jueves, 22 de febrero de 2018

"Deber cumplido": Traumas y remordimientos

La experiencia de ir a una guerra tiene que impresionar sí o sí. Por muy dura que sea una persona, es una situación tan anómala, que tiene que marcar a fuego de alguna manera. El cine ha hecho obras maestras sobre los desastres de las contiendas bélicas y la vuelta a casa de los combatientes, siendo para un servidor Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946) y El Cazador (Michael Cimino, 1978) dos de las más contundentes y logradas sobre el tema. Si la primera se centraba en la Segunda Guerra Mundial y la segunda en la Guerra de Vietnam (muy apegadas ambas a cuando tuvieron lugar), la Guerra de Irak centra la atención de Deber cumplido

Basándose en hechos reales y, concretamente, en un libro escrito por David Finkel, Jason Hall escribe el guión de su ópera prima tras centrar estos años anteriores en la actuación y en la escritura, firmando él los guiones de tres filmes tan dispares como American Playboy (David Mackenzie, 2009), El poder del dinero (Robert Luketic, 2013) y El francotirador (Clint Eastwood, 2014).

Hall apuesta por una historia contenida con pequeños pero efectivos golpes de efecto contando la experiencia de tres hombres que vuelven a sus hogares con sus familias, con el recuerdo de lo que allí vivieron les persigue. La elección del reparto es uno de los aciertos del filme, por escoger a actores jóvenes que no son súper estrellas, lo cual hace aún más realista lo que se cuenta.

De todos, Miles Teller es el que tiene un mayor protagonismo. El protagonista de Whiplash (Damien Chazelle, 2014) hace un gran ejercicio de contención para dar vida a un sargento lleno de culpa y arrepentimiento por dos episodios concretos de los que se siente responsable y que afectaron a terceras personas. Se nota una naturalidad sobre todo en su actitud, que resulta bastante creíble y la visita a uno de los afectados es uno de los momentos más emotivos de la película, donde se exalta la camaradería y la amistad. Por otro lado su aparente normalidad se va resquebrajando, necesitando ayuda pero anteponiendo el bien de los que le rodean antes del suyo propio. Teller demuestra en este filme que va con paso firme en su carrera. Su esposa es interpretada con idéntica naturalidad por Haley Bennet, vista en títulos como el remake de Los siete magníficos (Antoine Fuqua, 2016) o La chica del tren (Tate Taylor, 2016).

El segundo foco de atención está puesto en otro combatiente interpretado por Beulah Koale, actor de trayectoria mayoriariamente televisiva. En este caso sirve para poner de manifiesto las secuelas a nivel psicológico que una guerra puede acarrear y las dificultades que provocan en la vida diaria. Keisha Castle-Hughes, a la que conocimos desde niña por su debut en el cine, Whale rider (Niki Caro, 2002), que le proporcionó una nominación al Oscar, interpreta a su mujer. Vista en Juego de Tronos como una de las chicas guerreras de Dorne, ha demostrado el paso a la edad adulta con creces y en Deber cumplido le dan la oportunidad de mostrar la ternura y el miedo por las reacciones de su marido.

Deber cumplido cuenta con una lograda fotografía de Roman Vasyanov en cuyos créditos se encuentran Escuadrón suicida (David Ayer, 2016) o Bright (David Ayer, 2017) y música de Thomas Newman, que ostenta un record nada agradable: 14 nominaciones al Oscar sin premio, por cierto.

Sin ser la gran película del año Deber cumplido se deja ver y es muy realista a la hora de mostrar las secuelas de una guerra en hombres que están rotos por dentro y que, contradiciendo la sobada premisa de que un hombre de verdad no debe ni mostrar debilidades ni llorar se nos muestra a personas llenas de miedos y que necesitan ayuda, mientras otros, por desgracia, no pueden soportar la presión. Así somos los seres humanos sin distinción de sexo.    

martes, 20 de febrero de 2018

"The Party": Tengo algo que anunciar

En las reuniones de familiares o amigos pueden pasar muchas cosas y muchas de ellas las ha reflejado el cine: veladas cordiales y sin sobresaltos es lo menos frecuente. Muchas veces se han utilizado para hablar del paso del tiempo y de los distintos problemas de una generación como ocurría en Beautiful girls (Ted Demme, 1995). Otras veces se ha variado el motivo: el entierro de un amigo como en Reencuentro (Lawrence Kasdan, 1983) o la reunión de antiguos compañeros de estudio como en Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992).

