martes, 27 de febrero de 2018

"Lady Bird": Transición vital

Hay un momento determinado en la vida en que el cuerpo cambia, las hormonas se disparan y, sobre todo, se quiere actuar como un adulto cuando aún no se es realmente. La etapa que va de la infancia a la edad adulta es una de las más complejas, sobre todo a nivel emocional. Se podría decir que Lady Bird habla de la adolescencia pero, al tener la protagonista y sus compañeros diecisiete años, sería ya una última fase de la misma.

La actriz y guionista Greta Gerwig escoge retratar este instante en la vida de una joven y mostrar situaciones muy realistas y reconocibles para su debut en solitario en la dirección de largometrajes donde se juntan las inquietudes existenciales de la protagonista con un entorno nada cómodo para ella como es cursar su último año preuniversitario en un instituto religioso. Gerwig también firma un guión que sitúa la acción en Sacramento, su ciudad natal. La actriz, en cuya carrera hay títulos como Sin compromiso (Ivan Reitman, 2011), Frances Ha (2012), dirigida por su actual pareja, Noah Baumbach, y escrita por ambos, o La sombra del actor (Barry Levinson, 2014), se muestra segura como directora de lo que quiere contar y la manera de hacerlo.

La naturalidad de las situaciones mostradas relacionadas con el amor, el sexo, la amistad, las inseguridades o el futuro académico haya en la elección de los actores un papel crucial. Gerwig da en el clavo al escoger a Saoirse Ronan para el personaje protagonista por físico y actitud. La joven actriz, que con Expiación (Joe Wright, 2007) obtuvo su primera nominación al Oscar con sólo trece años, consigue la tercera con este personaje complejo que, en primer lugar, insiste en que le llamen por el nombre que pone título a la película, dice lo que piensa y actúa según le dictan sus impulsos recorriendo un camino hacia la madurez lleno de aciertos, fallos y descubrimientos que la curten como persona. Su espontaneidad, ya que parece que no está actuando, va a favor de esa evolución. Como curiosidad, Ronan tendrá doble presencia en los Oscar pues pone la voz a uno de los personajes de Loving Vincent, nominada a Mejor Película de Animación.

Entre el joven reparto que rodea a Ronan también se encuentran dos jóvenes actores con presencia en otras películas nominadas y además ofrecen otros registros, algo siempre grato a los espectadores: Lucas Hedges, ya nominado el año pasado por Manchester frente al mar (Kenneth Lonergan, 2016) y también presente este año en la aclamada y favorita Tres anuncios en las afueras de Martin McDonagh, da vida un joven mucho más luminoso y complejo que el de la película mencionada. Un servidor no desvelará mucho sobre el personaje pero sí destaca la importancia que tendrá en la vida del personaje de Ronan. Por su parte, Timothée Chalamet, el inolvidable Elio de Call me by your name de Luca Guadagnino (papel por el que aspira al Oscar al Mejor Actor) compone un personaje que dista mucho del adolescente que se enamora de Armie Hammer en el citado título. En Lady Bird es otro joven que afectará influirá en la vida de la protagonista de una manera diferente.

Para compensar, hay una dosis de veteranía en los actores que interpretan a los padres de Ronan: Tracy Letts, aclamado dramaturgo (es autor de Agosto, que en España representaron, en un montaje de casi cuatro horas, Amparo Baró, Carmen Machi, Irene Escolar, Clara Sanchis y Alicia Borrachero entre otros, y se llevó al cine dirigida por John Wells con Meryl Streep y Julia Roberts) y actor (visto en la serie Homeland y presente en Los archivos del Pentágono de Steven Spielberg) da vida a un padre comprensivo que parece muchas veces estar entre dos aguas, su hija y su mujer, interpretada por Laurie Metcalf. Famosa por la serie Roseanne (1988-1997) cuyo personaje retomará en la continuación que se está preparando actualmente, y vista también en The Big Bang Theory, Metcalf interpreta a una madre que choca mucho con su hija pero no llega a ser una madre represora, con unas actitudes comprensibles teniendo en cuenta la situación económica que tienen.

Lady Bird, al menos a la vista de un servidor, es una película honesta y nada tramposa porque muchos de los comportamientos que se reflejan en ella son muy familiares. Todos hemos pasado por varias de las situaciones que muestra Gerwig en su película, donde la desorientación personal da paso a un descubrimiento que hace ver lo que antes se infravaloraba con otros ojos, pero tienen que pasar una serie de cosas para valorar lo que tenemos, dado por el esfuerzo de personas que nos quieren por encima de todo, como son los padres.

lunes, 26 de febrero de 2018

"Yo, Tonya": Triple axel, patinazo y caída

No todas las vidas son ejemplares y  Yo, Tonya es una prueba de ello al contar, por lo visto, con pleno consentimiento, la historia de Tonya Harding, la patinadora estadounidense, de las pocas que consiguieron hacer el triple axel, que se vio envuelta en el escándalo en 1994 cuando su máxima rival fue agredida por encargo de su guardaespaldas y amigo de su ex marido. La sombra de la implicación se cernió sobre ella hasta el punto de prohibirle que volviese a competir. 

Yo, Tonya es una película que cuenta la historia de una anti heroína de la que se muestran todos sus aspectos sin ser nada complaciente. Es una tendencia de la que se vio otro ejemplo reciente en Molly's game (Aaron Sorkin, 2017) pero sin tanta verborrea. Steven Rogers, acostumbrado a escribir historias más dramáticas como las de Quédate a mi lado (Chris Columbus, 1998) o Posdata: Te quiero (Richard LaGravenese, 2007) es autor de un guión con un lenguaje directo y lleno de tacos (se podría ver la película para contar las veces que la recurrente palabra en inglés que empieza por Fu... se repite) para evidenciar desde el principio que Tonya vive en un entorno hostil y su personalidad también es compleja. Vamos, que no es ningún angelito.

Craig Gillespie, cuyos créditos incluyen Lars y una chica de verdad (2007), Noche de miedo (2011) o La hora decisiva (2016) dirige Yo, Tonya con contundencia y sequedad, donde la violencia verbal y física están presentes prácticamente en cada escena. El resultado es una película directa donde se muestra un mundo, el del patinaje artístico de alta competición, como un servidor cree que no se ha hecho nunca. Al ser un deporte donde el entrenamiento es muy duro y sacrificado, tiene un tono, salvando las distancias, que recuerda un poco a Cisne Negro (Darren Aronofsky, 2010) pero sin el trasfondo psicológico de ésta.

Margot Robbie interpreta a Tonya con una entrega absoluta. El hecho de que también ejerza de productora de la película muestra su empeño personal por sacar adelante el proyecto, el cual la Tonya real parece haber aprobado. Si no, no se entendería su presencia en los Globos de Oro. Robbie, que saltó a la fama gracias a El lobo de Wall Street (Martin Secorsese, 2013) tras unos inicios televisivos, se vuelca para dar vida a Harding, con descaro, una lengua muy suelta y fuerza para devolver los golpes morales y físicos que recibe. A un servidor le ha parecido que Harley Quinn, el personaje que Robbie interpretaba en Escuadrón suicida (David Ayer, 2016) es homenajeado en dos escenas concretas donde Tonya sonríe con un toque de locura. El vestuario de Jennifer Johnson es destacable sobre todo en los modelos que Tonya usa para competir, llamativos pero no del todo elegantes, un factor que repercute en su carrera deportiva.

