jueves, 15 de noviembre de 2018

15 Festival de Cine de Sevilla: Expectativas no cumplidas en la Sección oficial del séptimo día

Reiterando en la idea expresada en el título de una crónica, tener unas expectativas altas sobre una película puede acarrear una decepción si lo que se ve no es lo que se espera. Esto ha ocurrido con Atardecer, a priori uno de los platos fuertes de esta edición del Festival de Cine de Sevilla

Avalada por el prestigio actual de su director, el húngaro László Nemes, el cual, con su anterior película y ópera prima además, El hijo de Saúl (2015), ganó el Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa, Atardecer ha sido, hablando claro una decepción.

Nemes utiliza la misma técnica que en su anterior y premiado filme de seguir durante todo el metraje a un personaje fijando su atención en su rostro y, muchas veces cuando camina, con la cámara siguiéndolo desde detrás y otros ángulos. Pero claro, el corazón de una película es la historia que se cuenta, aunque a veces una buena historia mal contada también puede dar resultados negativos. En el caso que nos ocupa el problema es el primero citado. Si nos atenemos a la estructura clásica de planteamiento, nudo y desenlace, en opinión de un servidor, en los dos últimos el guión falla estrepitosamente y en el primero de los tres a medias, porque el inicio puede resultar algo interesante aunque tampoco es para tirar cohetes.

La premisa de una joven que perdió a sus padres a muy temprana edad y regresa a Budapest poco tiempo antes del inicio de la Primera Guerra Mundial para conocer sus orígenes, se diluye con la búsqueda de un hermano. Es tal la persistencia por hallarlo que la actitud de la protagonista llega a extenuar: desoye consejos sobre dejar el asunto por su bien, se mete donde no debe a pesar de las insistencias etc...

Un desarrollo en definitiva que, pasada la primera hora de la película, un servidor, aparte de perderse, hubo un momento en el su interés por lo que ocurría desapareció casi por completo y ya el tramo final es el colmo, creyendo que mejoraría la situación, pero no fue así en absoluto. Capítulo aparte merecería la interpretación de la protagonista omnipresente, interpretada por Juli Jakab, quien también intervino en El hijo de Saúl. A un servidor le parece increíble que pueda mantener durante casi dos horas y media el mismo rostro impenetrable e inexpresivo, con lo cual tampoco ayuda mucho.

A la película no se le puede reprochar nada a nivel técnico, con una recreación de la época, fotografía y vestuario logrados. Pero crear una historia donde el mínimo interés inicial se diluye muy rápido con datos que se plantean sin una explicación lógica sobre muchos aspectos de los personajes y de las situaciones que se van sucediendo hace que una película como Atardecer sea, siempre desde el punto de vista personal de un servidor, una desilusión. Repetir una fórmula narrativa no es malo siempre y cuando el contexto de la historia y la historia en sí no hagan aguas por varias partes. Cosa que aquí ocurre constantemente.

Atardecer remató un día que prometía con la proyección del documental M dirigido por la cineasta parisina Yolande Zauberman centrado en el retrato de una estricta comunidad judía ortodoxa. Esperando que se mostrasen varios aspectos de un lugar tan peculiar por sus estrictas normas y tradiciones, sorprende que se centre casi exclusivamente en el tema de los abusos a menores por parte de miembros de la comunidad contado por adultos que los sufrieron.

Un tema tan peliagudo es tratado de manera repetitiva, con testimonios inauditos e incluso contradicciones en algunos de los mismos, lo cual hace que el interés vaya decreciendo conforme avanza. Una pena porque un mayor abanico de testimonios,  de los que las mujeres están excluidas, hubiese enriquecido el resultado final.   

miércoles, 14 de noviembre de 2018

15 Festival de Cine de Sevilla: Día de contrastes en la sexta jornada

Día de experiencias opuestas en el Festival de Cine de Sevilla con la proyección de tres filmes dentro de la Sección Oficial. La jornada ha comenzado con Dovlatov, dirigida por el cineasta ruso Aleksey German Jr el cual ya participó en el Festival hace tres años con su anterior filme, Under electric clouds. Este titulo hizo a un servidor asistir a verla con reservas, las cosas como son. Pero hay que ser honestos y Dovlatov ha sido una grata sorpresa y tiene el aliciente de que se basa en la vida un escritor real, Serguéi Dovlatov (1941-1990)

La acción transcurre en la Unión Soviética en 1970 y refleja el intento del protagonista, al que da vida el actor bosnio Milan Maric, para dar un repaso al ambiente que se respiraba en aquella época y lugar, el cual se muestra con una gran desesperanza y desencanto. El intento y continuos rechazos  del protagonista para que sus textos se publiquen da una idea de las consecuencias de tener una ideología contraria a la imperante, lo cual conlleva un desencanto y una impotencia ante la que el autor no se resigna.

