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viernes, 24 de mayo de 2019

"Un hombre fiel": Naturalidad ante lo inesperado

Si hay algo de lo que están impregnadas todas las células del parisino Louis Garrel es de cine. Lo ha vivido desde que nació. Su familia se dedica a ello abarcando distintas facetas: Su abuelo, el actor Maurice Garrel, su padre, el director, guionista y director Philippe Garrel, su madre, la actriz y guionista Brigitte Sy, su tío, el productor Thierry Garrel y su hermana, la actriz Esther Garrel. Se ha criado en un mundo cinéfilo absoluto respirando el ambiente de, entre otras influencias, la Nouvelle vague, siendo hasta ahijado de Jean-Pierre Léaud, el actor fetiche de François Truffaut

Todo esto hizo que el joven al que comenzó a dirigir su padre siendo un niño, que saltó a la palestra como un huracán gracias a Soñadores (Bernardo Bertolucci, 2003) y se convirtió, por ejemplo, en actor fetiche de Christophe Honoré, demostrase con el paso de los años que no tenía miedo a nada y ha mostrado sus inquietudes y versatilidad en varios campos del séptimo arte.

Como intérprete hace papeles muy dispares: desde el que encarnó en Saint Laurent (Bertrand Bonello, 2014) que destilaba sensualidad sólo con la mirada, hasta sus caracterizaciones como Jean-Luc Godard en Mal genio (Michel Hazanavicius, 2017) o de Robespierre en el filme histórico coral Un pueblo y su rey (Pierre Schoeller, 2018), prestando incluso su voz a un filme de animación nada infantil como Funan (Denis Do, 2018), además de trabajar con casi todos los miembros de su familia citados.

Hace cuatro años, tras tres cortometrajes, se estrenó su ópera prima Los dos amigos, que coescribió con Honoré y coprotagonizó junto a Vincent Macaigne y su ahora ex mujer Golshifteh Farahani. Era un filme donde se le veían buenas intenciones pero que no cuajaba del todo, aunque se le veía que apuntaba unas maneras en cuestión de narración que en su siguiente filme detrás y delante de las cámaras, Un hombre fiel, indica que ha depurado bastante. 

En esta ocasión ha coescrito el guión (premiado en el pasado Festival de San Sebastián) junto al legendario Jean-Claude Carièrre, fundamental colaborador de los filmes franceses de Luis Buñuel y guionista de los últimos filmes de Philippe Garrel, L'ombre des femmes (2015) (donde de nuevo Louis Garrel colaboraba, siendo el narrador) y Amante por un día (2017), que protagonizaba Esther Garrel. Además Carrière también ha dejado su sabiduría en el guión de la especial Van Gogh, a las puertas de la eternidad (Julian Schnabel, 2018), en la que se escuchaba de nuevo la voz de Louis Garrel.

El actor francés dirige y protagoniza una historia corta (75 minutos), al estilo de las de su padre, donde la falta de pretensiones y la sencillez narrativa y de puesta en escena hace que una peculiar historia de vaivenes afectivos y amorosos tenga un visionado nada soporífero con personajes que reaccionan con una sorprendente actitud. 

La historia comienza con el anuncio de una mujer (Laetitia Casta) a su pareja (el propio Garrel) de que está embarazada del mejor amigo de él. Teniendo por ejemplo, como referente grabado en la mente, la reacción del personaje de Dustin Hoffman en Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979), cuando su mujer (Meryl Streep) le abandona, no deja de ser curioso que el personaje de Garrel acepte la situación sin ningún aspaviento de contrariedad y vuelve con ella cuando el amigo fallece tras ocho años sin verse.

Un hombre fiel podría mostrar unos personajes inverosímiles, pero, viendo el tono realista de la película, un servidor cree que Garrel quiere mostrar la naturalidad con la que se afrontan contratiempos inesperados y apela a la bondad del ser humano. Cuando la hermana del fallecido entre en acción enamorada del personaje de Garrel se da otra vuelta de tuerca bien resuelta por cómo está contada la historia y  un servidor no pudo evitar recordar lo que las actrices de Todo sobre mi madre (Pedro Almodóvar, 1999) decían sobre la película del cineasta español: que lo más raro ocurre en la vida y que la virtud del director era mostrar situaciones atípicas como lo más natural del mundo. 