Si se sigue con el apartado interpretativo es inevitable centrarse en Allison Janney. Una vez vista la película a un servidor no le extraña que se esté llevando todos los premios y es prácticamente seguro, salvo sorpresa, que el Oscar es para ella. La manera en que interpreta a Lavona, la madre de Tonya, una mujer dominante, severa hasta sobrepasar límites, sin mostrar una pizca de amor hacia su hija (bueno y a todo el mundo que la rodea porque reparte a partes iguales insultos y malas contestaciones), es asombrosa. Janney es una actriz muy popular gracias a la serie El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006) y ha participado en películas como La tormenta de hielo (Ang Lee, 1997), Celebrity (Woody Allen, 1998), Las horas (Stephen Daldry, 2002), Juno (Jason Reitman, 2007) o Criadas y señoras (Tate Taylor, 2011). En Yo, Tonya tiene una impresionante transformación física y una actitud que deja mucho que desear (el personaje) llegando a robar y acaparar el protagonismo en las escenas en las que aparece.

Esta película, donde las versiones de los hechos que se cuentan pueden a veces ser puestos en duda por una voluntaria ambigüedad en algunos momentos, sube enteros gracias a su reparto. Sebastian Stan, el Soldado de Invierno en las tres películas del Capitán América del universo Marvel (aunque un servidor lo descubrió interpretando al Sombrerero Loco en las primeras temporadas de la serie Erase una vez) interpreta a Jeff, el marido de Tonya, con mucha credibilidad sobre todo al mostrar esa dualidad de dulzura y violencia que le caracteriza desde el principio y que conforma una relación muy tormentosa.

Pero Yo, Tonya tiene otros personajes secundarios destacados como la entrenadora de Tonya a la que da vida Julianne Nicholson, actriz con una interesante carrera televisiva que incluye importantes intervenciones en Ley y Orden: Acción criminal, Boardwalk Empire o Masters of sex. También destaca la breve aparición de la joven Mckenna Grace, (la cual conmovió a un servidor en Un don excepcional) interpretando a Tonya con doce años.

Yo, Tonya no es una película perfecta, está hecha un poco a contracorriente, pero el reparto funciona a las mil maravillas para mostrar las grandezas y, sobre todo, las miserias de personas que buscan su lugar en el mundo, pero que están algo desorientadas porque no son modelos de conducta, de ahí otro de los valores del filme: mostrar personajes imperfectos que, como por ejemplo, Tonya, acarició la gloria y cayó en picado como Icaro al acercarse demasiado al sol, pero supo reinventarse.

Por último, un servidor resalta la banda sonora que incluye desde música clásica (Las cuatro estaciones de Vivaldi) hasta conocidas canciones como una versión de Gloria de Umberto Tozzi o Romeo & Juliet de Dire Straits, colocadas en escenas concretas para transmitir diferentes sensaciones y sentimientos.     

sábado, 24 de febrero de 2018

"Cyrano de Bergerac": La hermandad de dos lenguas romances

Cuando se habla de clásicos del teatro Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand entra dentro de ese calificativo por méritos propios. Desde su estreno en 1897 su popularidad y aprecio no ha hecho más que aumentar siendo representada por los mejores actores. Hasta el séptimo arte ha sabido trasladar con acierto la historia del personaje de nariz prominente y seductor de palabra hablada y escrita, siendo las versiones de Michael Gordon de 1950, que le hizo ganar a José Ferrer el Oscar y la dirigida por Jean-Paul Rappeneau en 1990 con Gérard Depardieu y Vincent Pérez las más recordadas. Un servidor vio por primera vez esta obra representada en 2015 a cargo de la compañía Junglaria Teatro dirigida por Juan Ruesga en el marco del patio del Palacio de los Marqueses de la Algaba con Néstor Barea, Antonio Raposo, Beatriz Arjona y Nacho Gómez, entre otros

El año pasado se estrenó un nuevo montaje que ha recalado en el Teatro Lope de Vega de Sevilla, donde permanecerá en cartel hasta mañana, y que ha sido toda una sorpresa. Dirigida por Alberto Castrillo-Ferrer, de grato recuerdo para el público hispalense por el montaje de Feelgood de Alistair Beaton (que protagonizaron Fran Perea y Manuela Velasco entre otros). Castrillo-Ferrer es autor también de la versión junto a Carlota Pérez-Reverte. El resultado ha sido toda una sorpresa porque, siendo una obra en verso, se ha apostado también por el verso en la totalidad del texto, por lo que parecía que el público asistía a una obra del Siglo de Oro. Tal propuesta tiene su lógica si se tiene en cuenta que Castrillo-Ferrer se formó inicialmente en Francia, por lo que el respeto por el texto de Rostand es algo que ha tenido que estar presente en todo momento, en un ejercicio donde el francés y el español se han dado la mano y lengua original y lengua meta han sido una.
Ana Ruiz y José Luis Gil (Roxana y Cyrano) en escena                                                   Foto: Ayuntamiento de Almería

Por otra parte la versión también destaca por su apuesta por el humor sin olvidar la parte romántica-dramática de la obra, de hecho la escena del balcón y el acto final tienen un tono más diferenciado con respecto al resto. Ese humor incluye unas escenas musicales con los actores entregados al cien por cien y que casan sin dar la impresión de ser algo puesto con calzador en absoluto, sino que aumentan el humor de la obra. Por otro lado, se nota que el director confía en los actores ya que trabajó con varios de ellos en Si la cosa funciona, una versión para las tablas del filme de Woody Allen.

José Luis Gil (de quien un servidor tiene desde siempre un recuerdo desde la infancia al ser el que doblaba a Amis en la magnífica serie animada D'Artacan y los tres mosqueperros) se mete en la piel de Cyrano, tomando el testigo, a nivel nacional de, por ejemplo, José Pedro Carrión o Julio Núñez, el cual lo interpretó en el mítico espacio televisivo Estudio 1 y al que Gil admite haber admirado desde que lo vio. Gil se mete de lleno en el personaje diciendo el verso con gran soltura y desenvolviéndose con agilidad en la naturaleza tragicómica del personaje y sus encontrados sentimientos, entre el amor y la lealtad a un amigo. Por su parte Ana Ruiz interpreta a una deliciosa Roxana, con unos ojos que expresan incluso más que los versos que salían de su boca, lo cual hizo a un servidor recordar la primera vez que la vio en escena haciendo El galán fantasma de Calderón de la Barca. Álex Gadea ha sido otra sorpresa. El inolvidable Tristán de El secreto de Puente Viejo interpreta a Christian dotándole de comicidad, pues es un personaje consciente de que su galanura no está al mismo nivel que su don de palabra y esto lo demuestra en la escena a solas con Roxana, donde se evidencia que sigue necesitando la ayuda de Cyrano, y en la escena donde se percata de que ella está "enamorada" de Cyrano da con el tono justo de emoción a ese momento. Gadea además se desdobla en más personajes que no se desvelarán aquí pero el factor sorpresa también está presente.

El elenco, completado por Carlos Heredia, que hace un gran Conde de Guiche, Nacho Rubio, Rocío Calvo y Ricardo Joven muestran su versatilidad desdoblándose también en varios personajes, se muestran cómplices en el escenario y consiguen momentos cómicos que hacían surgir las risas del público.