Pero las películas que mayor potencia tienen son aquellas en las que estos eventos entre personas que se conocen desde hace tiempo acaban como el rosario de la aurora, creándose un clima de tensión que estalla, generalmente por el descubrimiento de verdades muy incómodas. por algo que se anuncia y que coge por sorpresa a los reunidos. Celebración (Thomas Vinterberg, 1998), por ejemplo, destapaba un terrible secreto familiar en medio de un cumpleaños y la reciente Perfectos desconocidos (Alex de la Iglesia, 2017) lo hacía a través de un juego que dinamitaba las relaciones de varias parejas.

Por todo lo expuesto The Party podría decirse de entrada que es otra más dentro de este particular tipos de películas, pero la directora y guionista británica Sally Potter, responsable de títulos como La lección de tango (1997), Vidas furtivas (2000) u Orlando (1992), en la que adaptaba la novela de Virginia Woolf, le aporta a su nuevo largometraje una serie de elementos que la hacen atractiva y algo diferente, lo cual siempre es un plus. 

Para empezar, llama la atención la duración: 71 minutos, créditos iniciales y finales incluidos, con lo que lo que es la historia que se cuenta dura algo más de una hora. Eso es ir al grano y recuerda en este aspecto concreto a Un dios salvaje (Roman Polanski, 2011) de apenas ochenta minutos de duración donde se trasladaba a la pantalla la obra de teatro de Yasmina Reza que un servidor vio sobre las tablas de la mano de Aitana Sánchez-Gijón, Maribel Verdú, Pere Ponce y Antonio Molero.

Por otro lado, la ubicación, la manera de rodar y el uso de la impecable fotografía en blanco y negro de Aleksei Rodionov, quien ya trabajó con Potter en la citada Orlando y en Yes (2004), da a The Party un claro aire de cine independiente en su mejor vertiente, donde la atención está puesta en los diálogos y, por supuesto, en los siete magníficos actores con los que Potter cuenta para dar vida a unos amigos con variadas situaciones sentimentales y vitales. Lo bueno del guión es que se guarda varios ases en la manga y un personaje ausente tiene una crucial importancia.

La reunión en casa de un matrimonio para celebrar que la mujer ha sido designada para un importante cargo político es la excusa para que se presenten una serie de personajes donde la sinceridad, las dudas y los excesos se dan la mano. En la costumbre de no desvelar demasiado un servidor se va a centrar en los actores: la siempre elegante Kristin Scott Thomas (a la que se ha visto recientemente encarnando a la esposa de Winston Churchill en El instante más oscuro) interpreta a la mujer que convoca la reunión pero su anuncio es eclipsado por otro, el de su propio marido, encarnado por Timothy Spall, quien protagonizó la aclamada Secretos y mentiras (Mike Leigh, 1996) otro filme donde una reunión familiar estallaba de una manera como pocas veces un servidor ha visto y una verdad desconocida hasta ese momento desencadenaba otras.

Spall sorprende a sus amigos y a su mujer al hacer dos revelaciones y que se salga otra a la luz, las cuales salpican a los demás de una manera o de otra. Esto hace que el personaje de Scott Thomas reaccione de manera violenta pero, y este es uno de los valores del filme, no es un personaje lineal sino que está lleno de aristas, contradicciones y reacciones viscerales y eso es algo que la protagonista de El paciente inglés (Anthony Minghella, 1996) lo transmite perfectamente deparando una sorpresa final.

En el reparto vuelven a coincidir, tras La Librería (Isabel Coixet, 2017) Patricia Clarkson y Emily Mortimer, ésta última vista también en El sentido de un final (Ritesh Batra,2017). Clarkson da vida al personaje más irónico y molesto del grupo por su tremenda sinceridad y un cierto desencanto con la condición humana y, como se suele decir, reparte y tiene para todos, causando constante desconcierto. Mortimer sorprende con otro registro, el de una lesbiana pareja del personaje de Cherry Jones que también tiene algo que anunciar. Sin embargo, uno de los anuncios que hace Spall pone contra las cuerdas esa relación. Bruno Ganz (inolvidable en El Hundimiento) da vida a un alemán marido del personaje de Clarkson que suele exponer sus ideas sobre temas trascendentales, lo cual choca con la perspectiva de su mujer y la de sus amigos. Finalmente, Cillian Murphy (el año pasado también Dunkeque y en la serie Peaky Blinders) puede ser el personaje más excesivo desde que aparece en pantalla por sus acciones y arrebatos pero deja ver la amargura que guarda dentro.

