martes, 26 de septiembre de 2017

"La Reina Victoria y Abdul": Judi Dench roza la excelencia

Hay actrices de las denominadas todoterreno, que hacen grande hasta el personaje más pequeño. Judi Dench es una de ellas y lo demuestra en su último filme estrenado. Tras la grata experiencia de Philomena (2013), el director Stephen Frears (el director de Las amistades peligrosas forever and ever, con permiso de La Reina o Mi hermosa lavandería) vuelve a contar con Dench para protagonizar lo que ella misma ha denominado continuación de Su Majestad Mrs Brown (John Madden, 1997) filme que le hizo merecedora de una nominación al Oscar a la Mejor Actriz, y  donde encarnó a la reina Victoria de Inglaterra, también emperatriz de la India. En el filme que nos ocupa se mete de nuevo en tan importante personaje histórico pero ya en sus últimos años de vida y en la relación especial con un hindú al que llega a convertir en parte esencial de su vida, otorgándole privilegios para disgusto de la Corte y familiares.

En La Reina Victoria y Abdul, centrándonos en términos interpretativos recalco lo que afirmo en el título de esta crítica. Dench está maravillosa en todas y cada una de las escenas del filme de Frears eclipsando a todos los que la rodean haciendo que sólo veteranos como Michael Gambon estén a su altura y que la interpretación de Ali Fazal se vea mermada ante la grandiosidad interpretativa de Dench: cómo habla, con sarcasmo, autoridad, ironía.... cómo mira y cómo se mueve. Es la elección perfecta y me atrevo a decir que sin ella esta película hubiese hecho aguas.

Ver La Reina Victoria y Abdul significa ver una interpretación sin fisuras pero claro, estamos hablando de una actriz con una cantidad de registros inagotable. Ganar el Oscar por siete u ocho minutos en los que aparece en Shakespeare in love (John Madden, 1998) no lo consigue cualquiera y que ha brillado en todo tipo de personajes, desde la novelista de Una habitación con vistas (James Ivory, 1985) hasta la impecable M que encarna en los filmes de James Bond desde Goldeneye (Martin Campbell, 1995) pasando por sus interpretaciones en Chocolat (Lasse Hallstrom, 2000) o Jane Eyre (Cary Fukunaga, 2011) sin olvidar el personaje que a un servidor deslumbró: la mujer que se obsesiona por Cate Blanchett en Diario de un escándalo (Richard Eyre, 2006) un tour de force maravilloso y un cambio de registro para ella.

Pero claro, hablamos de una mujer que tiene también una carrera teatral impecable, dando vida personajes de la talla de Lady Macbeth y otros grandes personajes de Shakespeare como Julieta, Ofelia, o la Titania de El sueño de una noche de verano pasando por obras como La Gaviota y El jardín de los cerezos, ambas obras maestras de Chéjov o Madre Coraje y sus hijos de Brecht.

Volviendo al cine Dench ha sabido sacar jugo de personajes como el de El hogar de Mrs Peregrine para niños peculiares (Tim Burton, 2016) pero ella es sin duda uno de los reclamos de la nueva versión de Asesinato en el Orient Express que dirige y protagoniza Kenneth Branagh y donde ella asume el personaje que hizo esplendorosamente Wendy Hiller en la versión de Sidney Lumet de 1974.

Me he centrado en la figura de Dench porque es el pilar que sustenta La Reina Victoria y Abdul un filme de bien recreado por Frears, desde el exquisito vestuario hasta la rectitud de la Corte Británica. El guión está lleno de momentos donde Dench brilla (el momento mango es impagable) y carga las tintas en el choque cultural y la fascinación de una reina por un territorio que es suyo pero que desconoce. El filme tiene dosis de humor y drama medidos para que haya un equilibrio narrativo para contar las vivencias de una mujer en el invierno de su vida y que recupera las ganas de vivir gracias a Abdul.

Como aportación mía creo detectar un doble guiño a Una habitación con vistas en la presencia Simon Callow y en el pasaje que transcurre en Florencia. Pero esto sólo es una idea mía. Lo que sí reafirmo es que la interpretación de Judi Dench merece al menos una nominación al Oscar por su impecable interpretación.  