En cuanto a la parte técnica también se ha apostado por una ambientación del Siglo de Oro, con una escenografía amoldable a cada escena obra de Alejandro Andújar y Enric Planas y que era una delicia ver en qué se iba transformando en las transiciones además de servir de pantalla para unas proyecciones, de Manuel Vicente, que situaban perfectamente en tiempo y en espacio a los espectadores, además de servir de reflejo del papel de Cyrano en la escritura de una de sus cartas, todo un acierto. Por su parte la ambientación está muy lograda gracias al vestuario de Marie-Laure Benard, la iluminación de Nicolas Fitschel y la música de David Angulo. La escena del balcón es hermosa en composición y en dirección gracias a la conjunción de todos los elementos citados y alos actores que en ella intervienen por supuesto.

Un montaje, en resumen, que hizo las delicias del público y de un servidor que aplaudimos con entusiasmo, será por algo. 

viernes, 23 de febrero de 2018

Alaska: "Las canciones de 'El amor sigue en el aire' son excusas para seguir contando cosas"

Alaska ha sido y es una de las artistas más polifacéticas del panorama cultural. A su faceta como cantante, gracias a la que ha dejado varios temas grabados en la memoria colectiva desde los años 80, se une la de actriz, una experiencia de cuyos primeros ejemplos está su intervención en la ópera prima de Pedro Almodóvar, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) y a Sevilla llega hoy para poder verla en su último trabajo en esta faceta, la comedia musical El amor sigue en el aire versión aumentada de El amor está en el aire que protagonizaron Manuel Bandera y Bibiana Fernández y donde Alaska comparte escena con ellos y con Mario Vaquerizo. 

El amor sigue en el aire llega al Auditorio BOX de la Isla de la Cartuja para hacer reír a los espectadores hoy, y mañana con doble función. Escrita y dirigida por Félix Sabroso se despide de su gira en la capital hispalense. Alaska concedió una entrevista a El Rinconcillo de Reche para hablarnos de aspectos de este espectáculo donde el amor es el protagonista. Como siempre digo, pasen y lean.


Pregunta: ¿Cómo llega a formar parte de El amor sigue en el aire?


Alaska: Nosotros ya éramos fans de El amor está en el aire. Antes de que nos ofreciesen participar en ella, Mario como mínimo la había visto seis veces seguro y yo tres o cuatro. Sabíamos que nos gustaba y cuando te proponen participar en algo que conoces y que te gusta siempre es más fácil que te apetezca hacerlo. También confiamos mucho en Félix Sabroso cuando nos dijo cuando nos dijo que iba a escribir algo que iba a estar bien y que podíamos hacer. Eso fue lo que nos animó. Se nos pregunta mucho si trabajar con amigos también anima y eso nunca se sabe. Por un lado nos apetecía mucho trabajar mucho con Bibiana y con Manuel pero no nos imaginábamos que sería una experiencia tan estupenda. Nos ayudaron mucho, junto con Félix, a integrarnos en un espectáculo que era de ellos y nos lo pasamos muy bien.

P.: Félix Sabroso es muy conocido como director de cine ¿qué destacaría de su experiencia con él en este espectáculo?

A: Nunca le había visto dirigir con anterioridad. Es un director muy relajado, algo que yo agradezco porque yo no creo que pudiese trabajar bien con alguien con tensión  me dijese las cosas mal. Él te las dice tranquilo, pero te las dice. No agobia y da unas directrices muy claras de lo que quiere, lo cual es muy importante a la hora de entenderse trabajando. Nos ha ayudado el hecho de que haya escrito unos personajes para nosotros contrarios a lo que somos Mario y yo. Porque hacer de uno mismo siempre es más difícil. Son personajes antagónicos. El mío, Carlota es muy bruta a la hora de decir las cosas. No es nada calmada y su tono de voz está siempre arriba. Sin embargo, Mario interpreta a Paco: es caradura, hippie, muy tranquilo. Eso ayuda mucho porque estás jugando a crear a unas personas que no se parecen a nosotros. Alejarte lo que más se pueda de cómo es uno mismo siempre es mucho mejor. Es más fácil hacer una caricatura de otra persona que no se parezca a ti que de ti  mismo. Mario, por ejemplo, estaba acostumbrado a hacer de sí mismo en ocasiones anteriores, tanto en los programas de televisión en los que ha trabajado como en la ficción, como en La que se avecina. Y este espectáculo ha sido la primera vez en la que ha tenido que enfrentarse a un guión y a un personaje, porque era parte del reto, y estamos encantados.

P.: Estamos acostumbrados a ver producciones musicales provenientes del extranjero, que son maravillas, pero el hecho de que sea un espectáculo concebido en España es un aliciente ¿no?

A.: Implica otras cosas. No es un musical en el sentido  de que los actores nos levantamos de repente y nos ponemos a cantar. Lo que ocurre es que las canciones están presentes a lo largo del espectáculo y se canta en directo, pero ellas en el fondo continúan siendo el guión. Son excusas para seguir contando cosas, para que un personaje le diga a otro lo mucho que le quiere o lo harto que está de él o las ganas que tiene de perderle de vista. Es, como usted ha dicho, una obra original, escita, dirigida y montada en España y no tiene comparación por otra precisamente por eso.

P.: Con respecto al argumento, tiene una estructura peculiar... 

A.: La obra acaba un poco como empezó porque quiere transmitir la idea de que el amor es un círculo: te enamoras, te desenamoras, te separas, vuelves a encontrar el amor con otra persona o con la misma. Siempre se vuelve al mismo punto: la ilusión, el empezar de nuevo y la historia cuenta eso: cómo se va pasando por todas las etapas del amor y eso engancha al público porque conocemos todas, la de los nervios del principio y la del aburrimiento del final. Todos hemos pasado por todas en distintos momento de nuestra vida. Ahí es donde cada uno se reconoce.

P.: ¿Que le diría a los lectores de El Rinconcillo de Reche para que vayan a ver El amor sigue en el aire?

A.: En realidad no hay una razón específica para ver un espectáculo, escuchar una canción o leer un libro. Tiene más que ver con el placer de poder compartir con otras personas que van a estar ahí. Esos momentos en lo que puede que te pongas a pensar en un tema en el que no te habías pensado antes, vas a escuchar canciones que seguramente conoces y puede que descubras alguna que desconocías. Vas a ver a cuatro personas que conoces por las revistas o por la televisión, interpretando a unos personajes, algo que es distinto y, sobre todo, la experiencia de ir a un teatro, como la de ir a un concierto no se puede comparar con nada. Una película puede verse en casa, en el cine, se lee solo. Los espectáculos en directo no tienen comparación. Como tampoco lo tiene reírse o llorar sentado al lado de otras personas y, sólo por eso, vale la pena.  

FOTOS: JAU FORNES

jueves, 22 de febrero de 2018

"Deber cumplido": Traumas y remordimientos

La experiencia de ir a una guerra tiene que impresionar sí o sí. Por muy dura que sea una persona, es una situación tan anómala, que tiene que marcar a fuego de alguna manera. El cine ha hecho obras maestras sobre los desastres de las contiendas bélicas y la vuelta a casa de los combatientes, siendo para un servidor Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946) y El Cazador (Michael Cimino, 1978) dos de las más contundentes y logradas sobre el tema. Si la primera se centraba en la Segunda Guerra Mundial y la segunda en la Guerra de Vietnam (muy apegadas ambas a cuando tuvieron lugar), la Guerra de Irak centra la atención de Deber cumplido

Basándose en hechos reales y, concretamente, en un libro escrito por David Finkel, Jason Hall escribe el guión de su ópera prima tras centrar estos años anteriores en la actuación y en la escritura, firmando él los guiones de tres filmes tan dispares como American Playboy (David Mackenzie, 2009), El poder del dinero (Robert Luketic, 2013) y El francotirador (Clint Eastwood, 2014).