The Party lleva al extremo algunos acontecimientos y tiene una estructura circular cuya última frase antes de fundir en negro depara la última sorpresa de un guión escrito a base de algunas situaciones ya vistas pero con un toque diferente. Como un plato que se ha servido siempre con sal pero, por poner un ejemplo, se la da un toque de guindilla.  

lunes, 19 de febrero de 2018

"La forma del agua": La fascinación por lo extraordinario

Guillermo del Toro ha demostrado desde sus comienzos que es un hombre al que la fantasía le rezuma por los poros de su piel. Su nueva película, La forma del agua, es otro ejemplo de ello, evidenciando, además, que puede desplegarla en distintos géneros y contextos: el cuento gótico (La cumbre escarlata, 2015), historias de fantasmas (El espinazo del diablo, 2001) o la imaginación para huir de una realidad horrible (El laberinto del fauno, 2006).

En el caso de La forma del agua (título idéntico, por cierto, al de la primera novela del escritor  italiano Andrea Camilleri protagonizada por el comisario Montalbano) se adentra en el contexto de la Guerra Fría para contar una peculiar historia de amor y de espionaje. Un servidor no puede negar que esta película tenga sus valores pero, bajo su punto de vista, trece nominaciones a los Oscar es algo excesivo.

El filme a nivel técnico es impecable con una gran transformación de Doug Jones en la criatura marina, una fotografía del danés Dan Laustsen prodigiosa, en una nueva colaboración con Del Toro tras Mimic (1997) y la mencionada anteriormente La cumbre escarlata. De igual modo la dirección artística de Nigel Churcher logra transportar al espectador a esos años sesenta donde la carrera espacial era una obsesión para rusos y estadounidenses. Sin embargo, la atmósfera no dejó de resultar a un servidor algo familiar, siendo el universo visual desplegado por Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro en filmes como Delicatessen (1991), La ciudad de los niños perdidos (1995), ésta última precisamente protagonizada por Ron Perlman (actor que ha trabajado con Del Toro en las dos películas de Hellboy y en Pacific Rim) o ya Jeunet en solitario en Amelie (2001), el primero que le vino a la cabeza, aunque se desarrollen en épocas diferentes. 

Se puede pensar en varias influencias en el guión de Del Toro y Vanessa Taylor, como la confesa por el director mexicano, de La mujer y el monstruo (Jack Arnold, 1954) así como un servidor vio referencias a Un, dos tres...Splash (Ron Howard, 1984) en la parte final y hasta de Atame (Pedro Almodóvar, 1989) en las escenas de autocomplacencia de la protagonista. Estos pueden ser homenajes pero, y aquí ya nos adentramos en terreno pantanoso, un servidor ha visto el corto holandés The space between us (Marc S.Nollkaemper, 2015) por el que a Del Toro se le acusa de plagio y se puede afirmar que esa acusación está fundada por argumento, escenas concretas y la apariencia de la criatura, con la salvedad de que el corto está ambientado en un futuro apocalíptico.

Finalizando esta espinosa cuestión, La forma del agua se puede decir que habla de la fascinación por lo extraordinario, de ahí el título de la crítica. Es un cuento oscuro con destellos de luz donde la maldad campa alrededor de los protagonistas, y la criatura, es deseada con fines oscuros por los mencionados países mientras que la protagonista se enamora literalmente de ella. También es una película que habla de seres que son o marginados u olvidados por la sociedad, como evidencia el personaje de Richard Jenkins (nominado al Oscar) o las características de la pareja. Son dos seres muy diferentes que encuentran en el otro un alma gemela, no sólo un medio de saciar sus ansias de amor y sexo.

Con respecto a las interpretaciones un servidor ve una injusticia que Michael Shannon no haya sido nominado al Oscar. Su personaje es complejo, particular, con un punto sado masoquista que lo convierte en un gran villano y su interpretación le da mil vueltas a la de Octavia Spencer, nominada por un personaje correcto, que ayuda a la trama pero que no es nada del otro mundo.