Una curiosa exposición con una guía excepcional

Siempre es un buen momento para visitar el Museo de Bellas Artes de Sevilla, con joyas de Murillo, entre otros muchos grandes pintores. La pinacoteca sevillana ofrece, además, exposiciones temporales de gran valor. Una de ellas es la que he tenido la oportunidad de visitar hoy. Bajo el título Sevilla en la estampa, hasta el domingo 1 de octubre el visitante puede admirar el arte del grabado gracias a la donación que de cien de ellos ha hecho Francisco Luque Cabrera

Yo, y varios ciudadanos más (como el prestigioso fotógrafo Antonio del Junco y su madre), hemos tenido el privilegio de ser guiados en esta exposición por la experta en Arte e Historia Bárbara Rosillo quien primeramente nos ha hecho una curiosa introducción a la técnica del grabado diferenciando las distintas técnicas que existen para realizarlo: desde la xilografía, sobre madera, hasta la litografía, sobre piedra. El recorrido incluye estampas de Sevilla desde el siglo XVI por parte de maestros en esta técnica provenientes de países como Francia o Inglaterra y que han realizado una serie de escenas, que nos dan una buena idea sobre los usos y costumbres populares en la vida de la ciudad a lo largo de varios siglos, sitios que o ya no existen o están bastante modificados.  Ya sean pintados o no, estos grabados conforman una exposición es para no perdérsela.
Con la maravillosa guía Bárbara Rosillo, un lujo. Antonio del Junco

No os doy más detalles porque , como digo, hay que ir a ver esta exposición y repito: está hasta este domingo así que no os lo penséis. Próximanente os haré recomendaciones cinéfilas y culturales para aprovechar el tiempo de ocio en la capital hispalense. Hasta dentro de muy poco   

domingo, 17 de septiembre de 2017

"Jacques": El hombre de los océanos

Con un año de retraso ha llegado a las cartelera española Jacques, un filme que cuenta las luces y las sombras de treinta años (desde mediados de los años 40 hasta los 70) de la vida de Jacques-Yves Cousteau (1910-1997). Es un biopic que muestra todas las caras de un hombre que lo dio todo por descubrir y luego proteger los océanos y el medio ambiente. La cinta de Jérôme Salle (guionista y director de, por ejemplo, El secreto de Anthony Zimmer) combina un buen guión con una belleza visual y sonora muy destacables. Quizá para dar un tono más épico a la vida de Cousteau la película se titula originalmente L'odyssée. Que el famoso barco de Cousteau se llame Calipso, como la ninfa del inmortal relato homérico creo que también tuvo mucho que ver.

La película nos muestra los inicios de Cousteau, sus logros internacionales y sus problemas familiares, ya que no se evita el mencionar las constantes infidelidades a su primera mujer y sus choques con sus hijos. En ese sentido la película (cuyo guión está basado en un libro coescrito por Jean-Michel Cousteau, uno de los dos hijos de nuestro hombre) no es ni complaciente ni santificadora, aunque se ensalcen sus logros en el terreno profesional. La narración tiene un rimo con algún pequeño altibajo pero se ve con agrado en general y Salle utiliza recursos varios para lograr transmitir ciertas ideas: el sacrificio económico de la mujer de Cousteau para que éste cumpla su sueño de reconstruir Calipso está resuelto con insertos a un objeto concreto que se vacía a medida que se ve el progreso en los trabajos en el barco, la radio y los recortes de periódicos sirven para que el tiempo pase de una manera amena y el espectador se entere por ejemplo de la obtención en el Festival de Cannes de la Palma de Oro por el documental El mundo del silencio (codirigido por Louis Malle) en 1956, trabajo por el que consiguió el primero de sus tres Oscar, siendo el tercero por El mundo sin sol (1964) que también se menciona en Jacques.
Lambert Wilson en la piel de Jacques Cousteau
Los aspectos técnicos de la películas están muy cuidados, siendo las escenas subacuáticas de gran belleza con una iluminación portentosa. Por ello y por el filme en su conjunto no se puede dejar de mencionar la hermosa fotografía de Matias Boucard así como la espléndida partitura de ese genio que es Alexandre Desplat. La banda sonora se completa con dos temas muy conocidos usados sabiamente en dos momentos concretos: La canción California Dreamin' de The Mamas and the Papas sirve para retratar la evolución de la vida de Cousteau en la segunda mitad de los años 60 y la bella Sinfonía Nº 3 de Brahms sirve para acompañar un dramático momento.