Hall apuesta por una historia contenida con pequeños pero efectivos golpes de efecto contando la experiencia de tres hombres que vuelven a sus hogares con sus familias, con el recuerdo de lo que allí vivieron les persigue. La elección del reparto es uno de los aciertos del filme, por escoger a actores jóvenes que no son súper estrellas, lo cual hace aún más realista lo que se cuenta.

De todos, Miles Teller es el que tiene un mayor protagonismo. El protagonista de Whiplash (Damien Chazelle, 2014) hace un gran ejercicio de contención para dar vida a un sargento lleno de culpa y arrepentimiento por dos episodios concretos de los que se siente responsable y que afectaron a terceras personas. Se nota una naturalidad sobre todo en su actitud, que resulta bastante creíble y la visita a uno de los afectados es uno de los momentos más emotivos de la película, donde se exalta la camaradería y la amistad. Por otro lado su aparente normalidad se va resquebrajando, necesitando ayuda pero anteponiendo el bien de los que le rodean antes del suyo propio. Teller demuestra en este filme que va con paso firme en su carrera. Su esposa es interpretada con idéntica naturalidad por Haley Bennet, vista en títulos como el remake de Los siete magníficos (Antoine Fuqua, 2016) o La chica del tren (Tate Taylor, 2016).

El segundo foco de atención está puesto en otro combatiente interpretado por Beulah Koale, actor de trayectoria mayoriariamente televisiva. En este caso sirve para poner de manifiesto las secuelas a nivel psicológico que una guerra puede acarrear y las dificultades que provocan en la vida diaria. Keisha Castle-Hughes, a la que conocimos desde niña por su debut en el cine, Whale rider (Niki Caro, 2002), que le proporcionó una nominación al Oscar, interpreta a su mujer. Vista en Juego de Tronos como una de las chicas guerreras de Dorne, ha demostrado el paso a la edad adulta con creces y en Deber cumplido le dan la oportunidad de mostrar la ternura y el miedo por las reacciones de su marido.

Deber cumplido cuenta con una lograda fotografía de Roman Vasyanov en cuyos créditos se encuentran Escuadrón suicida (David Ayer, 2016) o Bright (David Ayer, 2017) y música de Thomas Newman, que ostenta un record nada agradable: 14 nominaciones al Oscar sin premio, por cierto.

Sin ser la gran película del año Deber cumplido se deja ver y es muy realista a la hora de mostrar las secuelas de una guerra en hombres que están rotos por dentro y que, contradiciendo la sobada premisa de que un hombre de verdad no debe ni mostrar debilidades ni llorar se nos muestra a personas llenas de miedos y que necesitan ayuda, mientras otros, por desgracia, no pueden soportar la presión. Así somos los seres humanos sin distinción de sexo.    

martes, 20 de febrero de 2018

"The Party": Tengo algo que anunciar

En las reuniones de familiares o amigos pueden pasar muchas cosas y muchas de ellas las ha reflejado el cine: veladas cordiales y sin sobresaltos es lo menos frecuente. Muchas veces se han utilizado para hablar del paso del tiempo y de los distintos problemas de una generación como ocurría en Beautiful girls (Ted Demme, 1995). Otras veces se ha variado el motivo: el entierro de un amigo como en Reencuentro (Lawrence Kasdan, 1983) o la reunión de antiguos compañeros de estudio como en Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992).

Pero las películas que mayor potencia tienen son aquellas en las que estos eventos entre personas que se conocen desde hace tiempo acaban como el rosario de la aurora, creándose un clima de tensión que estalla, generalmente por el descubrimiento de verdades muy incómodas. por algo que se anuncia y que coge por sorpresa a los reunidos. Celebración (Thomas Vinterberg, 1998), por ejemplo, destapaba un terrible secreto familiar en medio de un cumpleaños y la reciente Perfectos desconocidos (Alex de la Iglesia, 2017) lo hacía a través de un juego que dinamitaba las relaciones de varias parejas.

Por todo lo expuesto The Party podría decirse de entrada que es otra más dentro de este particular tipos de películas, pero la directora y guionista británica Sally Potter, responsable de títulos como La lección de tango (1997), Vidas furtivas (2000) u Orlando (1992), en la que adaptaba la novela de Virginia Woolf, le aporta a su nuevo largometraje una serie de elementos que la hacen atractiva y algo diferente, lo cual siempre es un plus. 

Para empezar, llama la atención la duración: 71 minutos, créditos iniciales y finales incluidos, con lo que lo que es la historia que se cuenta dura algo más de una hora. Eso es ir al grano y recuerda en este aspecto concreto a Un dios salvaje (Roman Polanski, 2011) de apenas ochenta minutos de duración donde se trasladaba a la pantalla la obra de teatro de Yasmina Reza que un servidor vio sobre las tablas de la mano de Aitana Sánchez-Gijón, Maribel Verdú, Pere Ponce y Antonio Molero.

Por otro lado, la ubicación, la manera de rodar y el uso de la impecable fotografía en blanco y negro de Aleksei Rodionov, quien ya trabajó con Potter en la citada Orlando y en Yes (2004), da a The Party un claro aire de cine independiente en su mejor vertiente, donde la atención está puesta en los diálogos y, por supuesto, en los siete magníficos actores con los que Potter cuenta para dar vida a unos amigos con variadas situaciones sentimentales y vitales. Lo bueno del guión es que se guarda varios ases en la manga y un personaje ausente tiene una crucial importancia.

La reunión en casa de un matrimonio para celebrar que la mujer ha sido designada para un importante cargo político es la excusa para que se presenten una serie de personajes donde la sinceridad, las dudas y los excesos se dan la mano. En la costumbre de no desvelar demasiado un servidor se va a centrar en los actores: la siempre elegante Kristin Scott Thomas (a la que se ha visto recientemente encarnando a la esposa de Winston Churchill en El instante más oscuro) interpreta a la mujer que convoca la reunión pero su anuncio es eclipsado por otro, el de su propio marido, encarnado por Timothy Spall, quien protagonizó la aclamada Secretos y mentiras (Mike Leigh, 1996) otro filme donde una reunión familiar estallaba de una manera como pocas veces un servidor ha visto y una verdad desconocida hasta ese momento desencadenaba otras.

Spall sorprende a sus amigos y a su mujer al hacer dos revelaciones y que se salga otra a la luz, las cuales salpican a los demás de una manera o de otra. Esto hace que el personaje de Scott Thomas reaccione de manera violenta pero, y este es uno de los valores del filme, no es un personaje lineal sino que está lleno de aristas, contradicciones y reacciones viscerales y eso es algo que la protagonista de El paciente inglés (Anthony Minghella, 1996) lo transmite perfectamente deparando una sorpresa final.