En Un hombre fiel ocurre lo mencionado y se añaden la ironía y las sorpresas, donde se nota la mano de Carrière en el guión ya que con Buñuel dejó momentos imborrables y surrealistas en títulos como Belle de jour (1967) o la ganadora del Oscar El discreto encanto de la burguesía (1972).

El filme contiene unos personajes con sus dosis de sorpresas, como ya se ha dicho, pero tratados con mimo: en opinión de un servidor ni el personaje de Garrel es un pelele ni las mujeres las malas de la función. Todos actúan con sinceridad. La vida depara cosas inesperadas y nunca deja de sorprender ni se termina de conocer a las personas. Así que los personajes de este filme tienen una receptividad positiva ante lo que se les dice, por lo cual transmite un mensaje de tolerancia y de la posibilidad de convivir de manera armoniosa ante lo que nos pone la vida por delante.

Garrel no hace alarde de exhibición física ni de sí mismo ni de los personajes femeninos, rueda planos bellos, sobre todo de su mujer Laetitia Casta, con unos encuadres en los que la actriz deslumbra con su hermosa expresividad. También llama la atención la naturalidad y buen hacer de los más jóvenes del reparto: Lily-Rose Depp, hija de Johnny Depp y Vanessa Paradis que fue nominada al César, y el niño al que da vida Joseph Engel, quien da lugar, a través de un humor negro muy marcado, a las situaciones más hilarantes, además de dar una lección a los mayores de la rentabilidad que se le puede sacar a un teléfono móvil. 

Situaciones inesperadamente cómicas sobre la orientación sexual de un personaje o relacionadas con la causa de la muerte del padre del niño se entremezclan con otras emotivas como la escena final y que demuestra cómo alguien ausente puede estar muy presente en las vidas de las personas.

Un hombre fiel es una carta de amor al cine con el que creció Louis Garrel, acentuada por la preciosa música de Philippe Sarde, mezcla de temas propios y de algunos filmes de los años setenta y donde se acentúa además el papel del destino en el amor y en la vida, que lleva a la gente a lugares inesperados. Todo rodado sin estridencias ni alardes de grandeza, porque Garrel es consciente de la larga carrera que tiene por delante y eso se traduce en pasos dados con tiento.     

martes, 9 de abril de 2019

"Mentes brillantes": La medicina de la amistad

Un servidor siempre ha destacado la importancia de los amigos en la vida. Gente a la que no te unen vínculos de sangre pero con la que se conecta de una manera muchas veces inexplicable son esenciales en momentos alegres y tristes. 

Una historia de amistad es lo que en realidad plantea el director y guionistas Thomas Lilti en su nueva película, Mentes brillantes. Lo bueno de esta nueva propuesta es el marco en el que desarrolla, la medicina, y que, por lo tanto, emparenta este filme con otros anteriores suyos como Hipócrates (2014) y Un doctor en la campiña (2016) pero en un terreno diferente: el de los estudiantes que aspiran a estudiar esa disciplina que desempeñan los protagonistas de los filmes citados. 

Lo curioso para un servidor ha sido comprobar cómo de una manera amena Lilti cuenta esta historia, criticando de una manera muy sutil el sistema educativo de su país al mostrar el curso que deben hacer y las horas de estudio que se deben emplear para lograr una buena puntuación y así optar a estudiar una carrera con plazas limitadas. Si un servidor buscase algo equivalente sería la lograda película española Los chicos del PREU (Pedro Lazaga 1967) donde despuntaban unos jóvenes María José Goyanes y Emilio Gutiérrez Caba a los que acompañaban veteranos como Gemma Cuervo, Alberto Closas, Mary Carrillo o José Luis López Vázquez. Eso sí, el sistema para acceder a la universidad era distinto.

Una de las bazas con las que cuenta el cineasta es, sin duda, los dos actores elegidos para encarnar a los dos desconocidos que llegan a ser grandes amigos y rivales al mismo tiempo por lo anteriormente mencionado. Además los personajes son contrapuestos y se resaltan así las distintas maneras de encarar una situación de mucho desgaste físico, emocional y mental.