Los actores son otros de los valores del filme. Lambert Wilson y Audrey Tatou interpretan al matrimonio protagonista. Tatou está espléndida mostrando todas las fases del personaje, desde el apoyo incondicional a su marido para que cumpla su sueño hasta la desilusión por las infidelidades, pero, a su vez, su determinación de no abandonarlo, de hecho sólo los separó la muerte de ella en 1990. Wilson se muestra muy sólido  y es muy curioso el proceso de envejecimiento (el maquillaje en los dos personajes está perfecto) hasta que llega a la imagen que mucha gente conoce de Cousteau con su característico gorro rojo. Es un personaje nada fácil y Wilson, con mucha experiencia (no en vano debutó en 1977 con Julia de Fred Zinnemann) solventa complejas escenas con facilidad como esa dura conversación en una cafetería con su hijo Philippe. Y aquí me detengo para hablar del actor que interpreta a este personaje: Pierre Niney posee una de las miradas más magnéticas que he visto en los últimos años y en su trayectoria destacan trabajos con Robert Guédiguian (Las nieves del Kilimanjaro, 2011) o François Ozon (Frantz, 2016). También destacan en su filmografía su encarnación del modisto Yves Saint Lurent en el filme homónimo dirigido por Jalil Lespert en 2014, por el que recibió el César al Mejor Actor (no confundir con Saint Lautent de Bertrand Bonello del mismo año) o El hombre perfecto (Yann Gozlan, 2015). Su personaje en Jacques está lleno de contradicciones de sentimientos que van de la decepción a la rebeldía e incluso la osadía a nivel profesional y personal.
Pierre Niney en un momento de la película de Salle
La película logra su punto álgido con la llegada de Cousteau a la zona antártica y es fascinante cómo se despierta en él su conciencia ecologista, un carácter que tiene el filme en su conjunto y que le hizo ser merecedor, en el marco del Festival de San Sebastián del año pasado, del Premio Greenpeace-Lurra.    

viernes, 15 de septiembre de 2017

"Detroit" Una denuncia al racismo y al abuso de poder

Si hay algo que no se le puede decir a la directora Kathryn Bigelow es que le tiemble el pulso. Se mueve como pez en el agua en películas "masculinas" como Le llaman Bodhi (1991) o K:19: The widowmaker, película que ejemplifica otra de sus constantes: poner hechos verídicos sobre la mesa y darlos a conocer al gran público. Por ello varios de sus filmes reflejan acontecimientos del siglo XX y XXI que prácticamente nadie había tratado o si alguien lo ha hecho, no de la manera que Bigelow lo hace, de ahí la fuerza de películas como En tierra hostil (2008) o La hora más oscura (2012). Si en el primer título se centraba en la Guerra de Irak y en el segundo en la captura de Bin Laden, en Detroit echa la vista atrás para rememorar un hecho grave en la historia reciente de Estados Unidos que podía haber sido la base de una gran temporada de la franquicia televisiva American Crime Story.

Detroit narra unos hechos de los que se cumplieron este mes de julio cincuenta años: la muerte de tres hombres afroamericanos que se refugiaron en un motel de los disturbios que acaecían en esos momentos en las calles de la ciudad que titula esta película. Estas muertes tuvieron mucho impacto en la sociedad de la época por ser policías los inculpados y el racismo que emanaban tanto esa cruel acción como la decisión jurídica, que declaró inocentes de los hechos a los inculpados habiendo muchos testigos de los hechos, porque esa fatídica noche de verano de 1967 hubo más retenidos que pudieron correr la misma suerte.

Una de las duras imágenes del último filme de Kathryn Bigelow
Bigelow, bajo mi punto de vista, marea los primeros quince o veinte minutos cuando coloca al espectador en medio de los disturbios que precedieron a la noche fatal, pero cuando centra la acción en el motel toma las riendas con una fuerza apabullante haciendo que la tensión se corta con un cuchillo y la recreación de aquellos convulsos años 60 está muy lograda. 

Los hechos acaecidos en el motel son el corazón de Detroit pero siempre teniendo en cuenta los disturbios exteriores, ya que condicionan los acontecimientos antes, durante y después. Bigelow controla todos los elementos para recrear el ambiente que desea y eso también se muestra en la dirección de actores con un portentoso John Boyega (Finn en los nuevos episodios de Star Wars) que demuestra su faceta dramática en todo su esplendor, así como Will Poulter imprime al policía una fuerza que, aparentemente, roza la locura, por el maltrato al que somete a los rehenes todos afroamericanos excepto dos mujeres, una de ellas interpretada por Hannah Murray (Gilly en Juego de Tronos).

La película también denuncia los agujeros del sistema judicial americano y visto lo visto condicionado penosamente por el racismo que imperaba con fuerza en esa época donde la música de grupos afroamericanos gozaba de gran popularidad, de hecho dos de los rehenes del motel pertenecían a un grupo musical, y el cine de la época pretendía con buena fe normalizar las diferencias entre los ciudadanos por el color de la piel, no en vano Sidney Poitier estrenó precisamente tres películas que abordaban tal propósito en contextos muy distintos: la enseñanza en Rebelión en las aulas, dirigida por James Clavell, la policía en En el calor de la noche de Norman Jewison (Oscar a la Mejor Película de aquel año) y los noviazgos en Adivina quién viene esta noche, de Stanley Kramer.

Pero el racismo y el abuso de poder siguen por desgracia muy en alza actualmente aunque la sociedad se muestre tolerante aparentemente, por eso es importante que se hagan películas como Detroit para que se intente tomar conciencia que ni la violencia ni los prejuicios conducen a nada bueno.      