En el reparto vuelven a coincidir, tras La Librería (Isabel Coixet, 2017) Patricia Clarkson y Emily Mortimer, ésta última vista también en El sentido de un final (Ritesh Batra,2017). Clarkson da vida al personaje más irónico y molesto del grupo por su tremenda sinceridad y un cierto desencanto con la condición humana y, como se suele decir, reparte y tiene para todos, causando constante desconcierto. Mortimer sorprende con otro registro, el de una lesbiana pareja del personaje de Cherry Jones que también tiene algo que anunciar. Sin embargo, uno de los anuncios que hace Spall pone contra las cuerdas esa relación. Bruno Ganz (inolvidable en El Hundimiento) da vida a un alemán marido del personaje de Clarkson que suele exponer sus ideas sobre temas trascendentales, lo cual choca con la perspectiva de su mujer y la de sus amigos. Finalmente, Cillian Murphy (el año pasado también Dunkeque y en la serie Peaky Blinders) puede ser el personaje más excesivo desde que aparece en pantalla por sus acciones y arrebatos pero deja ver la amargura que guarda dentro.

The Party lleva al extremo algunos acontecimientos y tiene una estructura circular cuya última frase antes de fundir en negro depara la última sorpresa de un guión escrito a base de algunas situaciones ya vistas pero con un toque diferente. Como un plato que se ha servido siempre con sal pero, por poner un ejemplo, se la da un toque de guindilla.  

lunes, 19 de febrero de 2018

"La forma del agua": La fascinación por lo extraordinario

Guillermo del Toro ha demostrado desde sus comienzos que es un hombre al que la fantasía le rezuma por los poros de su piel. Su nueva película, La forma del agua, es otro ejemplo de ello, evidenciando, además, que puede desplegarla en distintos géneros y contextos: el cuento gótico (La cumbre escarlata, 2015), historias de fantasmas (El espinazo del diablo, 2001) o la imaginación para huir de una realidad horrible (El laberinto del fauno, 2006).

En el caso de La forma del agua (título idéntico, por cierto, al de la primera novela del escritor  italiano Andrea Camilleri protagonizada por el comisario Montalbano) se adentra en el contexto de la Guerra Fría para contar una peculiar historia de amor y de espionaje. Un servidor no puede negar que esta película tenga sus valores pero, bajo su punto de vista, trece nominaciones a los Oscar es algo excesivo.

El filme a nivel técnico es impecable con una gran transformación de Doug Jones en la criatura marina, una fotografía del danés Dan Laustsen prodigiosa, en una nueva colaboración con Del Toro tras Mimic (1997) y la mencionada anteriormente La cumbre escarlata. De igual modo la dirección artística de Nigel Churcher logra transportar al espectador a esos años sesenta donde la carrera espacial era una obsesión para rusos y estadounidenses. Sin embargo, la atmósfera no dejó de resultar a un servidor algo familiar, siendo el universo visual desplegado por Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro en filmes como Delicatessen (1991), La ciudad de los niños perdidos (1995), ésta última precisamente protagonizada por Ron Perlman (actor que ha trabajado con Del Toro en las dos películas de Hellboy y en Pacific Rim) o ya Jeunet en solitario en Amelie (2001), el primero que le vino a la cabeza, aunque se desarrollen en épocas diferentes. 

Se puede pensar en varias influencias en el guión de Del Toro y Vanessa Taylor, como la confesa por el director mexicano, de La mujer y el monstruo (Jack Arnold, 1954) así como un servidor vio referencias a Un, dos tres...Splash (Ron Howard, 1984) en la parte final y hasta de Atame (Pedro Almodóvar, 1989) en las escenas de autocomplacencia de la protagonista. Estos pueden ser homenajes pero, y aquí ya nos adentramos en terreno pantanoso, un servidor ha visto el corto holandés The space between us (Marc S.Nollkaemper, 2015) por el que a Del Toro se le acusa de plagio y se puede afirmar que esa acusación está fundada por argumento, escenas concretas y la apariencia de la criatura, con la salvedad de que el corto está ambientado en un futuro apocalíptico.

Finalizando esta espinosa cuestión, La forma del agua se puede decir que habla de la fascinación por lo extraordinario, de ahí el título de la crítica. Es un cuento oscuro con destellos de luz donde la maldad campa alrededor de los protagonistas, y la criatura, es deseada con fines oscuros por los mencionados países mientras que la protagonista se enamora literalmente de ella. También es una película que habla de seres que son o marginados u olvidados por la sociedad, como evidencia el personaje de Richard Jenkins (nominado al Oscar) o las características de la pareja. Son dos seres muy diferentes que encuentran en el otro un alma gemela, no sólo un medio de saciar sus ansias de amor y sexo.

Con respecto a las interpretaciones un servidor ve una injusticia que Michael Shannon no haya sido nominado al Oscar. Su personaje es complejo, particular, con un punto sado masoquista que lo convierte en un gran villano y su interpretación le da mil vueltas a la de Octavia Spencer, nominada por un personaje correcto, que ayuda a la trama pero que no es nada del otro mundo.

Sally Hawkins es una actriz polivalente en películas de época como Jane Eyre (Cary Fukunaga, 2011) o Grandes Esperanzas (Mike Newell, 2012) y contemporáneas como Blue Jasmine (Woody Allen, 2013) y Happy, un cuento sobre la felicidad (Mike Leigh, 2008), nuevo trabajo a las órdenes del director de El secreto de Vera Drake (2004). Su personaje en La forma del agua está interpretado con sutileza y dureza al mismo tiempo porque tiene una fragilidad exterior pero esconde una determinación muy potente, que evidencia en sus acciones. La manera en que se expresa en lenguaje de signos es muy creíble y la escena en que le cuenta de esa manera al personaje de Richard Jenkins las razones por las que conecta con la criatura es sencillamente enternecedora porque le está abriendo su corazón de una manera que antes da a entender que no lo había hecho, por la reacción de él. Si ganase el Oscar, seguiría la senda de Jane Wyman por Belinda (Jean Negulesco, 1948), Marlee Matlin por Hijos de un dios menor (Randa Haines, 1986) y Holly Hunter por El Piano (Jane Campion, 1993).

Por otro lado sorprende el carácter camaleónico de Michael Stuhlbarg, presente en otras dos películas nominadas al Oscar este año: Call me by your name de Luca Guadagnino y Los archivos del Pentágono de Steven Spielberg. No pueden ser personajes más diferentes y demuestran su versatilidad. En La forma del agua, tiene un papel con riesgos por lo que sufre interna y externamente y, como en las dos películas mencionadas, está sublime.

La forma del agua tiene ese aire de fábula o cuento de hadas algo siniestro donde curiosamente los pasajes bíblicos tienen una constante presencia, con un motivo no demasiado claro. La analogía de la historia de Sansón sí la explica el personaje de Shannon en uno de los momentos donde expresa su maldad en su más alto grado pero otras no están tan explícitas. Que proyecten en un cine La historia de Ruth (Henry Koster, 1960) no tiene una clara razón pero si alguien da con la analogía un servidor lo agradecerá. En resumen, es una buena película pero no tanto como los académicos la han valorado, Del Toro las ha hecho mejores.      

domingo, 18 de febrero de 2018

"La Ternura": La isla de los cómicos enredos

Alfredo Sanzol es uno de los nombres propios de peso en el teatro de este país. Galardonado con el Premio Nacional de Literatura Dramática por La Respiración un servidor no dudaría en volver a dárselo por La Ternura, la obra que se ha representado este viernes y sábado en el Teatro Central de Sevilla porque si la tuviese que definir con dos palabras no lo dudaría: Una delicia.