Vincent Lacoste es el encargado de dar vida a un joven que se presenta una vez más a la prueba y al que le cuesta estudiar. Este joven actor (en julio cumple veintiséis años) ya trabajó con Lilti en la citada Hipócrates pero un servidor ha comprobado la verdad y versatilidad que tiene en dos ocasiones. Primero en la rom com Los casos de Victoria (Justine Triet, 2016) y en la espléndida Vivir deprisa, amar despacio (Christophe Honoré, 2018) por la que obtuvo el Premio al Mejor Actor en el Festival de Sevilla ex aequo con Pierre Deladonchamps, su compañero en el filme, por encarnar a dos homosexuales en la Francia de los años 90 del siglo pasado y que se estrenará en las salas españolas el próximo 10 de mayo, si no hay cambios, claro. Estas interpretaciones son ejemplos del gran potencial de Lacoste y que en Mentes brillantes vuelve a desplegar.

El trabajo de Lacoste se ve perfectamente complementado por el de William Lebghil, visto en la lograda comedia C'est la vie (Olivier Nakache, Éric Toledano, 2017) y que ya trabajó previamente con Lacoste en el filme Jacky au royaume des filles (Riad Sattouf, 2014). En el filme de Lilti encarna a un estudiante primerizo en este prueba selectiva que tiene la presión de tener a un padre médico pero con facilidad para los estudios. 

Por lo expuesto, Lilti plantea una relación amistosa que se inicia de una manera rápida y que comienza con sentarse uno al lado del otro, presentarse y estrecharse las manos, forjándose gracias a esa conexión mencionada antes. La evolución de esa amistad es el centro de un filme que muestra la competitividad y la dedicación al estudio. Lo bueno del filme es que las situaciones son tan cotidianas que el vocabulario sobre las asignaturas que deben estudiarse. abundando, no lastra la película, porque lo interesante es la evolución de la amistad de los protagonistas a lo largo del tiempo que dura el curso y los baches por la que ésta va pasando.

La presión externa y de uno mismo, los nervios ante las notas que están siendo puestas en los tablones, las habitaciones repletas de apuntes y libros, los métodos empleados para entender y memorizar mejor algo e incluso los estragos físicos de tanto esfuerzo. Todo esto se ve en Mentes brillantes con una narración ágil, dos actores que congenian totalmente y muy naturales, y una evolución de los personajes que se ejemplifica a la perfección en la última escena de la película con un gesto de amistad pura, como debe ser, a cambio de nada.       

miércoles, 29 de agosto de 2018

"Rodin": Más ladrillo que yeso

Ir advertido negativamente sobre algo no es motivo para no ir a verlo, pero un servidor tiene que afirmar que lo experimentado viendo la película Rodin superó, para mal, sus expectativas. Este biopic de época sobre el célebre escultor Auguste Rodin dirigido por Jacques Doillon es soporífero y lento hasta la extenuación, con episodios con elipsis abruptas y unos diálogos en torno al proceso creativo que rozan la pedantería. 

Un servidor le tenía ganas a esta película ya que los biopics sobre artistas y sus creaciones, además de tribulaciones personales, siempre le han interesado teniendo en el top 10 a la magistral Amadeus (Milos Forman, 1984) o El tormento y el éxtasis (Carol Reed, 1965) y El loco del pelo rojo (Vincente Minnelli, 1956), estas dos últimos basadas en biografías noveladas de un mismo autor: Irving Stone. Además Rodin suponía el primer acercamiento que un servidor hacía al universo del escultor y su compañera sentimental, la también escultora Camille Claudel ya que no ha visto las dos aproximaciones previas a ese mundo: La pasión de Camille Claudel (Bruno Nuytten, 1988) con Isabelle Adjani y Gérard Depardieu y Camille Claudel. 1915 (Bruno Dumont, 2013), con Juliette Binoche

Como no es justo que se hagan comparaciones con algo que no se ha visto, un servidor vuelve a lo que ha sentido viendo Rodin. La película peca de trascendental cuando el ritmo narrativo es casi nulo, siendo no ya aburrida sino tediosa y eso que los franceses haciendo películas de época son en general muy buenos como muestra La reina Margot (Patrice Chereau, 1994) o Todas las mañanas del mundo (Alain Corneau, 1991). En el caso de Rodin, Doillon opta por un tono austero casi documental pero sin alma ya que hace como si la cámara entrase en el taller del escultor para filmar mientras éste trabaja, porque eso es lo que se ve la mayor parte del metraje.
Ver trabajar al escultor es interesante de entrada pero la manera en que están rodados esos procesos hacen que los problemas que, por ejemplo, tuvo con la estatua de Balzac, importen poco o nada a medida que se visiona el filme. De igual modo los actores escogidos no es que hagan mal su trabajo pero, en primer lugar, la química entre Vincent Lindon e Izia Higelin (quienes dan vida a Rodin y Caudel) es prácticamente nula teniendo escenas supuestamente pasionales que se ven como si se viese llover.