"It": Los miedos que nos rodean

Desde que Stephen King publicase su primera novela, Carrie, en 1974, el cine no tardó en ver un filón para contar nuevas historias. Prueba de ello fue que sólo dos años más tarde Brian de Palma dirigió su adaptación a la gran pantalla, con escenas memorables para los amantes del terror y lo sobrenatural con unas magníficas Sissy Spacek y Piper Laurie. Otro de los best sellers de King fue El Resplandor (1977) y en 1980 Stanley Kubrick hizo otra joya con un inolvidable Jack Nicholson enloqueciendo en un hotel y, para cerrar la enumeración, Misery fue un bombazo en 1987 y en 1991 Kathy Bates ganó el Oscar por su interpretación en la también ejemplar adaptación que dirigió Rob Reiner. El universo del escritor nortemearicano no ha dejado de ampliarse con adaptaciones incluso de relatos cortos como Los chicos del maíz o Cadena Perpetua, por citar sólo algunas porque prácticamente todo lo escrito por King se ha adaptado, en cine o en televisión.

Centrándonos en la película que nos ocupa, It fue otro gran éxito publicado en 1986 y llevado a la gran pantalla en una miniserie estrenada en 1990, la cual digo ya de entrada que no he visto. Pero por fin he visto la película que ha dirigido Andy Muschietti, el responsable de la también terrorífica Mamá (2013). Muschietti ha logrado una muy buena película mostrando en pantalla pasajes escalofriantes que ya ponían los pelos de punta en las páginas de la novela y, muy sabiamente, ha centrado la acción de la historia, que King divide en dos épocas que van alternándose en las 1500 páginas del libro, en una sola: la infancia de los protagonistas y su primer enfrentamiento con el ente asesino que se transmuta en el payaso Pennywise.
Bill Skarsgard como Pennywise
Muschietti ha sabido trasladar la atmósfera de la novela incidiendo en un tema también muy importante para King: los miedos cotidianos. It cuenta una historia de amistad de un grupo de preadolescentes que se enfrentan a una amenaza mortal que se alimenta de sus propios miedos a la vez que superan otros más mundanos, como los que provocan el acoso escolar (verbal y con agresiones físicas) o los abusos. Uno de los aciertos de la película ha sido que la época que retrata son los años ochenta en vez de los años cincuenta como pasa en el libro, para que la segunda película, con los protagonistas ya adultos, transcurra en la actualidad. Esta decisión hace que se muestren elementos reconocibles y que sabiamente se ha usado una equivalencia de algo que había en los cincuenta: si una de las escenas terroríficas clave de la historia tiene que ver, en el libro, con un álbum de fotografías, aquí se opta por un reproductor de diapositivas, causando un efecto brutal.

Escenas como la del barco de Georgie o la del lavabo de Beverly (con un claro guiño a Carrie) están trasladadas en este filme con una fidelidad a como se relatan en la novela que no obvia los aspectos de estas dos escenas. También hay que decir que se ha optado por suprimir o suavizar otras escenas pero extendería mucho esta crítica.

Lo que, en mi opinión, ha sido un verdadero acierto, ha sido la interpretación y la caracterización de Bill Skarsgard como Pennywise con un tono de voz entre tétrico y burlón que hace que cada vez que aparece te muevas inquieto en la butaca. Skarsgard va camino de eclipsar a sus hermanos Alexander (popular por las series True Blood y Big Little Lies) y Gustaf (Floki en la serie Vikingos) ya que su padre Stellan tiene tantas tablas que juega en otra liga. Al magnífico trabajo vocal y corporal de Skarsgard hay que sumarle su sobresaliente caracterización (más fiel al libro de King que la citada miniserie donde Tim Curry parecía exteriormente el payaso de Micolor). Sin aventurarme mucho he de decir que el trabajo de caracterización, palpable también en la transformación del español Javier Botet en el Leproso, debería ser recompensado con el Oscar, en mi humilde opinión.

Los niños actores muestran de manera nada forzada sus distintas personalidades, como Jaeden Lieberther la tartamudez y el sentimiento de culpa de Bill o Jack Dylan Grazer los ataques de asma de Eddie pero son Jeremy Ray Taylor (Ben) y Sophia Lillis (Beverly) quienes sobresalen con sus acciones y sentimientos.

A todo lo dicho hay que recalcar cómo están materializados los miedos de cada uno de los miembros del grupo y todo se reúne en el clímax final. Con esta película Muschietti deja la puerta abierta de par en par y, sobre todo, las ganas de los espectadores de ver la conclusión de la historia. Seguro que valdrá la pena la espera.