la vio interpretar a la bondadosa esposa de Jonathan Rhys Meyers en Match Point (Woody Allen, 2005), aunque ya tenía una gran carera detrás. Su personaje es la bondad personificada y su deseo de ganarse la vida regentando una modesta librería choca con los deseos del personaje que interpreta Patricia Clarkson, quien vuelve a trabajar con Coixet tras títulos como Elegy (2008) o Aprendiendo a conducir (2014), además de volver a coincidir con Mortimer después de Shutter Island (Martin Scorsese, 2010). Su elegancia y educación de cara al exterior contrastan con sus frías y malévolas intenciones. Pero quien, bajo un prisma personal, roba todo el protagonismo es Bill Nighy, visto hace pocos meses en Su mejor historia (Lone Scherfig, 2016). En La Librería está quizás en dos de las mejores escenas de toda la película, la merienda con Mortimer y su enfrentamiento con Clarkson donde da toda una lección interpretativa.

Coixet pone el ojo también en la importancia de los libros en la vida y cómo pueden dejar huella al igual que las personas. Ojo al protagonismo de Ray Bradbury y Nabokov en el conjunto. La Librería es una declaración de amor a la literatura como lugar donde perderse y fomentar la imaginación (y a las cartas como medio para comunicarse) pero también es una crítica a la intolerancia por parte de personas poderosas a las que los libros les importan poco con traiciones inesperadas, de ahí que el final sea algo triste aunque se compense con una escena final llena de esperanza y de la citada huella que se ha quedado en uno de los personajes.

Los aspectos técnicos son muy destacados para lograr una perfecta ambientación de la inglaterra de finales de los años 50 del siglo XX. La fotografía de Jean-Claude Larrieu, asiduo colaborador de Coixet desde Mi vida sin mí (2003) y nominado al Goya por Nadie quiere la noche (2015), es sencillamente perfecta, creando bellas imágenes y la delicada música de Alfonso de Vilallonga complementa perfectamente la intimidad de la historia, mientras que el vestuario de Mercé Paloma remata la recreación de la época.

La Librería enseña una cosa muy actual: Los buenos sentimientos no tienen nada que hacer frente a personas con poder empeñadas en lograr sus propósitos, ante lo que no se detienen ante nada, lo cual es una pena, porque apisonan a gente de buen corazón que lo último que desean hacer es crear problemas.