La virtud principal de la película es su dinamismo narrativo y la facilidad para, con unos retazos de otras vidas, dar una visión general donde la represión y la precariedad son dos de los elementos más destacados en la vida diaria de una extenso país en  el que sus habitantes aún no se han recuperado de los horrores vividos durante la Segunda Guerra Mundial, de cuyo fin han transcurrido en el filme ya veinticinco años por el recuerdo de un doloroso episodio en el que murieron niños. Por otro lado, trágicos eventos que ocurren durante el filme reflejan el grado de desesperación y el desasosiego en el que se vivía.

La filmación de un documental o la lectura de escritos desparramados por el suelo son ejemplos de las vivencias de Dovlatov y su actitud de rechazo e inconformismo ante lo impuesto aunque ello le lleve a unas malas relaciones sociales y a estrellarse una y otra vez contra el muro de la no publicación de sus escritos. 

Lo que un servidor consideró durante el visionado de la película que hay un logrado ambiente cultural pero demasiadas referencias a escritores, algunos desconocidos para éste que les escribe. De los que sí le sonaban llama la atención la mención de Nabokov  por su novela Lolita lo que da pie a constatar el revuelo que causó su publicación.

El filme también destaca por una fotografía muy transmisora del gélido ambiente, obra de Lukasz Zal, quien ha prestado su talento a filmes de Pawel Pawlikowski como Ida (2013), ganadora del Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa,  o Cold War, aún en cartel, además de participar en la maravilla animada que es Loving Vincent (Dorota Kobiela y Hugh Welchman, 2017).

Una experiencia totalmente opuesta ha sido la película austriaca Joy de la directora Sudabeh Mortezai, que estrena con éste su segundo largometraje tras Macondo, rodado en 2014.

Precedida por premios internacionales, Joy es un acercamiento a la prostitución de las mujeres de países africanos en Europa, por lo que no deja de tener el valor de mostrar una dura realidad. El problema reside esencialmente en la forma de hacerlo. La narración es plana, con alguna escena violenta tanto con personas como con animales (en una escena inicial que un servidor no entendió).

Llama además bastante la atención el hecho de que sea una mujer sin escrúpulos la explotadora, únicamente interesada en recuperar el dinero de préstamos que ha hecho, cuando la prioridad de estas mujeres es ganar dinero para mandar dinero a sus familias. Algún golpe efectista para mostrar en pantalla la sordidez de una situación denigrante, Joy, que, aunque es el nombre de la principal protagonista, es un contrasentido si se traduce esa palabra, ya que en inglés significa "alegría", un elemento del que carece este filme con buenas intenciones pero mal ejecutado y con decisiones erróneas sobre qué mostrar y qué no.

El día no mejoró con el último filme visto en este día. Pearl es  una coproducción entre Francia y Suiza con la que debuta en la dirección de largometrajes Elsa Amiel . Se centra en el mundo del culturismo. Específicamente en un concurso mixto en el que participa la mujer cuyo apellido titula el filme y que interpreta la debutante Julia Föry. El resultado global para un servidor ha sido de indiferencia. Está bien contada la historia pero no teje una trama interesante más allá de la aparición de la ex pareja de ella y el hijo común de ambos y la persistencia del entrenador de la protagonista, encarnado por Peter Mullan, el cual sorprendió al mundo entero con Las hermanas de la Magdalena (2002) su segunda película como director la cual también escribió y en la que se reservó un personaje.

La película trata temas como la exigencia para alcanzar el triunfo, con sacrificios incluso humillantes, la maternidad asumida por alguien que no ha criado a un hijo o los sentimientos "dormidos" que se pueden despertar en las personas al conocer a otras. La película se recrea en la exhibición cuerpos súper musculados tanto masculinos como femeninos y a un servidor le llamó la atención una cruel frase del niño mencionado al ver a uno de los participantes llorando.