Sally Hawkins es una actriz polivalente en películas de época como Jane Eyre (Cary Fukunaga, 2011) o Grandes Esperanzas (Mike Newell, 2012) y contemporáneas como Blue Jasmine (Woody Allen, 2013) y Happy, un cuento sobre la felicidad (Mike Leigh, 2008), nuevo trabajo a las órdenes del director de El secreto de Vera Drake (2004). Su personaje en La forma del agua está interpretado con sutileza y dureza al mismo tiempo porque tiene una fragilidad exterior pero esconde una determinación muy potente, que evidencia en sus acciones. La manera en que se expresa en lenguaje de signos es muy creíble y la escena en que le cuenta de esa manera al personaje de Richard Jenkins las razones por las que conecta con la criatura es sencillamente enternecedora porque le está abriendo su corazón de una manera que antes da a entender que no lo había hecho, por la reacción de él. Si ganase el Oscar, seguiría la senda de Jane Wyman por Belinda (Jean Negulesco, 1948), Marlee Matlin por Hijos de un dios menor (Randa Haines, 1986) y Holly Hunter por El Piano (Jane Campion, 1993).

Por otro lado sorprende el carácter camaleónico de Michael Stuhlbarg, presente en otras dos películas nominadas al Oscar este año: Call me by your name de Luca Guadagnino y Los archivos del Pentágono de Steven Spielberg. No pueden ser personajes más diferentes y demuestran su versatilidad. En La forma del agua, tiene un papel con riesgos por lo que sufre interna y externamente y, como en las dos películas mencionadas, está sublime.

La forma del agua tiene ese aire de fábula o cuento de hadas algo siniestro donde curiosamente los pasajes bíblicos tienen una constante presencia, con un motivo no demasiado claro. La analogía de la historia de Sansón sí la explica el personaje de Shannon en uno de los momentos donde expresa su maldad en su más alto grado pero otras no están tan explícitas. Que proyecten en un cine La historia de Ruth (Henry Koster, 1960) no tiene una clara razón pero si alguien da con la analogía un servidor lo agradecerá. En resumen, es una buena película pero no tanto como los académicos la han valorado, Del Toro las ha hecho mejores.      

domingo, 18 de febrero de 2018

"La Ternura": La isla de los cómicos enredos

Alfredo Sanzol es uno de los nombres propios de peso en el teatro de este país. Galardonado con el Premio Nacional de Literatura Dramática por La Respiración un servidor no dudaría en volver a dárselo por La Ternura, la obra que se ha representado este viernes y sábado en el Teatro Central de Sevilla porque si la tuviese que definir con dos palabras no lo dudaría: Una delicia.

La Ternura y Sueño de Andrés Lima (que también se vio en el citado teatro hispalense) son fruto de un nuevo trabajo de investigación de Teatro de La Ciudad (productor junto a Teatro de La Abadía). Si el anterior proceso sobre la tragedia griega dio como resultado los notables montajes de Medea (dirigida por Lima), Antígona (con dirección de  Miguel del Arco) y Edipo Rey (Sanzol), el actual, centrado en las comedias de William Shakespeare, han dado como resultado los títulos citados al inicio de este párrafo. 

Centrando la atención en La Ternura, Sanzol (quien también dirigió el año pasado La dama boba de Lope de Vega con varios de los integrantes de la última promoción de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico en el Teatro de La Comedia) escribe una historia donde las comedias del autor de Romeo y Julieta están presentes, mencionándose durante la función títulos como Mucho ruido y pocas nueces o Como gustéis entre otras. Pero la virtud del autor y director de En la luna es el de haber creado una comedia de época ejemplar. 
Un instante de La Ternura donde se aprecia su belleza visual                                                             Foto: Luis Castilla          
Con seis actores en estado de gracia y un esmerado trabajo de dirección, La Ternura plantea una particular guerra de sexos con tres mujeres que van a una isla supuestamente desierta huyendo de los hombres hallando, sin saberlo de antemano, claro está, a tres hombres que la habitan huyendo del contacto con las mujeres. A partir de aquí el enredo está servido con confusiones amorosas y sexuales, planes para solucionar situaciones con resultados inesperados, magia y disfraces. Todo ello no produce otra cosa que carcajadas y disfrute. La dramaturgia de Sanzol contiene una clara referencia a una costumbre en el teatro de la época de Shakespeare pero a la inversa: aquí las mujeres se visten de hombres como hacía Gwyneth Paltrow  en Shakespeare in love (John Madden, 1998) lo cual es uno de los principales motivos de los equívocos de la La Ternura.