La Ternura y Sueño de Andrés Lima (que también se vio en el citado teatro hispalense) son fruto de un nuevo trabajo de investigación de Teatro de La Ciudad (productor junto a Teatro de La Abadía). Si el anterior proceso sobre la tragedia griega dio como resultado los notables montajes de Medea (dirigida por Lima), Antígona (con dirección de  Miguel del Arco) y Edipo Rey (Sanzol), el actual, centrado en las comedias de William Shakespeare, han dado como resultado los títulos citados al inicio de este párrafo. 

Centrando la atención en La Ternura, Sanzol (quien también dirigió el año pasado La dama boba de Lope de Vega con varios de los integrantes de la última promoción de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico en el Teatro de La Comedia) escribe una historia donde las comedias del autor de Romeo y Julieta están presentes, mencionándose durante la función títulos como Mucho ruido y pocas nueces o Como gustéis entre otras. Pero la virtud del autor y director de En la luna es el de haber creado una comedia de época ejemplar. 
Un instante de La Ternura donde se aprecia su belleza visual                                                             Foto: Luis Castilla          
Con seis actores en estado de gracia y un esmerado trabajo de dirección, La Ternura plantea una particular guerra de sexos con tres mujeres que van a una isla supuestamente desierta huyendo de los hombres hallando, sin saberlo de antemano, claro está, a tres hombres que la habitan huyendo del contacto con las mujeres. A partir de aquí el enredo está servido con confusiones amorosas y sexuales, planes para solucionar situaciones con resultados inesperados, magia y disfraces. Todo ello no produce otra cosa que carcajadas y disfrute. La dramaturgia de Sanzol contiene una clara referencia a una costumbre en el teatro de la época de Shakespeare pero a la inversa: aquí las mujeres se visten de hombres como hacía Gwyneth Paltrow  en Shakespeare in love (John Madden, 1998) lo cual es uno de los principales motivos de los equívocos de la La Ternura.

Sanzol escribe con soltura e ingenio ya que las situaciones que se suceden tienen una comicidad clara desde el principio, con réplicas, apartes y soliloquios con mucha chispa. Por poner un ejemplo, una enumeración de alimentos provocó, cuando acabó, el aplauso del público. Como un servidor ha reiterado en muchas ocasiones, para llevar un texto a buen puerto se necesitan unos buenos actores que den vida a los personajes. En esta ocasión cuenta con los cinco actorees que, para no ir muy lejos en el tiempo, protagonizaron el citado montaje de Edipo Rey: Paco Déniz, Natalia Hernández, Elena González, Juan Antonio Lumbreras y Eva Trancón. A ellos se suma Javier Lara a quien un servidor nunca había visto actuar y que le ha sorprendido gratamente. Todos y cada uno de ellos tienen momentos en solitario o en grupo donde hacen gala de una gran vis cómica y llevan el ritmo de la función como un reloj suizo, lo que también demuestra el gran director que es Sanzol.

El amor, la atracción, la sexualidad y los instintos son parte esencial de La Ternura, como ejemplo de la propia condición humana y, en ese sentido, las reacciones de Paco Déniz (quien también protagoniza un momento divertidísimo interpretando a otro personaje que se ha "disfrazado" de él con una sincronización de voces espectacular) ante una atracción hacia otro "hombre", son de lo más graciosas así como la conducta por la inexperiencia del personaje de Javier Lara ante su desconocimiento de lo que es una mujer. Un servidor no dice más porque no desea destripar el argumento de la joya que es La Ternura.
Los actores de La Ternura en uno de sus muchos cómicos momentos                                                 Foto: Luis Castilla

A la ingeniosidad del texto, la acertada dirección y las frescas interpretaciones de todo el elenco hay que sumar los logros en el apartado técnico, comenzando por el llamativo y hermoso vestuario de época de Alejandro Andújar, donde todo está pensado, pues los nombres de los personajes femeninos corresponden al color de sus respectivos vestidos y los colores de la vestimenta masculina sirven a las mujeres para identificar a cada uno de ellos. Andújar también es el creador del espacio escénico: unos hermosos telones con aberturas para fomentar el juego cómico de entradas y salidas contantes de los personajes, mientras que el espacio central está vacío al modo del teatro de la época isabelina, representando distintos lugares con pocos elementos. Por otro lado, la iluminación de Pedro Yagüe potencia la belleza del espacio escénico y la música de Fernando Velázquez ubica temporalmente aún más al espectador.

De la representación de La Ternura sólo se puede salir con una sonrisa en los labios, porque, aparte de bucear en el universo cómico de Shakespeare, al espectador se le ofrece un espectáculo hermoso para la vista y divertido. Sanzol da así otra muestra de su maestría como dramaturgo y director de escena con calificación de Matrícula de Honor.   

sábado, 17 de febrero de 2018

"El caballero de Olmedo": La leyenda se hizo carne y verso

Los artistas se inspiran en todo lo que les rodea para realizar sus creaciones. Lope de Vega no es una excepción. El autor de clásicos indiscutibles del teatro como Fuenteovejuna, El perro del hortelano, La dama boba, La moza del cántaro o El castigo sin venganza, se inspiró en unos populares versos  sobre un luctuoso suceso acaecido a comienzos del siglo XVI, que había adquirido ya un carácter legendario, para componer otra de sus obras maestras: El caballero de Olmedo.

El director Eduardo Vasco, tras hacer logrados montajes de obras de William Shakespeare como HamletNoche de Reyes, Otelo, El mercader de Venecia o Ricardo III vuelve con Noviembre Teatro a la obra del prolífico autor español como ya hiciera hace unos años con los montajes de La fuerza lastimosa, No son todos ruiseñores y La bella Aurora. 

Vasco demuestra con este nuevo montaje algo que es bastante reseñable: Posee un estilo propio en cuanto a la puesta en escena que ya uno lo identifica como suyo con una compañía de actores que interactúan y colaboran en el transcurrir de la acción, no sólo diciendo los versos como los ángeles, sino moviendo la escenografía, evidenciando que es un director que apuesta por esa manera de representar a la antigua usanza: poco decorado, pero bien aprovechado, y que la imaginación del espectador complete el lugar donde se desarrollan las distintas acciones.
Daniel Albaladejo interpreta al trágico galán de la obra                                                                                 Foto:Chicho

Este montaje de El caballero de Olmedo bebe de los distintos géneros que contiene la obra de Lope: Tradición popular, amores, celos y muerte augurada ya desde el principio pero que no resta interés a la obra sino todo lo contrario, se desea saber cómo se llega a ese trágico final. También es curioso el juego metaliterario que la obra contiene sobre todo con respecto a algunos parecidos razonables con La Celestina, siendo Fabia, interpretada por la maravillosa Charo Amador, un pariente próximo de ese famoso arquetipo que se remonta en la tradición española a la Trotaconventos de El libro de buen amor del Arcipreste de Hita. Elementos como una cadena o una banda recuerdan a elementos de la obra maestra de Fernando de Rojas donde este personaje se consagró.