El final se podría considerar esperanzador pero se queda abierto con lo cual acusa más la vacuidad de lo que se ha contado en apenas ochenta minutos.   

15 Festival de Cine de Sevilla: Drama, arte e historia protagonistas de la quinta jornada

Un servidor ha vuelto muy satisfecho con lo visto durante el quinto día del Festival de Cine de Sevilla. Tres películas con muchos valores se han proyectado hoy dentro de la Sección Oficial, y por lo tanto, candidatas al Giraldillo de Oro y otros galardones del palamarés que se conocerá este sábado. 

La jornada ha finalizado con la proyección de Obra sin autor, una película alemana que un servidor temía por su duración: 188 minutos. Se trata del nuevo filme dirigido por el alemán Florian Henckel von Donnersmarck, ganador del Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa por su ópera prima La vida de los otros (2006). En esta ocasión cuenta la historia de un pintor, Kurt Barnert inspirándose en la vida del artista Gerhard Richter (Dresde, 1932)

La película sigue los pasos de este personaje, comenzando en su infancia en 1937 y terminando en los años sesenta con la rueda de prensa de una exposición de sus trabajos. Todos estos años dan para contar muchas cosas y, lo que se puede decir del guión, también escrito por Donnersmarck es que tuvo la virtud de no aburrir a un servidor con un ritmo ágil y contando cosas interesantes, siempre, claro, desde una opinión personal. 

El filme ahonda en hechos que marcan al pintor desde pequeño, y no ahorra pinceladas de la barbarie nazi durante la Segunda Guerra Mundial de la que fueron víctimas miembros de su familia. Por otro lado, la historia se centra en la evolución profesional del protagonista: desde sus períodos de aprendizaje en Alemania Oriental y Occidental, con sus intentos por encontrar su propia identidad artística, hasta el lograrlo pintando cuadros basándose en fotos. Esto conlleva un proceso arduo de experimentación que va desde el retrato tradicional pasando por las tendencias vanguardistas, de ahí las diferencias entre las dos Alemanias, expuestas también otros muchos aspectos.

Sin embargo el aspecto personal también tiene mucho calado ya que el horror de la guerra está en su mente y su romance y posterior matrimonio con la hija de un médico con un atroz pasado vinculado con él. La historia de amor es convencional pero no ahorra momentos alegres y tristes. 

El filme tiene una conseguida ambientación con un vestuario hermoso, sobre todo el femenino y en el terreno de las interpretaciones destacan las de Sebastian Koch, el cual repite con Donnersmarck tras la mencionada La vida de los otros, así como la de Paula Beer, de grato recuerdo para un servidor  por Frantz (François Ozon, 2016). La película flaquea, sin embargo en la interpretación de Tom Schilling  como Barnert, demasiado estático e inexpresivo, aunque un servidor, como ha señalado en más de una ocasión, considera que son directrices del director, ya que lleva el peso de la película. Este es el punto menos favorable de una película bien narrada y ambientada que ha dejado en un servidor un buen sabor de boca.

Con esta película finalizaba un día que había comenzado con la proyección de la película francesa Vivir deprisa, amar despacio dirigida por Christophe Honoré. Es un drama ambientado en 1993 y cuenta el romance entre dos hombres, uno más joven que el otro, con la terrible sombra del SIDA extendiéndose. 

El filme es una radiografía de las relaciones entre los homosexuales y cómo afrontan la mencionada enfermedad. En conjunto se puede decir que la película transmite un mensaje de Carpe Diem pero que en realidad es una máscara para, en el caso de uno de los protagonistas, aprovechar al máximo la vida. La promiscuidad también se ve en los lugares de ambiente pero eso no quita para que se reflejen historias de amor llenas de comprensión y apoyo. En ese sentido, el personaje que interpreta un impresionante Vincent Lacoste, al que un servidor descubrió en la comedia romántica Los casos de Victoria (Justine Triet, 2016), destaca por su vitalidad y actitud que le hacen ser un personaje querido por el espectador ya que despliega todo su encanto personal y un servidor se aventura a decir que lo considera un buen candidato a llevarse el Premio al Mejor Actor. Por su parte Pierre Deladonchamps interpreta al otro miembro de la pareja: un escritor con un hijo y que lleva una activa vida íntima a pesar de ser portador del VIH.