Sanzol escribe con soltura e ingenio ya que las situaciones que se suceden tienen una comicidad clara desde el principio, con réplicas, apartes y soliloquios con mucha chispa. Por poner un ejemplo, una enumeración de alimentos provocó, cuando acabó, el aplauso del público. Como un servidor ha reiterado en muchas ocasiones, para llevar un texto a buen puerto se necesitan unos buenos actores que den vida a los personajes. En esta ocasión cuenta con los cinco actorees que, para no ir muy lejos en el tiempo, protagonizaron el citado montaje de Edipo Rey: Paco Déniz, Natalia Hernández, Elena González, Juan Antonio Lumbreras y Eva Trancón. A ellos se suma Javier Lara a quien un servidor nunca había visto actuar y que le ha sorprendido gratamente. Todos y cada uno de ellos tienen momentos en solitario o en grupo donde hacen gala de una gran vis cómica y llevan el ritmo de la función como un reloj suizo, lo que también demuestra el gran director que es Sanzol.

El amor, la atracción, la sexualidad y los instintos son parte esencial de La Ternura, como ejemplo de la propia condición humana y, en ese sentido, las reacciones de Paco Déniz (quien también protagoniza un momento divertidísimo interpretando a otro personaje que se ha "disfrazado" de él con una sincronización de voces espectacular) ante una atracción hacia otro "hombre", son de lo más graciosas así como la conducta por la inexperiencia del personaje de Javier Lara ante su desconocimiento de lo que es una mujer. Un servidor no dice más porque no desea destripar el argumento de la joya que es La Ternura.
Los actores de La Ternura en uno de sus muchos cómicos momentos                                                 Foto: Luis Castilla

A la ingeniosidad del texto, la acertada dirección y las frescas interpretaciones de todo el elenco hay que sumar los logros en el apartado técnico, comenzando por el llamativo y hermoso vestuario de época de Alejandro Andújar, donde todo está pensado, pues los nombres de los personajes femeninos corresponden al color de sus respectivos vestidos y los colores de la vestimenta masculina sirven a las mujeres para identificar a cada uno de ellos. Andújar también es el creador del espacio escénico: unos hermosos telones con aberturas para fomentar el juego cómico de entradas y salidas contantes de los personajes, mientras que el espacio central está vacío al modo del teatro de la época isabelina, representando distintos lugares con pocos elementos. Por otro lado, la iluminación de Pedro Yagüe potencia la belleza del espacio escénico y la música de Fernando Velázquez ubica temporalmente aún más al espectador.

De la representación de La Ternura sólo se puede salir con una sonrisa en los labios, porque, aparte de bucear en el universo cómico de Shakespeare, al espectador se le ofrece un espectáculo hermoso para la vista y divertido. Sanzol da así otra muestra de su maestría como dramaturgo y director de escena con calificación de Matrícula de Honor.   

sábado, 17 de febrero de 2018

"El caballero de Olmedo": La leyenda se hizo carne y verso

Los artistas se inspiran en todo lo que les rodea para realizar sus creaciones. Lope de Vega no es una excepción. El autor de clásicos indiscutibles del teatro como Fuenteovejuna, El perro del hortelano, La dama boba, La moza del cántaro o El castigo sin venganza, se inspiró en unos populares versos  sobre un luctuoso suceso acaecido a comienzos del siglo XVI, que había adquirido ya un carácter legendario, para componer otra de sus obras maestras: El caballero de Olmedo.

El director Eduardo Vasco, tras hacer logrados montajes de obras de William Shakespeare como HamletNoche de Reyes, Otelo, El mercader de Venecia o Ricardo III vuelve con Noviembre Teatro a la obra del prolífico autor español como ya hiciera hace unos años con los montajes de La fuerza lastimosa, No son todos ruiseñores y La bella Aurora. 