Por otro lado destaca el hecho de que los versos de Lope suenan que son una delicia en la boca de los actores, algo indispensable en una obra de estas características, lo cual Vasco trabaja a conciencia con un elenco curtido en mil batallas con el verso gracias a sus dilatadas trayectorias. Daniel Albaladejo, tras las dos obras de Juan Mayorga que ha protagonizado (La lengua en pedazos y Reikiavik) asume el rol protagonista, Don Alonso, con una seguridad aplastante: dice el verso con una naturalidad que embelesa y lo impregna del sentimiento adecuado en cada momento. Además,  su imponente planta, le ayuda a asentarse como el galán trágico que encarna en esta ocasión. Albaladejo está muy bien acompañado por el Tello interpretado por Arturo Querejeta, que combina con acierto la comicidad y la picaresca que se le asocia al criado del galán con el dramatismo de la parte final.
Daniel Albaladejo y Arturo Querejeta en la función                                                                          Foto: Gerardo Sanz

El objeto de deseo de Don Alonso, Doña Inés, está interpretado por Isabel Rodes, quien dota a su personaje de emoción  para justificar su enamoramiento (inducido por Fabia en un primer momento) y el hecho de que se preste a las proposiciones necesarias para que su amor triunfe hace que entre en el enredo cómico que tiene esta obra. La belleza de Rodes, por otra parte, hace comprensible que Don Alonso se enamore de Doña Inés, la cual comparte sus inquietudes con Doña Leonor interpretada por Elena Rayos, quien dota a su personaje de gracejo y buenos sentimientos.

Por su parte Fernando Sendino dando vida a Don Rodrigo destaca por esa transformación que se ve en el personaje a lo largo de la función, pasando de enamorado a celoso y de ahí a villano, un arco emocional que Sendino muestra claramente por su experiencia en las tablas. Sendino está bien acompañado por Rafael Ortiz como Don Fernando, el cómplice de sus andanzas. Ortiz tiene el denominador común de sus compañeros mencionados, además de Antonio de Cos y José Vicente Ramos, quienes completan el elenco: dicen el verso con una claridad que es de agradecer y si un servidor insiste en este asunto es porque lo considera vital si se quiere representar a un autor del Siglo de Oro.

En los aspectos técnicos además de la mencionada escenografía, de Carolina González, un servidor destaca el vestuario de Lorenzo Caprile, con una hermosa gama de colores: del negro de Don Alonso, con un acierto como es el sombrero, pasando por el rojo de Inés o el verde de Leonor o la mezcla de tonalidades en la vestimenta de Fabia, por ejemplo. La luz de Miguel Ángel Camacho es un elemento esencial, con esos claroscuros y sombras que se proyectan, apuntando en todo momento el momento trágico que ocurrirá al final complementado con el espacio sonoro del propio Vasco.
Elena Rayos, Charo Amador e Isabel Rodes o Doña Leonor, Fabia  y Doña Inés                              Foto:Gerardo Sanz


El caballero de Olmedo, hasta mañana en el Teatro Lope de Vega de Sevilla es una obra que hacía tiempo que no venía a la capital hispalense, por eso una vez más un servidor da las gracias a los componentes de Noviembre Teatro por seguir apostando por los clásicos y acercarlos al público de la manera brillante con la que lo llevan haciendo muchos años.    

lunes, 12 de febrero de 2018

"The Florida Project": La mirada de los inocentes

La cara menos amable de la vida o la menos complaciente ha dado lugar a películas estimables, con una española, Barrio (Fernando León de Aranoa, 1998), como contundente ejemplo. La lucha por sobrevivir es una fuente inagotable de inspiración y, precisamente, el cine independiente, es el que más veces la ha mostrado de manera más certera.

The Florida Project, dirigida, escrita, producida y editada por Sean Baker, es el sexto largometraje de éste y, en opinión de un servidor, tiene elementos potentes pero carece de algo, llámese emoción o fuerza, para conmover.

Las peripecias de de una madre y una hija que se hospedan a las afueras de Disney World tiene en la  dirección de los niños protagonistas uno de sus aciertos, ya que muestra cómo éstos no son conscientes de la precaria situación en la que viven porque la pureza de su perspectiva hace que todo, hasta lo más insignificante, se convierta en una aventura como ocurría también en La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977) o La vida es bella (Roberto Benigni, 1998), donde realidades vividas directamente, o cuyas consecuencias flotan en el ambiente, son vistas como un juego por la mirada limpia infantil. En ese sentido el filme de Baker hace pocas concesiones porque ese mundo idealizado se resquebraja de una manera drástica en el tramo final de la película.

El bache del guión es que muestra esbozos de vida de los habitantes del edificio donde viven los protagonista centrando la atención en las aventuras de los más pequeños pero sin dejar de mostrar las duras situaciones económicas y personales de los adultos, pero sin ahondar. No hay que quitar mérito a la propuesta pero a un servidor le ha parecido ver una especie de continuación de American Honey (Andrea Arnold, 2016) con la protagonista adulta con un presente ya precario y unas pésimas perspectivas de futuro, pero siendo madre en esta ocasión. 

La película sí logra transmitir ese ambiente decadente, rozando en algunos casos la marginalidad, que contrasta con el mundo de ensueño del emblemático parque temático del creador de Mickey Mouse, el Pato Donald o Goofy. Algo a lo que la fotografía de Alexis Zabe ayuda notablemente porque eso sí, realismo transmite por los cuatro costados.

Con respecto a las interpretaciones, aparte de los niños, destaca la de la debutante Bria Vinaite, como la mencionada madre y Willem Dafoe, que ha obtenido una nominación al Oscar como Mejor Actor Secundario por este filme. Sin dejar de reconocer que es de lo mejor de la película el protagonista de títulos como Platoon (Oliver Stone, 1986), El paciente inglés (Anthony Minghella, 1996) o La sombra del vampiro (E. Elias Merhige, 2000) se luce mucho más en esta película que en la nueva versión de Asesinato en el Orient Express (Kenneth Branagh, 2017) pero no está para ser nominado.

The Florida Project presenta una serie de momentos que parecen casi repetidos varias veces y, cuando presenta una mínima posibilidad de que puede tomar otro rumbo interesante, se queda a mitad de camino. Sólo el final, tratado miles de veces en el cine, aunque con un matiz emotivo por parte de la niña a la que da vida Brooklynn Prince, tiene un poco de más fuerza que el resto del metraje. 

martes, 6 de febrero de 2018

"El hilo invisible": Costuras visibles

Desde siempre, auténticos genios en muchos campos han mostrado incluso en público ser un tanto peculiares. A un servidor se le viene a la cabeza Dalí como claro ejemplo de ello. Las manías, la obsesión por la perfección, el deseo de ser el número uno o una personalidad excéntrica son algunas de sus características. El cineasta Paul Thomas Anderson, que empezó a llamar la atención con su segundo largometraje, Boogie Nights (1997) y se consolidó con Magnolia (1999) juega con las nociones mencionadas para escribir y dirigir su último largometraje hasta la fecha, El hilo invisible, centrada en un modisto genial pero con comportamientos excéntricos.

A Anderson no se le puede reprochar su gusto a la hora de rodar y ambientar. Muchos de los planos de esta película, ambientada en los años 50 del siglo pasado, son de gran belleza y exquisitez. No es de extrañar que entre sus seis nominaciones al Oscar se encuentre la de Mejor Vestuario, obra de Mark Bridges, quien ya lo ganó por The Artist (Michel Hazanavicius, 2011) y consiguió otra nominación por su anterior colaboración con Anderson, en Puro vicio (2014). 