Se da la circunstancia de que Deladonchhamps fue uno de los protagonistas de una película premiada con el Giraldillo de Oro: El desconocido del lago (Alain Guiraudie, 2013) y también protagonizó la estimada El hijo de Jan (Philippe Loiret, 2016). Sin desmerecer para nada su interpretación, un servidor considera que Louis Garrel (el cual ha trabajado en varios filmes con Honoré como Mi madre o Les chansons d'amour) hubiese hecho genial este personaje. Tampoco se puede olvidar del reparto a Denis Polaydés, hace meses en la cartelera española con El buen maestro (Olivier Ayache-Vidal, 2017). Su personaje desprende ternura y amor, así como resignación por su edad y la naturaleza de la mayoría de sus relaciones amorosas.

El filme destaca por una gran cantidad de referencias culturales de aquel año 1993: desde una proyección de El piano de Jane Campion, hasta una visita al cementerio donde está enterrado François Truffaut y otros artistas, pasando por una representación teatral, en forma de monólogo, de Orlando de Virginia Woolf protagonizada por Isabelle Huppert en aquel momento o un poster del filme Querelle (Rainer Werner Fassbinder, 1982) cuyo protagonista, Brad Davis, también tuvo el SIDA. Todo ello complementa una película a la que quizá algo menos de metraje no le hubiese venido mal.

Y a continuación un servidor vio una curiosa novedad: una película de animación titulada Ruben Brandt, Collector, de nacionalidad húngara, dirigida y escrita por Milorad Krstic. Destaca por su peculiar diseño de animación en general y de los personajes, con aspectos peculiares como tres ojos, por ejemplo, en homenaje a la época cubista de Picasso, toda una intención ya que la trama se centra en una peculiar banda de ladrones a la que el hombre que titula el filme, un psicoterapeuta, confía la misión del robo de una serie de famosos cuadros: El nacimiento de Venus de Boticelli, Olympia de Manet o La infanta Margarita en azul de Velázquez con el fin de que cesen sus pesadillas. 

La película cuenta con trepidantes escenas de acción, arranca con una persecución espectacular, y tiene personajes interesantes donde destaca la seguridad de los femeninos como la experta ladrona Mimi con una capacidad acrobática asombrosa. También hay que sumarle un hombre contratado para capturarla a ella primero y a la banda después, secretos y relaciones entre personajes inesperadas y un viaje por los museos de todo el mundo, además de un logrado clima de intriga y de conspiración. Como peculiaridad, en la banda sonora de la película se encuentra la canción Oops I did it again de Britney Spears en forma se sensual balada.

Ruben Brandt, Collector puede tener sus peros en no resolver o dejar en el aire relaciones entre personajes y algunos agujeros en la historia pero no se le puede negar su excelente homenaje a la cultura y a su esfuerzo por diferenciarse de la animación proveniente de Hollywood o Japón siguiendo la estela, con su peculiar estilo, de otros títulos europeos como, por ejemplo, El secreto del libro de Kells (2009) o La canción del mar (2014), ambas dirigidas por Tomm Moore.              

martes, 13 de noviembre de 2018

15 Festival de Cine de Sevilla: Una obra maestra de François Truffaut y un documental de denuncia en la cuarta jornada

Es de agradecer que un Festival de Cine no sólo muestre las películas más actuales en sus distintas secciones, sino que tenga una en la que se haga una mirada al pasado para reivindicar la vigencia y el valor de los cineastas que precedieron a los de ahora y marcaron el séptimo arte con sus filmes. En el Festival de Sevilla, para ello, está la sección Tour/Détour y que cuenta con la presencia del presidente de Unifrance Serge Toubiana para presentar tres películas de las que un servidor detallará una, ya que es la que ha visto: La piel suave, dirigida por el maestro François Truffaut en 1964.

La infidelidad de un escritor con una azafata que conoce durante un vuelo a Lisboa para dar una conferencia sirve de pretexto para ahondar en la complejidad de las relaciones amorosas y las inesperadas decisiones que se toman en un momento de desesperación. Truffaut se sirve de elementos concretos fijando la atención en objetos determinados para rodar una película muy moderna no solo en la forma sino en el contenido ya que la trama vira hacia el suspense puro con un final que, aunque se intuya en un determinado momento, no deja de inquietar. Además habla sin tapujos de temas como el divorcio o las relaciones esporádicas basadas en el deseo carnal.