Vasco demuestra con este nuevo montaje algo que es bastante reseñable: Posee un estilo propio en cuanto a la puesta en escena que ya uno lo identifica como suyo con una compañía de actores que interactúan y colaboran en el transcurrir de la acción, no sólo diciendo los versos como los ángeles, sino moviendo la escenografía, evidenciando que es un director que apuesta por esa manera de representar a la antigua usanza: poco decorado, pero bien aprovechado, y que la imaginación del espectador complete el lugar donde se desarrollan las distintas acciones.
Daniel Albaladejo interpreta al trágico galán de la obra                                                                                 Foto:Chicho

Este montaje de El caballero de Olmedo bebe de los distintos géneros que contiene la obra de Lope: Tradición popular, amores, celos y muerte augurada ya desde el principio pero que no resta interés a la obra sino todo lo contrario, se desea saber cómo se llega a ese trágico final. También es curioso el juego metaliterario que la obra contiene sobre todo con respecto a algunos parecidos razonables con La Celestina, siendo Fabia, interpretada por la maravillosa Charo Amador, un pariente próximo de ese famoso arquetipo que se remonta en la tradición española a la Trotaconventos de El libro de buen amor del Arcipreste de Hita. Elementos como una cadena o una banda recuerdan a elementos de la obra maestra de Fernando de Rojas donde este personaje se consagró.

Por otro lado destaca el hecho de que los versos de Lope suenan que son una delicia en la boca de los actores, algo indispensable en una obra de estas características, lo cual Vasco trabaja a conciencia con un elenco curtido en mil batallas con el verso gracias a sus dilatadas trayectorias. Daniel Albaladejo, tras las dos obras de Juan Mayorga que ha protagonizado (La lengua en pedazos y Reikiavik) asume el rol protagonista, Don Alonso, con una seguridad aplastante: dice el verso con una naturalidad que embelesa y lo impregna del sentimiento adecuado en cada momento. Además,  su imponente planta, le ayuda a asentarse como el galán trágico que encarna en esta ocasión. Albaladejo está muy bien acompañado por el Tello interpretado por Arturo Querejeta, que combina con acierto la comicidad y la picaresca que se le asocia al criado del galán con el dramatismo de la parte final.
Daniel Albaladejo y Arturo Querejeta en la función                                                                          Foto: Gerardo Sanz

El objeto de deseo de Don Alonso, Doña Inés, está interpretado por Isabel Rodes, quien dota a su personaje de emoción  para justificar su enamoramiento (inducido por Fabia en un primer momento) y el hecho de que se preste a las proposiciones necesarias para que su amor triunfe hace que entre en el enredo cómico que tiene esta obra. La belleza de Rodes, por otra parte, hace comprensible que Don Alonso se enamore de Doña Inés, la cual comparte sus inquietudes con Doña Leonor interpretada por Elena Rayos, quien dota a su personaje de gracejo y buenos sentimientos.

Por su parte Fernando Sendino dando vida a Don Rodrigo destaca por esa transformación que se ve en el personaje a lo largo de la función, pasando de enamorado a celoso y de ahí a villano, un arco emocional que Sendino muestra claramente por su experiencia en las tablas. Sendino está bien acompañado por Rafael Ortiz como Don Fernando, el cómplice de sus andanzas. Ortiz tiene el denominador común de sus compañeros mencionados, además de Antonio de Cos y José Vicente Ramos, quienes completan el elenco: dicen el verso con una claridad que es de agradecer y si un servidor insiste en este asunto es porque lo considera vital si se quiere representar a un autor del Siglo de Oro.

En los aspectos técnicos además de la mencionada escenografía, de Carolina González, un servidor destaca el vestuario de Lorenzo Caprile, con una hermosa gama de colores: del negro de Don Alonso, con un acierto como es el sombrero, pasando por el rojo de Inés o el verde de Leonor o la mezcla de tonalidades en la vestimenta de Fabia, por ejemplo. La luz de Miguel Ángel Camacho es un elemento esencial, con esos claroscuros y sombras que se proyectan, apuntando en todo momento el momento trágico que ocurrirá al final complementado con el espacio sonoro del propio Vasco.
Elena Rayos, Charo Amador e Isabel Rodes o Doña Leonor, Fabia  y Doña Inés                              Foto:Gerardo Sanz


El caballero de Olmedo, hasta mañana en el Teatro Lope de Vega de Sevilla es una obra que hacía tiempo que no venía a la capital hispalense, por eso una vez más un servidor da las gracias a los componentes de Noviembre Teatro por seguir apostando por los clásicos y acercarlos al público de la manera brillante con la que lo llevan haciendo muchos años.