Sin embargo, y esto que viene a continuación es una opinión personal de un servidor, el guión, tiene, como dice el título de la crítica, costuras muy evidentes. Lo primero que llama la atención es la actitud de la protagonista, a la que da vida la actriz luxemburguesa Vicky Krieps, vista recientemente en El joven Karl Marx (Raoul Peck, 2017). Su entrada en la vida del modisto interpretado por Daniel Day-Lewis tiene como motor una mezcla de seducción y fascinación, pero los comportamientos posteriores de él (algunos rayan en la locura) hace que, primero, un servidor no entienda que ella continúe a su lado y, segundo, sus propias acciones también descolocan (en especial una en concreto, que se intuye que ocurrirá a la mitad de la película por una escena). Y el final lo carga Anderson de tanta ambigüedad que se sale con la sensación  de ¿qué han querido contar con este filme? Un servidor quiere creer que el personaje de Krieps esconde su particular personalidad tras una careta que se cae en un momento determinado.

Por otro lado Daniel Day-Lewis interpreta al modisto protagonista con la eficacia que suele ser acostumbrada en él. Anderson ha vuelto a contar con él tras Pozos de ambición (2007) por la que ganó el segundo de los tres Oscar al Mejor Actor que posee. Hay que decir que Day-Lewis tiene una de las carreras más sólidas sin haber rodado tantas películas pero su calidad la demostró desde sus inicios, comenzando a destacar en Una habitación con vistas (James Ivory, 1985) y dejando interpretaciones asombrosas en Mi pie izquierdo (Jim Sheridan, 1989), su primer Oscar, o la sobrecogedora En el nombre del padre (Jim Sheridan, 1993), por la que fue nominado. En el caso de El hilo invisible no baja el nivel pero es una interpretación correctísima y creíble sin más. Lo mismo ocurre con el personaje de Lesley Manville, a la que un servidor la ha visto por primera vez en el cine en este filme. Está excelente, su mirada dice muchas cosas más que sus palabras, pero ya está.

El último punto en que un servidor quiere incidir es en la evidente inspiración real para construir el personaje de Day-Lewis. Y aquí no hay spoilers porque, sólo con fijarse en algunos nombres, la conexión se saca. Me estoy refiriendo al maestro del suspense Alfred Hitchcock, otro genio con una controvertida personalidad, sobre todo en el terreno laboral. Algunas de las conexiones son: el apellido del modisto, Woodcock, el personaje de Krieps se llama Alma, como la esposa del director de Psicosis (1960), Alma Reville y otra mujer en la película se llama Tippy, como Tippi Hedren, la medre de Melanie Griffith y protagonista de Los Pájaros (1963) y Marnie, la ladrona (1964). El personaje de Krieps y el de Manville remiten a otra famosa película del director británico, pero un servidor la deja sin mencionar para que la capten los espectadores que vayan a ver la película.

El hilo invisible tiene un buen arranque, recreándose en el mundo de la moda, las telas y el meticuloso trabajo del personaje de Day-Lewis pero un giro hacia el thriller hace que cambie ligeramente de tono y pierde el sendero que seguía para haber sido un peliculón. 

viernes, 2 de febrero de 2018

"C'est la vie": La trastienda de una boda

En una celebración no puede faltar ni fallar ningún detalle. La mayoría de la veces los invitados disfrutan del evento sin percance alguno, pero, para que todo esté a punto, hay un grupo de profesionales detrás de todo. Los directores y guionistas Eric Toledano y Olivier Nakache, responsables del filme rompetaquillas Intocable (2011), toman una boda y su preparación y desarrollo como tema central de su último filme: C'est la vie. Una de sus principales virtudes es que tiene un humor muy conseguido, con un ritmo muy logrado y donde los protagonistas son el mencionado grupo de profesionales, en este caso de una empresa que ofrece un pack completo: camareros, cantante, fotógrafo, decoradores etc...

El guión de Toledano y Nakache está lleno de gags de todo tipo, pero a un servidor le han llamado la atención los relacionados con las aplicaciones del teléfono móvil. Precisamente, en ese sentido, tienen la virtud de repetir un gag pero sin cansar porque, sirviéndose del mismo elemento, lo varían en cada ocasión y eso evita el desgaste. A nivel de dirección, la parte de los preparativos está muy conseguida porque transmite el caos y las prisas de una manera muy creíble, añadiendo contratiempos de última hora y las relaciones entre los distintos miembros del equipo de trabajo. Si bien algunas situaciones pueden resultar exageradas o puede parecer increíble que todo lo que pasa en la película ocurra en la realidad, un servidor no considera que se hayan mostrado cosas fuera de lo normal, porque, como se ha mencionado antes, los invitados disfrutan y no saben nada de lo que ocurre en el backstage, por llamarlo de alguna manera.

Toledano y Nakache aciertan también en la elección del conjunto de actores, donde destaca en primer lugar y sin ninguna duda Jean-Pierre Bacri, un gran veterano popular por sus trabajos como actor y guionista junto a Agnés Jaoui en títulos como Para todos los gustos (2000) o Como en las mejores familias (1996). Aquí da vida al jefe de todo el equipo y es el responsable de que todo salga bien, demostrando que el tempo cómico lo domina a la perfección. A continuación a un servidor le ha sorprendido gratamente el trabajo de Eye Haidara, como la mano derecha de Bacri en la organización de la boda. Su fuerte temperamento le hace también merecedora de muy buenas escenas.

Siendo un reparto muy compacto y cohesionado interpretativamente hablando un servidor también destaca al fotógrafo inicialmente enemigo de los móviles que interpreta Jean-Paul Rouve en cuya carrera destacan, por ejemplo, Largo domingo de noviazgo (Jean-Pierre Jeunet, 2004) o La vida en rosa (Olivier Dahan, 2007) y tiene con Bacri algunas de las mejores escenas de la película. También destacan las actuaciones de Gilles Lellouche (cómplice de Guilliaume Canet en títulos de éste de actor, también de director como No se lo digas a nadie o Pequeñas mentiras sin importancia) en la piel del cantante que amenizará el convite y con una publicidad algo llamativa, de Benjamin Lavernhe (visto en nuestra cartelera en títulos como Pastel de pera con lavanda o Jacques, donde daba vida a uno de los hijos de Cousteau) interpretando al futuro esposo, que destaca por ser algo excéntrico, con una idea que propiciará un gag de altura, y de la veterana Hélène Vincent, vista en títulos imprescindibles como Tres colores: Azul (Krzysztof Kieslowski, 1993) encarnando a la madre del novio, que tendrá un sorprendente comportamiento que incrementará la comicidad de la trama. 

La música tiene de nuevo un papel fundamental, con un ritmo que va acorde con la velocidad de la película a la que hay que añadir canciones muy conocidas como Can't take my eyes off you (popularizada, entre otros por Gloria Gaynor o Se bastasse una canzone de Eros Ramazzotti Por su parte, el vestuario de Isabelle Pannetier resulta vistoso, sobre todo en un disfraz que han de llevar los camareros, acorde con la época del caserón donde transcurre la boda.

C'est la vie es una comedia amable, que busca la risa del espectador con inteligencia y sin cargar las tintas sobre temas polémicos. Es agradable de ver aunque unos minutos menos, en opinión de un servidor, le hubiesen venido mejor al resultado final.