El filme, con una fotografía espléndida en blanco y negro de Raoul Coutard y una música bella y delicada de Georges Delerue, cuenta con brillantes interpretaciones de Jean Desailly, Nelly Benedetti y, sobre todo Françoise Dorléac, fallecida en un fatídico accidente en la cima de su carrera sólo tres años después de esta película con tan solo veinticinco años de edad. 

Desde esta entrada un servidor les recomienda esta película sin ninguna duda y les informa de que la mencionada sección Tour/Détour se completa con Mascullino, femenino dirigida por Jean-Luc Godard en 1966 y Nosotros no envejeceremos juntos (Maurice Pialat, 1972).

Un servidor ha podido ver hoy también dentro de la Sección Oficial el documental Idrissa. Crónica de una muerte cualquiera dirigido por Xavier Artigas y Xapo Ortega, y segunda baza española para alzarse con el Giraldillo de Oro.

Ambos directores se centran en la trágica historia del guineano Idrissa Diallo fallecido en enero de 2012 en el Centro de Internamiento para Extranjeros de Barcelona, donde llevaba detenido un mes. Concretamente el guión sigue el proceso que se llevó a cabo para localizar su cuerpo y repatriarlo a su país de origen para su entierro siguiendo los rituales locales. Este documental destaca porque está bien estructurado, incluyendo un informativo real donde se dio la noticia de la muerte de Idrissa para despejar dudas sobre la veracidad del hecho. Luego sigue a varias personas, como el propio Artigas y miembros de asociaciones hasta llegar a la localización de los restos mortales del joven y la resolución, unos meses atrás del presente año, por lo que da una idea de lo que tuvo que pasar la familia. Por este motivo, sobre todo en el tramo final, a un servidor le vino a la mente el final de la película, también basada en hechos reales, Missing (Costa-Gavras, 1982).

A una narración clara como se ha mencionado hay que sumarle una canción emotiva sobre el propio Idrissa y el drama de los extranjeros o la explicación de las costumbres de Guinea cuando alguien fallece, basadas en el perdón. Si hay que ponerle un pero, un servidor mencionaría el hecho de mostrar el trayecto que Idrissa siguió hasta llegar a España con una especie de mapa dibujado yendo de un lado hacia otro, lo cual distraía un poco de la interesante narración de una voz en off. Sin embargo, tiene el valor dar a conocer un hecho desconocido para muchas personas así como la lentitud o dejadez de las autoridades implicadas en el caso        

domingo, 11 de noviembre de 2018

15 Festival de Cine de Sevilla: Oscar Wilde, transgresión y amor fraternal en la tercera jornada

Como el día anterior, un servidor ha visto tres películas, dos de las cuales han sido de un contraste total. En primer lugar para comenzar con una propuesta más clásica, dentro de Special Screening se proyectó The Happy Prince, centrada en los últimos años de vida del escritor Oscar Wilde (1854-1900).

Este filme está dirigido y escrito el actor Rupert Everett, quien ha participado en  filmes como El placer de los extraños (Paul Schrader, 1990), La boda de mi mejor amigo (P.J. Hogan, 1997), El sueño de una noche de verano de William Shakespeare (Michael Hoffman, 1999) o Un marido ideal (Oliver Parker, 1999), basada en una obra teatral de Wilde precisamente. Everett asume además, en The Happy Prince, su ópera prima, la tarea de dar vida al autor irlandés.

Un servidor reconoce que, en los primeros minutos, tenía en la mente la interpretación de Stephen Fry en Wilde (Brian Gilbert, 1997), pero conforme iba avanzando la historia de esos tres últimos años de vida, hubo de rendirse ante la lograda composición de Everett. Este filme destaca también porque, narrativamente, es peculiar, por los flashbacks que tienen lugar. Sin embargo, cuando ya uno se ubica en el momento en el que la historia sigue una estructura lineal, todo encaja y se disfruta con los años de decadencia de un autor de éxito viviendo en París y Nápoles bajo seudónimo. Es entrañable conocer de dónde viene el título del filme, que se explica al final de forma explícita.