La película, eso sí, no deja de lado temas importantes como el carácter agrio del escultor y su tempestuosa relación con las mujeres, modelos que posaban para él incluidas, además de hijos no reconocidos, una joyita como persona, vaya. El trabajo individual de Lindon no se puede calificar de malo. Un servidor lo achaca a cómo ha sido dirigido, haciendo que el personaje languidezca como el resto de la película, con una fotografía muy apagada rozando lo deprimente a cargo de Christophe Beaucarne.

Es una pena que esta sea la última película estrenada hasta la fecha de Jacques Doillon, (también autor del guión) un veterano cineasta con títulos destacados en su filmografía  como Un saco de canicas (1975) de la que se hizo recientemente un remake, o Ponette (1996) un lacrimógeno drama donde la niña protagonista se convirtió en la más joven ganadora de la Copa Volpi en el Festival de Venecia. Sin embargo, por lo expuesto Rodin es una obra llena de carencias que parece un trampantojo: Bajo la apariencia exterior de un profundo biopic de época se esconde una película lánguida.

Siempre un servidor aclara que lo expuesto es su visión y experiencia personales ante el visionado de la película en cuestión. No quiere decir que a otras personas no les guste, de ahí la subjetividad que prevalece en todas las artes.

martes, 21 de agosto de 2018

"Dos mujeres": Las vueltas que da la vida

El reencuentro con alguien del pasado del que no se tiene buen recuerdo es una prueba de fuego para muchas personas, ya que se puede reaccionar, de una manera lógica, con un rechazo visceral pero también hace que surja una comprensión y generosidad, además de una capacidad para perdonar, que puede llegar a sorprender a propios y extraños. 

Esto es lo que demuestra Martin Provost en su último largometraje estrenado, Dos mujeres (nada que ver por cierto con el filme de Vittorio De Sica por el que Sophia Loren ganó el Oscar). Actor y guionista, Provost debutó en la dirección con Tortilla y cinema (1997) protagonizada con Carmen Maura, con quien repetiría en su segunda película, El vientre de Juliette (2003). En Dos mujeres reúne en pantalla a dos grandes actrices que comparten nombre: Catherine Deneuve y Catherine Frot. Ambas dan lo mejor de sí para hacer dos retratos femeninos muy diferentes que causaron en un servidor un vaivén de emociones.

Si bien es cierto que durante más de la mitad de la película un servidor tuvo la sensación de que con el personaje de Frot bastaba para hacer una película y el personaje de Deneuve no le producía empatía, a partir de una escena donde se visionan antiguas fotos la leyenda del cine francés protagonista de Belle de jour (Luis Buñuel, 1967) o Indochina (Régis Wargnier, 1992) se ganó los afectos y la comprensión con un personaje que decide exprimir la vida ante su inminente final.

Por su parte Frot compone un personaje interesante desde el primer momento que aparece en pantalla, ejerciendo de partera como si lo hiciese en la vida real, con una seguridad y mimo en las escenas de los nacimientos complementados con los recuerdos de una mujer a la que ella ayudó a nacer y que viene a dar a luz en un momento delicado laboralmente para ella. La protagonista de Madame Maguerite (Xavier Giannoli, 2015) tiene un bombón de personaje con referencias a su pasado y a la relación con su madre que hace que se quiera saber más, incluso un servidor dir
ía que se podría hacer otra película con esta mujer y esta maravillosa actriz.

Volver a ver al personaje de Deneuve (amante de su padre y que desapareció sin dejar rastro hace años) provoca en el de Frot una desazón que intenta tímidamente disimular con amabilidad pero dejando claro que no quiere volver a tener nada que ver con alguien que le trae muy tristes recuerdos. De hecho la reprimenda que le echa en un restaurante es lo que un servidor le hubiese dicho. Pero, curiosamente, las reacciones del personaje de Frot y su evolución afectiva, uniendo poco a poco unos lazos que parecían rotos para siempre provocan la empatía que no se tenía por el personaje de Deneuve, de ahí que el guión de propio Provost y la dirección de actores sean lo bastante hábiles para esquivar los baches que podían haber hecho naufragar esta película.