La película no evita  contar la vida privada de Wilde, con amantes esporádicos y fiestas "de hombres". Everett está muy bien acompañado por el siempre brillante Colin Firth, Emily Watson en un breve papel al que le saca mucho partido, como le ocurre a Tom Wilkinson, o el joven Colin Morgan, interpretando al amante del escritor. 

The Happy Prince se beneficia, aparte de las interpretaciones y, en el caso de Everett, la lograda caracterización y la modulación de su voz, de la música del oscarizado Gabriel Yared (por El paciente inglés), de la ambientación,  además de un correctísimo vestuario de Giovanni Casalnuovo y Murizio Millenotti.

Para un servidor la película de la que ha hablado anteriormente fue como un bálsamo tras haber visto justo antes la película ganadora del Oso de Oro en el Festival de Berlín, Touch Me Not, dirigido por la cineasta rumana Adina Pintilie y perteneciente a la Sección Oficial. No exagero, y aquí ya me pongo a hablar en primera persona, para expresar con total sinceridad que es uno de los filmes más duros que he visto en mi vida.

La película es una transgresión total al mostrar a una serie de personajes con problemas emocionales, afectivos o físicos exponiéndose a tumba abierta sobre cómo viven su vida diaria y cómo  afrontan un terreno tan íntimo como es la sexualidad. La historia está dramatizada para que los personajes coincidan en un lugar,se establezca una mínima relación entre ellos, pero lo que se ve es una especie de docudrama, ya que, desde el principio, se ve a los personajes contar  sus experiencias sobre ese delicado tema.

Otro de los elementos que caracterizan Touch Me Not es la exposición sin ningún tipo de filtro de la desnudez masculina y femenina, las distintas prácticas sexuales fuera de lo convencional que se llevan a cabo en una especie de club, o la manera en la que se expone la evolución del principal personaje femenino ante su problema de cómo satisfacer sus deseos más íntimos sin que se le toque. Con la propia directora exponiéndose también, aunque sólo emocionalmente, Touch Me Not es un filme perturbador que remueve al espectador, al mostrar realidades no habituales de ver y donde el concepto pudor no existe.

Finalmente un servidor pudo ver Euforia, la película italiana dirigida por Valeria Golino y que ya se mencionó en la primera crónica publicada en este blog. Se trata, como ya se dijo del segundo largometraje dirigido por la actriz tras la premiada Miel (2013). La gran baza de Euforia es la mezcla de drama y comedia pero si hacer una mezcla extraña.

Se centra en la relación que se reanuda entre dos hermanos cuando a uno de ellos se le detecta un tumor cerebral, al que se le oculta la gravedad. A partir de entonces conviven juntos y el espectador es testigo de la evolución de dos hombres unidos por un vínculo familiar pero que son opuestos. Esto lo muestran perfectamente los dos actores que los interpretan, siendo Riccardo Scamarcio el que proporciona los momentos cómicos al dar vida a un hombre de negocios homosexual que vive la vida en su plenitud.

El actor, que un servidor descubrió en Manuale d'amore 2 (Giovanni Veronesi, 2007) y que ha participado en otros notables títulos como Edén al Oeste (Costa Gavras, 2009) o Maravilloso Boccaccio (Paolo y Vittorio Taviani, 2015) lo da todo para resultar gracioso pero sin caer en ningún cliché ni en la frivolidad, y su sexualidad es un aspecto más, sin trascendencia. Además muestra al final unos sentimientos muy emotivos hacia su hermano, el cual tiene el rostro y el cuerpo de Valerio Mastandrea, uno de los actores participantes en Perfetti sconociuti (Paolo Genovese, 2017), la película de la que Álex de la Iglesia hizo el remake Perfectos desconocidos. En Euforia es el afectado por la terrible enfermedad y es la antítesis de su hermano: serio, poco expresivo y con problemas sentimentales.

La mencionada mezcla de drama y comedia está muy medida ya que la enfermedad no es objeto de ningún chiste, tratada seriamente y lo cómico ayuda a conllevar una situación que irá agravándose con el tiempo pero no recurre al chiste fácil ni nada zafio o que se le parezca, y, muy importante, se otorga notoriedad a la familia unida y a las reuniones. Por todo lo dicho Golino demuestra ser una gran directora, ya que se reafirma detrás de las cámaras con este filme, como ya había logrado y sigue haciendo en su faceta interpretativa.