El filme trata otros temas interesantes como la imposición de la modernidad y los avances médicos o las relaciones entre madre e hijo. En este aspecto destaca la interpretación del joven actor Quentin Dolmaire, quien produce un momento donde se pone de manifiesto el parecido de su personaje con su abuelo que es cuanto menos curioso. Por otro lado, ese paraje campestre y el vecino interpretado por Olivier Gourmet dan un soplo de aire a  una película que, si bien es cierto que menos metraje le hubiese favorecido, está hecha al servicio de dos actrices colosales para hablar de la vida, con sus claroscuros y sorpresas inesperadas, además de la importancia de, valga la redundancia, vivir como si cada segundo fuese el último de nuestra existencia.

jueves, 19 de abril de 2018

"Custodia compartida": Terror puro

Desgraciadamente hay personas que, sin un cambio físico motivado por causas sobrenaturales, se convierten en auténticos monstruos y hacen que la vida de personas allegadas sea un auténtico infierno gobernado por un miedo atroz. La violencia de género y el maltrato infantil siempre  han sido peliagudos de abordar en el cine. Sin ir más lejos en España se han hecho notables películas sobre este tema como El Bola (Achero Mañas, 2000), Sólo mía (Javier Balaguer 2001) y Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003). Ahora llega a las salas una ópera prima que aborda el tema con igual o más contundencia si cabe.

El actor Xavier Legrand triunfó en el Festival de Venecia obteniendo el León de Plata al Mejor Director y el Premio Luigi de Laurentis a la Mejor Ópera Prima con Custodia compartida, una historia terrorífica sobre una pareja separada en la que él es extremadamente violento y la repercusión que eso tiene en sus hijos en común, sobre todo en el hijo pequeño, y demás parientes cercanos por ambas partes. Legrand habla de un tema que no le es desconocido como cineasta, ya que habló de él con los mismos personajes en su premiado cortometraje Antes de perderlo todo (2013), de hecho contó con los mismos actores, Denis Ménochet y Léa Drucker, para encarnar a la pareja protagonista en ambos trabajos.

Legrand cuenta en hora y media, sin medias tintas, una historia, que, no por muchas veces mostrada, deja de impactar porque sabe sacarle muy bien el provecho a la mayoría de las escenas y trabaja con los actores de una manera que consigue espectaculares resultados. Ménochet, al que un servidor recuerda en un personaje totalmente opuesto en En la casa (François Ozon, 2012), y en Malditos Bastardos (Quentin Tarantino, 2009) tiene una mirada que literalmente asusta y expresa la brutalidad de su personaje en muchos momentos, destacando la escena final, donde ya se desboca. Por su parte Drucker a la que se puede ver también en El buen maestro (Olivier Ayache-Vidal, 2017), transmite con sus ojos el miedo que siente, y la intranquilidad  en la que vive y también en la brutal escena final está sobrecogedora.

Custodia compartida tiene sólidos personajes secundarios como la hermana de la mujer y los padres del hombre, que se enfrentan a la cara y directamente a lo que a otros atemoriza, pero para un servidor, quien es la estrella de la película es el niño que interpreta de manera asombrosa el debutante Thomas Gioria. No se puede expresar mejor y de manera más convincente el estado de terror en que vive ese niño con escenas de violencia verbal por parte del padre que dejan sin habla, por la tensión que se transmite y la incertidumbre de la reacción de ese ser al que quiere apartar de su vida pero la ley, incomprensiblemente, le obliga estar con él los fines de semana.

Precisamente el apartado legal y el papel de las fuerzas de seguridad también son tratados en esta película. Con respecto a la ley, con una extensa escena inicial al espectador se le muestra la falta de protección que un menor puede sufrir, al obligársele a estar con una persona violenta. Y la escena final muestra el papel de la policía en un caso de violencia o, incluso, de peligro de muerte. La forma en que se procede en estos casos demuestra que Legrand, también autor del guión, se ha documentado concienzudamente para mostrar duras situaciones de una manera completamente realista y creíble a lo que contribuye visualmente la fotografía de Nathalie Durand.

Custodia compartida, es una historia de terror que, lamentablemente, no se inventa nada, donde los monstruos no tienen cuatro patas ni particularidades físicas horribles a la vista sino que pueden estar caminando a nuestro lado sin darnos cuenta, y esta película muestra a uno de ellos.